Una de fútbol. Los porteños


Manuel Langsam-. Este hecho ocurrió en Domínguez a fines de la década del 30 o principios de los 40. Yo no lo viví pero escuché los comentarios de personas mayores que lo recordaban. Hace tiempo,y solo por curiosidad empecé a recabar datos. Uno de los que mas me contó fue Simon Savulsky, que en esa época era jugador de Libertad. Y el otro fue Julio Villalba que lo recordaba bastante bien aunque al momento de ocurrir era muy joven. Hoy lo saco de mi memoria. No se si tendrá algún valor histórico para Domínguez, pero quisiera dejarlo registrado como un hecho pintoresco de la vida deportiva del pueblo.


Todos los pueblos por mas chicos que sean, tenían y tienen su equipo de futbol. Dominguez no escapa a esa norma. Aunque no estaban afiliados a ninguna liga oficial, el orgullo era jugar y ganar los desafíos contra los pueblos vecinos. Asi, cada tanto se armaba algún partido contra Las Moscas, Sajaroff  (La Capilla), Urquiza o algún cuadro independiente de Villaguay. Pero el gran acontecimiento se daba en los días patrios: 25 de Mayo, 20 de Junio o 9 de Julio, en que, como parte de los festejos se concertaba un partido contra un equipo de primera línea de Villaguay (Sarmiento o Barrio Sud) o de Basavilbaso (Atletico o Ramsar Juniors). Siempre ganaban los equipos de Villaguay o Basavilbaso, ya que los jugadores aficionados de Dominguez no podían competir con los hábiles y bien entrenados que jugaban en las ligas oficiales. Pero existía la esperanza de que, alguna vez, aunque sea por milagro, ganara el equipo local. Y el milagro ocurrió.

Viajando en tren sin pasaje, venían desde Buenos Aires con destino a Concordia tres muchachos que fueron descubiertos por el guarda justo entre Las Moscas y Dominguez. En los ferrocarriles ingleses no había perdón. O pagaban el pasaje y la multa correspondiente, o iban presos. Como no tenían un peso encima, fueron entregados en la estación de Domínguez a la policía en custodia hasta que algún pariente o amigo les facilitara el dinero para pagar la deuda al ferrocarril. Y ahí quedaron “Los Porteños” como se los identificó. Los primeros días lo pasaron en el calabozo, pero luego se les permitió estar durante el día en el patio de la comisaria. Ni señales de recibir alguna ayuda para poder pagar y viajar.

El comisario del pueblo era Don Vicente López, que también era el presidente del club local. Antes, los comisarios no eran oficiales de carrera, sino civiles a los que se nombraba en el cargo por su afinidad con el partido gobernante. Don Vicente observaba a Los Porteños y pensaba en alguna solución para sacárselos de encima, ya que había que cuidarlos y mantenerlos, y el flaco presupuesto policial no daba para mucho.

Una tarde los vio entretenerse en el patio de la comisaria con una improvisada pelotita hecha con papel de diario. Jueguito con una pierna, con la otra, con los muslos, con la cabeza, pasándosela de uno a otro sin tocar el suelo. Le llamo la atención la habilidad y el dominio de la improvisada pelota. Rápido de reflejos, los citó a su oficina y los comenzó a interrogar, completando una idea que le pareció algo fantástica, pero quiso confirmarla. Así llegó a saber que “sus presos” eran jugadores profesionales que habían quedado libres de un equipo de ascenso en Buenos Aires y, sin trabajo, viajaban a Concordia, en donde tenían la promesa de firmar un contrato con un club de allá. Entonces les propuso un trato: ellos jugarían para Libertad el 25 de Mayo (fecha que estaba cerca) y, si ganaban, el se comprometía a conseguir el dinero para pagar al ferrocarril y poder continuar su viaje a Concordia. El trato debía permanecer en secreto entre ellos hasta el día del partido, a fin de resguardar su investidura. Desde entonces se los vio correr dando vueltas a la manzana de la comisaria. No llamaban la atención ya que la gente creía que era parte de la pena que cumplían.

Y llego el 25 de Mayo y con él, el programa de festejos que era tradicional: día 24 a la noche acto en el salón de la Biblioteca Sarmiento: discurso, recitados y gran baile familiar. Día 25, salida del sol, salva de bombas. A media mañana, concentración en la plaza de autoridades, escolares y pueblo en general: Himno Nacional, recitados, discurso de una maestra, reparto de chocolate y bollos, Marcha a mi Bandera y desconcentración. Sobre el mediodía, partido de fútbol entre casados y solteros. La gente decía que era un partido muy parejo, ya que si bien los solteros eran mas jóvenes, los casados estaban mas acostumbrados a correr….

Por la tarde, juegos de esparcimiento: palo enjabonado, carreras de embolsados, carrera de sortija, venta de golosinas y tortas fritas. Luego, el plato fuerte. Un partido entre el equipo local y un cuadro fuerte de Villaguay. La gente se volcó de inmediato desde los juegos hacia los costados de la cancha para alentar al equipo, sin sospechar de la sorpresa que les daría Don Vicente Lopez. Este llegó con sus tres presos e, imponiendo su autoridad de presidente, saco a tres jugadores del equipo e hizo vestir a Los Porteños .Cuando empezó el partido, la gente que esperaba el espectáculo de parte de los visitantes y no entendía la inclusión de los forasteros, empezó a ver con asombro como a medida que transcurrían los minutos el equipo local empezaba a dominar el juego guiados por Los Porteños. Uno de ellos jugaba al medio y era gran recuperador de pelotas, habilitando a otro que corría por cualquiera de las puntas llevando la pelota al pie a una velocidad asombrosa. Corrida, freno, cambio de piernas, llegada al fondo y centro al medio. Por ahí entraba el tercero que cabeceaba al arco o la paraba con el pecho, la bajaba, amagaba, quebraba la cintura y al arco….

Apenas había transcurrido media hora de juego y ya Libertad iba ganando fácil por goleada. Los visitantes no salían de su asombro ante la exhibición y, por supuesto, nada podían hacer para revertir la situación.

Don Vicente aprovechó el momento de euforia para distribuir a sus agentes entre el público pidiendo una colaboración para ayudar a “Los Porteños”. La gente, en su alegría colaboró con gusto.

Por primera vez, Domínguez pudo darse el lujo de ganarle a un cuadro que lo visitaba.

Al dia siguiente, se pagó la multa al ferrocarril, se les compró los pasajes a Concordia y aun quedaron unos pesos para darles como gratificación. Y se marcharon.

Pardini, Rodriguez y Pardo. Tales eran sus nombres.

Hoy nadie se acuerda de ellos. Considero justo traerlos del olvido y recrear esa historia del deporte dominguense.