Desafíos de la Universidad a 100 años de la Reforma



Sebastián P.-. Gratuidad, autonomía, cogobierno y libertad de cátedra fueron los pilares que sostuvieron a la universidad pública durante todo el siglo XX. A 100 años de la Reforma Universitaria que fue vanguardia en Latinoamérica, Argentina se debe un debate profundo sobre como debe ser la educación superior en el siglo XXI.
Si bien estos pilares siguen sosteniendo el sistema universitario, poco y nada se ha hecho para poder avanzar en una educación superior de calidad y competitiva, sin que ello implique erosionar los pilares de la Reforma Universitaria.
En Argentina, hace por lo menos 20 años que no se discute una ley de educación superior, que adapte las universidades al siglo XXI, es decir, que tenga presente que en los tiempos que corren el manejo de la información, el conocimiento y el manejo de las nuevas tecnologías son centrales para lograr un mayor desarrollo nacional.



Si volvemos sobre los logros de la Reforma Universitaria de  1918 -gratuidad, cogobierno, autonomía y libertad de cátedra- vemos cómo hoy estos se convierten en un obstáculo para que la educación superior argentina se ponga al servicio del desarrollo productivo del país. Si bien la gratuidad es saludable, muchas veces se convierte en un problema: ¿Por qué? Porque las aulas se llenan de estudiantes que ven en la educación superior una forma de movilidad social, pero piensan en la movilidad social sin tener en cuenta cuáles son las profesiones que va a demandar el mercado de trabajo, por eso es que hay pocos ingenieros, o pocos docentes de nivel inicial. A su vez, la gratuidad si bien lleva a que cada vez mas accedan a los estudios, contrasta con que cada vez son menos los estudiantes que concluyen sus estudios superiores, debido a la larga duración de los planes de estudios y la poca idoneidad que demuestran.
La gratuidad a su vez, hace que los estudiantes no asuman lo que significa el costo de su educación o  incluso el riesgo de no graduarse. A su vez, la gratuidad lleva a que accedan los sectores de mas bajos recursos, y está demostrado que los estudiantes de ingresos bajos son, en promedio, estudiantes de habilidad mas baja lo que conlleva a un deterioro de la educación superior. La solución es reforzar la calidad educativa de la escuela pública primaria y secundaria, un detalle que se pasa por alto adrede: hay escuelas para pobres y escuelas para ricos. 

Los planes de estudios de la mayoría de las universidades nacionales son muy prolongados llevando a que los jóvenes pasen mas tiempo sin percibir ingresos propios de un graduado universitario, lo que a veces los lleva a abandonar (sobre todo a los de menores recursos), y también esos estudiantes que no se gradúan a tiempo y reciben financiamiento público “consumen recursos fiscales valiosos”. No nos sirve de nada que a las universidades entren cien y se reciban treinta. La gratuidad tal como la conocemos hoy, nos llevó a tener que elegir entre una universidad de excelencia y una universidad masiva. No tiene por qué ser así, pasa que la Universidad toma una postura corporativa conservadora.

La autonomía muchas veces se convierte en obstáculo para el desarrollo nacional, ya que muchas no cumplen con los estándares de calidad, y a veces tienen poca pertinencia y compromiso social con la región en la que se encuentran. Incluso, amparadas en la autonomía muchas universidades no han realizado una evaluación institucional en profundidad, no permiten las acreditaciones de carreras, ni invierten lo suficiente en el mejoramiento de las actividades de la gestión administrativa y académica, que aporte a la formación continua de sus docentes e investigadores.
Muchas veces las universidades se escudan en la autonomía no permitiendo que la propia comunidad en la que están insertas las evalúen, alejándose del concepto de transparencia en la cosa pública. Si la comunidad y el Estado pudieran realizar un seguimiento sobre la calidad de la educación superior mejorarían las condiciones de oferta de la educación superior pública que actualmente tiene la Argentina. Se trata de poder lograr un equilibrio y que los planes de estudio sigan siendo desarrollados por las universidades pero con un mayor control por parte de las comunidades para obtener mayor calidad en estos planes.

La libertad de cátedra, que es presentada como el "ideal" de la educación superior, también conlleva grandes riesgos para el desarrollo de una educación universitaria de calidad y acorde a las demandas del mercado de trabajo. ¿Qué significa la libertad de cátedra? Es básicamente la libertad de enseñar y debatir sin verse limitado por doctrinas instituidas como así también la libertad de llevar a cabo investigaciones y difundir y publicar los resultados de las mismas, y de expresar libremente su opinión sobre la institución o el sistema en que trabaja. Pero muchas veces esta libertad es mal interpretada por los docentes, quienes no renuevan -amparándose en dicha libertad de cátedra- los contenidos de sus materias adecuándolos a los tiempos que corren. Esto ocurre en gran medida por el bajo nivel de los salarios (en relación al resto de los profesores universitarios en Latinoamérica) que no permiten una correcta formación profesional del docente. Pero también vemos cómo muchas veces la libertad de cátedra permite por ejemplo que en una facultad de medicina, supongamos que al profesor que está frente a la cátedra de Historia de la Medicina se le ocurre que la teoría de la evolución no es correcta porque los hombres son creación de dios, o que si se legaliza el aborto no quiera enseñarlo porque está en desacuerdo con el Código Penal, o que en cualquier carrera universitaria determinado docente no enseñe algunos temas que figuran en el programa y sí enseñen otros contenidos argumentando que en su experiencia personal esos son los temas que le sirvieron.

Es necesario que las universidades de hoy generen herramientas que permitan crear nuevos conocimientos, en esto las universidades tienen un papel importantísimo para formular los aportes que logren transformar realmente la vida de nuestro país.