Marcos (Motl) Toff


 Manuel Langsam-. Vino como tantos otros inmigrantes por cuenta propia, no colonizado, escapándole a la miseria y la discriminación sufrida en la Europa Oriental. Se estableció en Domínguez como podría haber sido en cualquier otro lugar en el que hubiera encontrado afincada una comunidad judía.


No tenia oficio ni ocupación fija alguna y se defendía haciendo cualquier trabajo: podía ocuparse como albañil, pintor de brocha gorda, constructor o reparador de lápidas en los cementerios de Carmel o San Gregorio, colocador de vidrios en las ventanas, algo de carpintería, cantor (jazan) en las celebraciones de Año Nuevo y Día del Perdón en las sinagogas de las pequeñas comunidades de La Capilla, Carmel, San Gregorio o Leven.
Y también vendía pescado. Traía un cajón de sábalos de Victoria o podía irse por dos o tres días al Río Gualeguay a pescar, ya que poseía un carro, una yegua, un bote y una red. Se buscaba un ayudante y allá marchaba tras la necesidad de hacerse de algunos pesos vendiendo pescado.
Tenía una clienta fija en el pueblo, a la que llamare señora N., que siempre le compraba, con la única condición de que fuera a su casa en primer lugar al entrar al pueblo y la dejara elegir el pescado mas grande.

Lo que voy a relatar a continuación se lo oí contar entre risas a él mismo, ya que solía venir cada tanto a hablar con mi papá e intercambiaban recuerdos de la vieja aldea que habían dejado en Europa o comentar noticias de la guerra en curso, ya que ambos habían dejado familiares en la Polonia ocupada por los nazis.

En una de sus idas al Gualeguay, su yegua parió un potrillo. Al momento de regresar al pueblo y para no hacer muy lenta la marcha, ató el potrillo, lo puso en el piso del carro junto al cajón en el que traía el pescado y tapó todo con una lona.

Cuando llegó a Dominguez, como de costumbre, pasó por la casa de la señora N. Esta se acercó al carro y en la forma habitual le preguntó si le traía algún pescado grande. Si señora, le dijo Motl (al que ya lo tenía cansado con su revolver cada vez sus pescados en el cajón buscando el mas grande), esta vez le traigo un pescado grande como un potrillo…

Cuando la señora, curiosa, corrió la lona, casi se cae de espaldas al encontrarse realmente con un potrillo que la miró fijo, mientras la risotada de Motl Toff, retumbó por todo el pueblo…