Bailes



 Manuel Langsam-. Voy a referirme solamente a los bailes en Domínguez de las décadas del 40 y el 50, tiempo en que el pueblo tenía una vida cultural y de pasatiempos propia. Además, son los que han quedado grabados en mi memoria ya que, aunque era muy joven los recuerdo bien y corresponden a la época que viví ahí en forma permanente. Constituían verdaderos acontecimientos para el quehacer pueblerino y no eran frecuentes. Reunían a las familias locales y concurrencia de los jóvenes de los pueblos vecinos, Villaguay, Clara, Las Moscas , Ing. Sajaroff , Urquiza y hasta Basavilbaso por su fama de exitosos. Eso sí, había que contar con buen tiempo, ya que una lluvia volvía intransitables los caminos y hasta se hacía dificultoso desplazarse por las mismas calles del pueblo. En los volantes de publicidad, ya se imprimía al pie la leyenda “en caso de mal tiempo, se postergará para el………” y venia una nueva fecha.
 


Había dos tipos de bailes bien diferenciados: los de invierno y los de verano, o, lo que es lo mismo, los del salón y los de pista.



Los de salón se llevaban a cabo en el salón de la Biblioteca Sarmiento, que también poseía un equipo de música propio que, para preservarlo, se había nombrado como encargado del mismo a David Eisler (Dudie), que no bailaba, no dejaba acercar a nadie al equipo, y “no aceptaba pedidos”. El baile se desarrollaba a su gusto, hasta que hubo una especie de revolución y fue reemplazado. En ocasiones especiales se organizaba un baile con orquesta: típica, característica o “de todos los ritmos”. El repertorio era invariablemente de tangos, valses, milongas, pasodobles y Boleros. Mas adelante aparecieron cumbias, mambos, baiones y música brasileña o centroamericana.





En esos bailes en el salón, lo normal era que previo al mismo, hubiera otro acontecimiento. Una obra de teatro, un partido de básquet en la cancha anexa o la fiesta escolar anual. Esta última era la de mayor éxito en concurrencia y repercusión como acontecimiento, por lo que merece una descripción aparte, que en algún momento haré.

Una vez finalizada la primera parte, se corrían las butacas hacia los costados, se ponían mesitas individuales con sus sillas y empezaba el baile. Ellos de riguroso traje y corbata, bien afeitados y peinados (cabello corto), y ellas con sus mejores galas, vestidos nuevos (en estas ocasiones la China Biondi –modista-, tenía que hacer malabares para complacer todos los pedidos), y lucían peinados logrados en base a haber estado todo el dia con “los ruleros” puestos.

Como las chicas se ubicaban de un lado y los muchachos del otro, no había mayor papelón para un muchacho que cruzar la pista, acercarse a una mesa y al hacer la invitación para bailar, recibir como respuesta “ahora no, estoy cansada”. Disimuladamente seguía caminando, rojo de vergüenza, y volvía a su mesa. Para evitar ese trance, se utilizaba “el cabeceo”, que consistía en esperar que se crucen las miradas, y entonces hacer la invitación con un movimiento de la cabeza.

Recién entonces cruzar la pista y acercarse, salvo en los casos que ya existiera una amistad anterior o un incipiente noviazgo y el encuentro ya estuviera arreglado antes.

A la una menos cuarto, indefectiblemente, desde la usina hacían una señal con la luz indicando que en quince minutos la cortaban. Y ahí se empezaba a juntar dinero entre los muchachos para ir a pagar una o dos horas mas de luz. Cada uno ponía una cantidad acorde a como le estaba yendo hasta ese momento. Algunos no ponían nada y otros querían que el baile no terminara nunca…

Los bailes de verano tenían lugar en la plazoleta que esá frente a la escuela. Esos bailes tenían que ser al aire libre, por el calor y no había ningún salón que contara con ventiladores. En esa época la plazoleta estaba alambrada en todo su perímetro y tenía una puerta de entrada en la esquina opuesta a la escuela. Normalmente eran organizados por el único club existente. Cuando se produjo la división del club dando lugar al nacimiento de Deportivo e Independiente, cada uno de ellos organizaba los bailes en su propia pista. También desapareció el alambrado perimetral de la plaza y se agregaron nuevos juegos infantiles, por lo que el lugar ya no quedo habilitado para bailes.

Los días de baile, la actividad empezaba enseguida después del mediodía. Había bastante trabajo para dejar todo en condiciones para la noche.

Cochemotor era el encargado de la instalación eléctrica y la colocación de tiras de papeles de color como adornos, que se entrecruzaban en lo alto.

Los miembros de la comisión se encargaban de traer y ubicar las mesas y sillas y preparar las bañaderas y fuentones en que se ponían las bebidas a enfriar. Había que ir a Villaguay para traer con tiempo las barras de hielo, picarlas, ponerlas en los fuentones, sumergir en ellas las bebidas y taparlas con bolsas para que a la noche estuvieran frescas. Para esos viajes se contaba con la chatita de un señor “Mayada” Murlender, que la usaba para su trabajo de acopio de lanas y cueros. (No confundir con David Murlender). Gran colaborador en la preparación de la pista, regándola durante toda la tarde para asentar el piso, era el Dr. Fusi, un dentista que trabajó unos años en el hospital de Domínguez.

La música estaba a cargo de “Mercurio Publicidad” perteneciente a un muchacho Grinberg, que cuando se fue del pueblo se la pasó a Mote Arcushin. Todo el equipo constaba de un pasadiscos al que había que darle cuerda para que girara y dos bocinas o altavoces colocados uno en cada punta de la pista. Los discos eran de pasta. De 78 revoluciones, muy quebradizos y era necesario cambiar la púa cada tres o cuatro discos. A veces se contaba con la colaboración musical de Osvaldo Robín en bandoneón y Fortunato Gazaniga en guitarra que amenizaban el baile durante algunas horas.

Así como al salón de la biblioteca concurría la gente que podríamos llamar clase media (aunque no se le prohibía la entrada a nadie), esos bailes de pista eran frecuentados por gente de todos los niveles. Era un clásico bailarín en las pistas Pedro Amus, o Pedro La Iguana, un changarín que se vestía después del trabajo con sus mejores ropas y concurría con su señora, que tenia tantos años como él, y bailaban incansablemente desde el principio hasta el fin.

Estos bailes tenían la ventaja de que aunque se cortara la luz, podían continuar ya que se encendían algunos faroles, el equipo de música funcionaba también a batería, o se contaba con la colaboración de Robín y Gazaniga.

Terminado el baile había que juntar todos los elementos utilizados y, normalmente, el sol encontraba a los integrantes de la comisión directiva y colaboradores ordenando y poniendo a resguardo mesas, sillas, fuentones, bebidas sobrantes y desarmando la instalación eléctrica. Todo guardado hasta el próximo baile. Y todo quedó tan bien guardado, que recién ahora salen a la luz con un pintoresquismo propio de una época tan sencilla que hoy es difícil de imaginar. Espero que las generaciones mas jóvenes, disfruten de esos recuerdos y seguramente se asombren por lo que en su momento era considerado totalmente normal.