Fiestas Escolares



Manuel Langsam-. Si los bailes en Domínguez fueron un éxito siempre, las fiestas escolares, por la expectativa que creaban y la cantidad de gente que lograban reunir, se transformaban en el mayor acontecimiento del año en que tenían lugar. Debido al trabajo que demandaba su organización, no se llevaban a cabo todos los años, sino cada tantos.



La fecha de realización coincidía normalmente con el 12 de octubre. Pero las maestras comenzaban a trabajar en su preparación alrededor del mes de mayo. Así que eran seis meses de intenso trabajo (además de las tareas escolares habituales). Había que planificar qué se presentaba, elegir los chicos que actuarían, repartir los papeles, enseñar a cada uno su parte, marcarles los movimientos escénicos, conseguir el vestuario, y… rogar que ninguno se enfermara.
Los largos y tediosos ensayos se llevaban a cabo en la escuela o en la casa de la maestra, fuera del horario de clases. Recién hacia el último mes antes de la actuación se trasladaban los ensayos al salón de la biblioteca para que los chicos se vayan habituando a moverse en el escenario. Y los había dóciles, y otros no tanto, con los que había que luchar (con el chico y con los padres.)

Unos días antes del acto, pasaba la gente de la cooperadora o los maestros por las casas de los vecinos para comprometer una donación para el buffet. La gente del pueblo contribuía con tortas, postres, bebidas y amasijos varios. La gente del campo (las colonias aun estaban pobladas), traía pollos, patos o pavos al horno. Y también tortas. Se juntaba una cantidad impresionante de donaciones, ya que todos colaboraban.

A la noche, y con el salón desbordando de público, comenzaba la fiesta. Concurría toda la gente del pueblo y las colonias de los alrededores, ya que todos tenían un hijo, sobrino, nieto o vecino que actuaba. Además concurría toda la juventud del pueblo y pueblos vecinos atraídos por el baile posterior al acto.

La función daba comienzo con el Himno Nacional, acompañado en el escenario por un “cuadro vivo”, que consistía en el armado de un cuadro compuesto por niños y niñas, vestidos con trajes regionales o típicos, que rodeaban a la niña que simbolizaba “a la patria”. A esta la vestían de blanco, labios pintados, mejillas coloreadas, un gorro frigio en la cabeza y dos pedazos de cadena en las manos elevadas. Cadenas que dejaba caer al piso cuando se llagaba a la parte de “oíd el ruido de rotas cadenas”…. Normalmente, para el papel de la patria se elegía a la nena mas linda de los alumnos de la escuela. Yo recuerdo que en mi época de escolar, la elegida era siempre Regina Gleser, hija de Moises Gleser, el gerente del banco.

Luego venia el discurso alusivo a la fecha a cargo de una maestra y, a continuación, para goce y satisfacción de los familiares ubicados en la platea, la actuación de los diversos números a cargo de los chicos, muy festejados, por cierto.

Para cerrar, invariablemente se bailaba el pericón nacional, fruto de meses de preparación y a cargo de los alumnos mas grandes de la escuela, vestidos de gauchos y chinas que para finalizar exhibían los colores patrios con pañuelos celestes y blancos. Durante varios años este baile fue posible gracias a la colaboración de un empleado ferroviario llamado Roberto Córdoba, que conocía los distintos pasos (o mudanzas) del pericón, Este hombre, ya jubilado, vive actualmente en C. del Uruguay.

Ahí terminaba la parte escolar y venía el baile y la venta de los productos donados. Mucha gente del campo compraba lo mismo que había donado, el pollo o la torta, y se retiraba, ya que al día siguiente tenían que madrugar y seguir con los trabajos de siempre. La gente que se quedaba, podía cenar ahí mismo, mientras que para los mas jóvenes (y algunos no tanto) daba comienzo el baile.

Antes de dar por finalizada la fiesta, se procedía, con la ayuda de algún voluntario, a rematar al mejor postor todo lo que había sobrado en el buffet. Y ahí se marchaba la gente.

Muchachos acompañando chicas, algunos muy ilusionados por una naciente relación, las maestras agotadas, y algunos matrimonios que quedaban hasta el final, llevando en sus brazos un pollo asado, una torta o… un chico profundamente dormido.