La esquina solitaria



Manuel Ibiza-.


La esquina solitaria
cuando oscurece y se prende el foco municipal
amarillo y cansado,
la esquina, solitaria, se pone a reflexionar.

Es la primer esquina solitaria (supone)
en darse cuenta:
todas las esquinas son solitarias.
Pasan su vida mirando otras tres esquinas
pero sin hablarse
para no despertar a los vecinos.
Saben sus nombres y apellidos.
Y los comparten: una esquina lleva el mismo nombre que otra
y la otra lleva el mismo apellido que la otra.
Pasan años mirándose, sin hablar.
Solo silencio. Y ramas. Y estrellas.
Se conocen sus ventanas, sus choques
los amantes que se apoyan bajo el balcón
sus grafitis, sus humedades, sus pinturas.
Pero nunca han conversado.

La esquina solitaria,
acaso la primer esquina solitaria
en darse cuenta de su soledad
tiene ganas de cruzarse y hablar con la esquina
de la derecha, que siempre le cayó mejor
que la otra esquina, agrandada, porque tiene un semáforo de sombrero.

¿Se animará a cruzarse?
¿La otra esquina, será amable?
¿No sería peligroso que dos esquinas se junten?
¿Las castigarían con la demolición?

Ha visto que la esquina de al lado
después de algunos accidentes con motos
fue golpeada salvajemente con mazas y perforadoras.
La cortaron un pedazo de vereda.
Le rebanaron la nariz
y le sacaron el cartel que usaba para tener sombra.
Esa esquina nunca volvió a ser la misma
después de aquella carnicería depravada de los enemigos de las esquinas:
unos señores fornidos, vestidos de naranja, que pasan toda la mañana riendo
y haciendo estragos: tapan pozos, cambian nombres, demuelen fachadas.
Después, al mediodía, esos señores, como si nada
encienden un fuego, hacen un asado. Hablan de fútbol y los bajos salarios. 
¿Quiénes serán esos señores?
¿Por qué cambian la dirección de los autos,
podan los árboles, barren las calles?
¿Sabrán que los observamos?

Había una pareja
que se besaba, de noche,
apoyados en mí.
El chico años atrás
iba a la escuela
apenas amanecía
con un guardapolvos y un portafolio.
Después fue creciendo.
Un día empezó a usar corbata.
Y tuvo algunas novias.
Pero no le duraban mucho.
Excepto esta chica.
Se besaban hasta que aparecía la madre.
Se separaban, disimulando.
Yo sabía la verdad.
Pero nunca dije nada.

Después, el muchacho, se fue.
Para siempre, parecía.
Pasaron varios años sin verlo.
Hasta que un día, volvió a pasar
en auto. Paró en el semáforo.
Dudó un rato. Al final
se bajó del auto.
Me miró.
Sonrió.
Volvió a subirse al coche.
Y manejó hasta la otra cuadra.
Donde se acaba la luz.
Donde termina el mundo.