Educación pública en peligro



Osvaldo Quinteros-. El enfrentamiento del gobierno nacional con la comunidad educativa, puede significar un antes y un después del romance que Cambiemos supo tener con las clases medias.

Durante los años 90, la derecha, acompañando al peronismo menemista de entonces, transfirió la educación (y la salud) a las provincias, sin los recursos correspondientes. Ese es el origen del déficit fiscal crónico que afrontan las provincias y que las "obliga" a mendigar a la Nación.
Los 90 fueron la década donde se privatizó todo.
Una derecha triunfante a nivel mundial por la caída del Socialismo Real y el viraje, iniciado tras la muerte de Mao en los setenta, de China hacia una dictadura capitalista, mostraba a los intelectuales como Fukuyama proclamando el fin de la historia: el triunfo definitivo del capitalismo occidental, que en la versión rosa e ingenua de Fukuyama, era inescindible de la democracia. El capitalismo mundial actual muestra que no es así: China, Rusia, son jugadores de peso.
En Argentina el menemismo malvendió -al Grupo Macri, entre otros- los bienes públicos, recuperados parcialmente durante el kirchnerismo. Pero el menemismo fracasó en un punto. No pudo doblegar a los gremios docentes. 
Basta recordar la Carpa Blanca, como símbolo de la lucha educativa.
No pudo terminar con la escuela pública ni arancelar las universidades.
Ya comenzando el nuevo siglo, una nueva arremetida de la derecha, esta vez a través de la UCR versión De La Rúa, buscó lo mismo: liquidar la educación pública. López Murphi asumió el ministerio de economía con ese mandato explícito, en nombre de la baja del sacrosanto déficit fiscal. Duró 15 días y la resistencia de la comunidad educativa fue el preámbulo del derrumbe de aquel gobierno.


La gestión de Macri como alcalde porteño daba indicios de que no incurriría en estos errores obsesivos de la derecha criolla. En CABA, Macri fomentó la educación pública, acompañó las políticas nacionales de repatriación de científicos, creación de nuevas universidades en la provincia de Buenos Aires (sin sumarse al reclamo corporativo en contra de la UBA y sus satélites, manejados por la UCR residual) y salarios docentes que le ganaban a la inflación, además de que CABA a pesar de tener una docena de sindicatos docentes, no tuvo muchos paros durante la gestión municipal de Macri y los trabajadores de la educación son allí los mejores pagos del país.
Al asumir la presidencia, Macri amplió la AUH, que entre los beneficios colaterales, implica automáticamente el aumento de la matrícula escolar. Además, prometió la creación de miles de jardines de infantes (no cumplió) y un ambicioso proyecto de infraestructura que incluía la construcción de grandes escuelas en el norte del país. El más castigado y postergado históricamente. Hasta creó un Ministerio para tal fin. Se lo denominó Ministerio Plan Belgrano y se lo copó de radicales que terminaron siendo ñoquis: jamás hicieron una sola de las obras públicas planificadas. Al norte del país, por el contrario, se lo castiga más duro todavía.

Hoy la comunidad educativa está en pie de lucha. Por los recortes, los riesgos laborales, la decadencia y el anunciado plan de ajuste con la economía terciarizada al Fondo Monetario Internacional. 
Las movilizaciones son masivas.
Se avizora un quiebre, tibio pero creciente, entre los aliados del macrismo. Por ejemplo, Bordet se reunió con autoridades de la Universidad Nacional de Entre Ríos. Lo mismo pasa en otras provincias con gobernadores de parecido perfil.
La UCR, integrante de Cambiemos, está en ebullición por este tema.
En provincia de Buenos Aires, aún no han cerrado las paritarias, cuando está terminando ¡AGOSTO!.
En setiembre se debatirá el presupuesto para 2019, con los ajustes del mandamás FMI.
Habrá jornadas de lucha y movilización de la comunidad educativa.
Todo indica que este costado del creciente conflicto social irá in crescendo. Y es el sector que mayor daño simbólico le puede ocasionar a la base electoral de Cambiemos: las capas medias.