Claudia Rosa: adiós a una apreciable cobarde



 Lucas Carrasco- Murió una persona cobarde, que se destacó por su cobardía personal e intelectual y por la búsqueda de papelitos institucionales que el sistema entrega a las personas sin talento.
El sensacionalismo amarillista, del cual Claudia Rosa tenía un respeto bordeando el temor, hoy la venera con respeto. Con esa pusilanimidad que tienen los brutos ante cada necrológica de una acumuladora compulsiva de papelitos académicos que la hicieron notar por su falta de profundidad y alto rendimiento salarial.
Claudia Rosa fue una persona amistosa. Conmigo. Nunca supe, supongo que nunca sabré, supongo que nunca me importó, si su actitud era la misma que la del grueso de los malandras sin talento de la UNER: esa mezcla burocrática de miedo "a que se den cuenta", a perder los últimos contratos, a quedar bien con las personas con poder o con vuelo literario. La verdad es que yo prefería hablar con ella antes que con otro cualquier personaje de la mediocridad académica local. Lo disfrutaba.

Claramente yo no soy una persona con poder, pero Claudia Rosa tenía el olfato de seguir a las personas cultas, que aún al costado del sistema no se amilanan ni derrapan al Periodismo Patrullero, al que ella le tenía tanto miedo como a una vida salarial parecida al común de la gente.

Claudia Rosa fue una crítica literaria mediocre, una persona calculadora y no tuvo, en su vida, ningún logro académico que valga la pena, aunque cobraba por logros inexistentes. El Periodismo Patrulllero, al cual detestaba por su amarillismo, su deriva derreta y su demagogia punitivista -pero jamás tuvo más que cobardía para hablar por lo bajo- hoy la exalta porque murió. Porque parece que los muertos merecen necrológicas respetables, aún cuando algunos muertos, como Claudia Rosa, hubieran boqueado el pensamiento crítico, sin ánimos de ejercerlo.
Hace poco murió también el apologista de la Sociedad Rural, el Hombre Esperando Veneración, Guillermo Alfieri. En el Periodismo Patrullero, donde ranqueaba alto porque jamás se metió con un poderoso pero su autohagiografía incluía jirones de la milonga nacional, luego de llorarlo a Lágrima Viva -diría Girondo- se olvidaron a las 24 horas. Claudia Rosa era un exponente del mismo tipo de burócrata, pero era infinitamente más seria. Se olvidarán en 12 horas.

Siempre se negó, por ejemplo, a trabajar de Lambruschini: Gustavo, partícipe culposo de cuanto proyecto reaccionario hubo en la Argentina, después que pasan de moda, escribe esos somníferos exculpatorios que él (y solo él) cree que son panfletos con rigor académico (y con dos ginebras, se cree la pata Robespierre del PRO) porque pone tres citas en Latín, pero fuera de la UADER o la UNER no pasarían un examen de escuela secundaria. Ni siquiera hablando de Platón, ese que en la Alegoría de las Tabernas habló de las comilonas y escribió cartas de restaurante para gays.

Pero Claudia no era como Lambruschini ni Alfieri, a pesar de que compartía con ellos el amor por el poder, la rendición ante la burocracia, la invención de un pasado falso exculpatorio y la mediocridad académica.
Era distinta porque, en su cobardía y oportunismo, en las charlas mano a mano, tenía algo para decir. Tenía cierto vuelo del que carecían el resto de la camada de carcamanes que usan la UNER y ahora la UADER como botín de guerra y subsidios familiares (otra diferencia con Alfieri y Lambruschini: no venían con toooooda la parentela a manotear la caja estatal) y tenía, siempre escondida y tratando de salvar su relación con el poder, una mirada no crítica, siempre fue conservadora, sino inteligente. Se escudaba, con orgullo, en su cobardía intelectual, para no verbalizar su mirada inteligente, que tampoco descollaba de lucidez, sino que se atrevía, apenitas y en secreto, a reconocer la farsa en la que vivía. Pero con los años perdió esa mínima cualidad.

Se supone que las personas al morir merecen, como hace la prensa bruta, elogios por sus pergaminos, aún cuando sean inventados o no valgan una mierda, como en el caso de Alfieri o de Claudia Rosa.
Se está muriendo una generación de burócratas que usaron la caja universitaria, de la mano de la UCR,  para desparramar ignorancia, vagancia, chamuyo. ¿No da pena Juan Vilar con sus mamotretos infumables siendo paseado por el peronismo iletrado en el show de circo ambulatorio como "acá tengo mi amigo gorila"?
Y los monaguillos con desconocimiento de la sintaxis mínima derrapan en elogios grasas y vacíos.
Estamos envejeciendo.

Claudia, sin embargo, tenia, dentro de esta mediocridad sistemática que ayudó a construir, alguito de rebeldía. Por lo bajo, cobarde, sin mucha lucidez ni talento. Quizás al solo efecto de quedar bien con el interlocutor, el firmante de esta nota, como hacían Alfieri y hace Lambruschini, pero con un poco de calle como para no caer en la salamerías de sus otros socios.
El problema, y es lo que motiva esta nota, es que la muerte de Alfieri es indiferente para el periodismo real, lo cual le hace un favor a la memoria de Alfieri. Al periodismo oligárquico y estanciero le sobran referentes vivitos y coleando, que si bien no tienen la cultura y la riqueza del vocabulario de Alfieri es una suerte que la derecha se vaya degradando intelectualmente. Debatir, por ejemplo, con un Lambruschini -es imposible, un carcamán reaccionario que ha mentido tanto sobre su vida no aguantaría tres minutos de debate con alguien de izquierda- no tiene sentido, no se sacaría nada de algo así. Lo mismo con Alfieri, que era un burócrata sin importancia más allá de la Sociedad Rural, donde manejar la lectoescritura parece que te eleva a la categoría de pensador. Aunque nunca haya pensado nada.
Sin embargo, Claudia, sí pensó algunas cosas. Obviamente, siempre y cuando esté detrás la carrindanga de subsidios y la maraña de estrafalarios funcionarios públicos que esta camada de carcamanes siempre intentó halagar. Que lo cuente sino Sergio Varisco, que usó los impuestos municipales para que estos carcamanes le expliquen a Francia cómo fue su revolución de hace cuatro siglos.
Los franceses, siempre mala onda, no les daban ni bola. Unos hijos de puta: se hubieran meado de la emoción si algún funcionario de tercera línea de una provincia francesa les hubiera escrito un mail. La vida es cruel para los que viven del plan social universitario que teledirigía una UCR que ya no existe, que tiene al terrateniente Benedetti, al megachanta Rogel, experto en asuntos militares y a Varisco, como comandantes de una nave de la nostalgia.
Y sin embargo, Claudia era mejor.
Aún siendo parte de un sistema grotesco de subsidios y chamuyos universitarios que ha condenado a generaciones enteras a la ignorancia, Claudia Rosa sabía chorear con alguna sutileza, dejando algo positivo.
Los entenados que deja en el monasterio académico que tanto le agradaba, no tienen esa chispa, no tienen nada de valor.
La demagogia hará que durante un par de días se escriban frías necrológicas en los medios paraestatales como si fueran un currículum presentado a un supermercado. Claudia no dejó más que eso...
Sin embargo. Y dale con los sin embargo...
¿Sin embargo, qué?
No sé.
Me queda la sensación de que podría haber hecho algo bueno con su vida, que siempre estaba a punto de hacer algo bueno, que siempre decía que estaba a punto de hacer algo bueno, que siempre lo decía, como lo dicen tantos, solo que ella, podía. Le daba.
Pero no lo hizo.

Luego de los feriados luctuosos, en un par de días el aparato estatal se olvidará de Claudia Rosa, como hizo con Alfieri luego de las lágrimas de cocodrilo, y quizás sea momento de rescatar eso que Claudia Rosa buscó hacer pero no hizo.
Dudo que en la prensa estatal alguien tenga la capacidad o los huevos para encontrar esa sutileza. Aunque siento que lo merece. No sabría explicar por qué, pero siento que merece un final mejor al que ella buscó: esa triste necrológica de clasificado con currículum y títulos como "hondo pesar" y tonterías por el estilo que la dejan en el lugar del conservadurismo donde ella, apenitas y sin ánimos de ofender a ningún patrón, no hubiera querido estar.

Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.

Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma,
la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.

Asistir a los cursos de antropología,
llorando.
Festejar los cumpleaños familiares,
llorando.
Atravesar el África,
llorando.

Llorar como un cacuy,
como un cocodrilo...
si es verdad
que los cacuyes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.


Llorarlo todo,
pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz,
con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo,
por la boca.

Llorar de amor,
de hastío,
de alegría.
Llorar de frac,
de flato, de flacura.
Llorar improvisando,
de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!