Mauricio: una vida corta y triste



Manuel Langsam-. Entré al Museo de Las Colonias y me impactó. La vi recostada en una silla. Sola. Muda. Triste.


¡La guitarra de Mauricio!

Fue la única compañera que tuvo Mauricio en su corta y desgraciada vida.

Llegó a Domínguez cuando sus padres se mudaron al pueblo y tendría unos 15 o 16 años. Nunca había salido del campo.

Y se lo empezó a ver recorriendo las calles del pueblo con sus pantalones a media pierna y su sobrero de trapo de alas caídas que ocultaban en parte sus rasgos que denunciaban su rara deficiencia mental, ya que no era tonto, pero indudablemente su cerebro no funcionaba a pleno. Y así como podía hablar con alguien normalmente, había momentos en que se abrazaba a un árbol o un palo de la luz y empezaba a golpear su cabeza contra él y hablar incoherencias. Y si al principio la gente se le reía o algunos chicos le tiraban piedras, con el tiempo se acostumbraron a su presencia y se lo empezó a ocupar en distintos mandados o changas que cumplía puntualmente y con una honradez ejemplar.

Alguna vez, la encargada del Telégrafo de la Provincia, Lucia Pagola, empezó a ocuparlo para la entrega de los telegramas o mensajes que llegaban a la oficina. Siempre cumplía con responsabilidad esa tarea y ella le retribuía pagando algún dinero . Todo lo que cobraba lo gastaba en comida ya que, aunque comía bien en su casa, siempre tenía hambre. Pero, pasó un inspector, le pareció que daba mala imagen a la oficina, y ya no pudo trabajar.

Cuando le tocó el servicio militar, fue sorteado para la marina e, increíblemente, declarado apto para el servicio. Estuvo destinado a la Base Naval de Puerto Belgrano y tuvieron que pasar casi tres meses hasta que se dieron cuenta que su cerebro no funcionaba en forma normal y lo dieran de baja.

Tenía una gran inclinación por la música. Iba a los bailes y era capaz de estar parado toda la noche al lado de la orquesta mirando el uso de los instrumentos. También se paraba en alguna esquina y tocaba un imaginario acordeón o una guitarra haciendo con la boca los sonidos y con las manos los movimientos de interpretación. Su repertorio consistía en unos pocos chamamés, como Gente de Ley, Distrito Alto Verde, Estancia La Isabel, o Bella Morena y el vals Desde el Alma. Siempre el mismo repertorio . Cuando se ponía a cantar se olvidaba de su entorno y se posesionaba de la música.

Hasta que un día su padre le compró una guitarra.

Y ahí empezó a marchar Mauricio con su guitarra a cuestas. Un guitarrista que había en Domínguez, Nato Gazzaniga, le enseñó algunos acordes. Y empezó a frecuentar los bares del pueblo y de los barrios marginales de Villaguay interpretando sus canciones que eran pagadas con unas monedas o alguna gaseosa. Podía tomar litros de gaseosa, pero no bebía alcohol.

Tocando su guitarra y cantando, se sentía feliz.

Cuando murieron sus padres, su único hermano radicado en Concordia lo llevó a vivir con él. Pero ya no fue lo mismo. Siempre soñó con volver a Domínguez.

Luego se le agravó la diabetes nunca tratada, tuvo una herida en una pierna que fue descuidada y terminó en gangrena y la consiguiente amputación de la pierna. Quedo internado en un hospital de Concordia y poco después murió. Dicen que de un coma diabético. Yo creo que fue de tristeza, y con la única compañía de su guitarra.

Sus restos descansan en el cementerio de San Gregorio.