Una víctima de la corriente alternada



Manuel Langsam-. Hasta bien entrada la década del 50, Domínguez contaba con energía eléctrica de corriente continua gracias al suministro proporcionado por la usina de Don Abraham Charchir. Era de una potencia muy limitada, ya que solo daba para una débil iluminación de luz amarillenta en las casas y las calles. Se podía escuchar radio o hacer funcionar unos pocos motores eléctricos.

Además, no se proporcionaba durante las 24 horas, sino que tenia horarios limitados: de 8 a 12 del mediodía, después se interrumpía hasta las 16 y se prendía nuevamente hasta la una. En ocasiones de algún acontecimiento en el salón de la biblioteca (baile o casamiento), si estaba muy animado, entre los concurrentes se empezaba a juntar plata para ir a la usina (quedaba enfrente) y se pagaba para disponer de una o dos horas mas de luz. Otra ocasión en la que había luz durante la noche, era cuando fallecía alguien y los familiares pagaban el servicio para no tener un velorio a oscuras.
Era frecuente que al despertarse algún vecino a las 2 o 3 de la mañana y encontrarse con luz, se pusiera a pensar en quien se hallaba enfermo para deducir quien podía haber fallecido...
Pero, a pesar de todos los inconvenientes, fue un gran logro para Domínguez, ya que era uno de los pocos pueblos chicos que tenia luz eléctrica.

El agua potable era suministrada a partir de la instalación del tanque de Obras Sanitarias en la década del 40. Pero no era domiciliaria. Se pusieron surtidores en las esquinas y la gente iba a proveerse con baldes de agua para el consumo. Y entonces ¿de dónde se obtenía el agua para los baños, lavado o riego?
Las casas contaban con pozos con bombas manuales para extraer el agua y llevarlas a un tanque elevado del que luego se extraía para su uso. La existencia de motores era muy escasa por costo, potencia de la energía o porque se corría el riesgo de quedarse sin agua justo en las horas de corte de luz. Hacía falta un servicio manual de bombeo, trabajo agotador, y era proporcionado por una persona que se dedicaba exclusivamente a brindar ese servicio: Don Silvano Acevedo.

Todavía tengo presente su estampa: hombre alto, de unos 1.80 de estatura, robusto, vestido siempre en forma sencilla pero impecable: camisa clara de mangas largas, bombacha oscura, alpargatas, pañuelo negro al cuello y un gran sombrero negro de anchas alas y con barbijo. Completaban su atuendo una faja a la cintura sujetada con un ancho cinto de rastra y un inseparable cigarro de hoja en la boca. En invierno solo se agregaba un chaleco o un saco, que a poco de empezar su trabajo dejaba a un lado prolijamente doblado.
Parco al hablar sólo respondía cuando se lo hablaba. Caso contrario, solo pedía que se le proporcionara una buena cantidad de agua para beber mientras bombeaba para reponer el líquido que perdía por la transpiración y aliviar el calor del verano, que era cuando mas trabajaba.

Tenía su parada en la esquina del negocio de mi padre, enfrente de la plazoleta, donde hoy esta Juan Olijavetzky. La gente que necesitaba de sus servicios dejaba el pedido en el negocio, y al día siguiente, muy temprano, venía Don Silvano a preguntar donde tenía que ir. Mi papa le pasaba los pedidos y allá marchaba a cumplir con su tarea. A mediodía pasaba nuevamente, ahora totalmente empapado de sudor por el trabajo, para saber si había algún nuevo pedido de bombeo para la tarde. Y así día tras día durante todo el año, sin dejar jamás de cumplir con la gente que necesitaba de sus servicios para tener agua en sus casas.

Pero….. llegó la década del 60. Y con ella el ripio, la erradicación de ranchos y su reemplazo por barrios de casas de material, el colegio secundario, la fábrica de aceites vegetales, el gas en garrafas y…. la corriente alternada de 220!! Fue el gran cambio para el pueblo. Domínguez pasó a tener una excelente luz durante las 24 horas, las casas empezaron a proveerse de heladeras eléctricas, ventiladores, estufas, planchas, motores eléctricos para bombeadores. De a poco la gente fue instalando esos artículos y prescindiendo de dos servicios: el proveedor de hielo (Neuman) y Don Silvano para llenar los tanques. Y ahí se lo veía al hombre, parado en la esquina, cada vez durante mas horas, a la espera de algún llamado escaso, hasta llegar al momento que no hubo mas pedidos para llenar tanques con bombeo a mano.

Y un día se fue. No se hacia donde. Posiblemente a la Pcia. de Buenos Aires donde tenía hijos trabajando en establecimientos rurales. Junto a su mujer (que era lavandera), sus hijos mas chicos, sus pocas pertenencias, y desapareció del pueblo. Sin aviso. En silencio.

Me dejó el recuerdo de su estampa bizarra de hombre bueno, trabajador y servicial.

Donde quiera que hayas ido a parar, ¡buena suerte Don Silvano!, digno representante de una generación que supo ganar el sustento mediante el trabajo y el propio esfuerzo.