Un rebaño único



Manuel Langsam-. Cuando llegué a Villaguay –principios de la década del 70-,  para asumir el cargo al que había sido designado (Jefe de la Oficina Local del Servicio Nacional de Sanidad Animal),  me encontré con un departamento con un interior inmenso y, aunque ya conocía la ciudad cabecera, todo el resto de la jurisdicción me resultaba totalmente desconocida, tanto en su gente como los campos. Una extensión de 800.000 hectáreas (aún entraba el Distrito Sauce de Luna), 3.500 productores registrados, casi 500.000 cabezas de ganado bovino, muchísimas explotaciones con ganado ovino (aún no se los registraba para vacunación), y 20 delegaciones distribuidas estratégicamente a lo largo y ancho de la zona.


Como la oficina central estaba bastante bien organizada, consideré que lo primero que debía hacer era conocer el interior, delegados y establecimientos. Los delegados con prioridad para saber con qué personal contaba. Me encontré con algunos buenos y otros semianalfabetos que no estaban capacitados para el cargo y que, de a poco haría falta reemplazarlos.

En cuanto a los establecimientos se dio una circunstancia especial para conocerlos. Me hice cargo en el mes de noviembre, temporada de plena zafra de corderos.

En esa época en Entre Ríos funcionaban a pleno cinco frigoríficos habilitados para exportación: CAP-Yuquerí, Santa Elena, Gualeguaychú, Liebig y Vizental. La inspección sanitaria  y la extensión del certificado de exportación debía hacerla el Veterinario Oficial (hoy la hacen los particulares), y, como todos los frigoríficos tenían agentes compradores en un departamento tan ganadero como Villaguay, me encontraba todas las mañanas con los pedidos de inspección. Estaba establecido que los avisos debían llegar con 72 horas de anticipación al embarque, pero no siempre se cumplía con ese plazo. Así que no era extraño que cada mañana al llegar a la oficina me encontraba con los pedidos de certificación para ese mismo día o, directamente con el comprador del frigorífico que se ofrecía a llevarme al campo para realizar el trabajo. Así hacíamos dos o tres inspecciones a la mañana y otras tanto a la tarde. Esos viajes me sirvieron mucho para ir conociendo el interior del departamento. Tal es así que al poco tiempo (y habiendo recepcionado mi vehículo) ya pude empezar a salir solo en las recorridas que normalmente comenzaban al amanecer y terminaban bien entrada la tarde. También conocí los boliches de campo en los breves intervalos del mediodía para un frugal almuerzo, salvo en los casos de alguna invitación para compartir un asado, un puchero o un guiso carrero en alguna estancia o en un puesto. En ambos casos me gustaba conversar con los peones o gente del lugar. Sin saberlo en ese momento, esas conversaciones guardadas en la memoria me sirvieron muchos años después para algunas crónicas o cuentos.

 Y acá me llega el recuerdo de un hecho pintoresco en una de esas inspecciones, las que consistían fundamentalmente en observar que no hubiera en la majada picaduras de sarna, alguna lesión de aftosa o una parasitosis muy avanzada.

Una vez constatado eso extendía el certificado de exportación para la carga de los corderos en los camiones.

Había llegado a un establecimiento ubicado a casi 100 kmts. de Villaguay, pleno corazón del interior para hacer una inspección. El propietario, muy atento, me recibió muy bien. Impuesto del motivo de la visita mando un peón a juntar la majada y me invitó a tomar unos  mates mientras llegaban los corderos.

Hablamos de temas varios del momento y, cuando íbamos a salir hacia los corrales, me dice muy serio y totalmente convencido de su afirmación: “Ud. revise todo lo que quiera, pero no va a encontrar nada mal. Mi majada da un vellón buenísimo, especial, único… Ya me han dicho que la lana es tan buena que solo la utilizan para hacer poliéster…”