Solo. Contra todos.

Lucas Carrasco-. Yo no soy parte de la solución, soy parte del problema.





Solo, completamente solo. Un hombre que fue mujeriego, enjuiciado, en estos tiempos victorianos conservadores y cuasifascistas, por ir contra lo que el medievalismo retornante dicta - en un mundo donde los políticos encontraron la forma de disciplinar, a través del estado siempre, por ejercer el habitual pecado de pensar y al actual (¿actual, tan medieval?) pecado de coger- solo y cansado, solo y harto, de que todo mi esfuerzo intelectual, toda mi producción narrativa, quede en manos de la policía. En juicios express de neonazis de ocasión, de esos que durante toda la historia atacaron el talento, el arte, la literatura, blandiendo sus alegatos brujeros contra la disidencia, ese formato inocente de la originalidad.
Solo y cansado. Pelear contra el fascismo cultural, cuando es tan redituable ser fascista: ahí están, viejos idiotas que creyeron ser de izquierda hoy son presentadores de notifachos interminables, con su toque de corrección neonazi. Solo y tonto. Fundamentando, en un país sin Justicia, con carnívoros, contra la espada y la espada. Pero me dan la oportunidad de redimirme. De sumarme al fascismo imperante, a cambio de no meterme preso. No.
No cuenten conmigo.

Solo. Tremendamente solo.
Gano enemigos por mi terquedad libertaria, por existir cada 24 horas un día más, por desafiar un consenso fascista, por ser democrático y defender el estado de derecho en medio de la compraventa de almas vendidas que no se creen ni por un segundo que su colaboracionismo sea real o legal. Viejos apóstoles del "socialismo nacional" -que explican que no es que buscaban, de triunfar, un "socialismo nacional" como el de Hitler o Mussolini sino uno a lo Massera, o a lo Gadafi o Nasser- que hoy dan cátedras de feminismo, respeto por la vida y holocaustos con buena onda en Medio Oriente, asesinos profesionales que trabajan doce horas defendiendo asesinatos y apenas duermen (la diferencia salarial la compensa el Guardia de Hierro que REINA en la única teocracia europea) y yo los veo, desde lejos. Los veo. Qué se yo. Me dan risa.

Días estúpidos, poblados de imbéciles.  Cada vez me aburre más escribir sobre la coyuntura, en un país donde mi oficio, el de periodista y escritor, consiste en mentir para tener éxito. Y para tener dignidad, escribir en latinazgos y claves idiotas de academias idiotas. Decir la verdad, no vende.
Solo, completamente solo.

Allá afuera, a pesar de mis pesadumbres, hay gente que hombrea bolsas de arena, barrenderos municipales, electricistas sin laburo, capataces orgullosos de su obra, punteros barriales que consiguen remedios, policías que donan plata a una iglesia, empleadas domésticas cuya hija es abanderada, plomeros que le enseñan a laburar a un sobrino, hijos de jueces que ayudan a perros de la calle, enfermeros que se meten en el barro de las villas y salvan vidas, sacerdotes que organizan partidos de fútbol para jóvenes que tratan de salir de la droga, docentes rurales que hacen dedo, religiosos que cocinan para la gente que vive en la calle, empleados municipales que devuelven maletines con millones, remiseros que bajan para ayudar a discapacitados, artistas que hacen beneficencia. ¿Quién carajo soy yo, para pontificar, desde el púlpito fatuo del saber literario?
¿Quién mierda soy yo para dar consejos desde la intensa comodidad que me da mi credencial de periodista internacional?

Solo. Completamente solo, aún no he sido derrotado, porque creo en esa gente que, indiferente a mi existencia, seguirá peleando por un mundo mejor.

No, no pude retirarme del periodismo como prometí que haría en 2015. Bah, de hecho, lo hice. Pero en 2017 tuve que volver, por las denuncias públicas que me hicieron., Tuve que volver porque ya ninguna editorial aceptaba mis novelas y libros, porque las universidades nacionales y extranjeras me suspendieron las conferencias y porque, pido disculpas, pero a mí no me suicidan cien tapas de diarios, pero a mí no me voltean sin que me defienda, pero a mí es difícil derrotarme con mentiras, porque yo me derroto solo con la pura verdad de mi vida.

Ya está.

Por mi parte seguiré trabajando de periodista, haciendo lo único que sé hacer. Escribir cosas y que alguien las lea. Con esa pequeña chispa de magia, tan y tan difícil de lograr, que hace sonrojar al lector, esa pequeña, pequeñísima, tan pero tan pequeña chispa. Esa que los poderosos temen que cree un incendio. Y van contra el fósforo. Como si así pudieran apagar tanta bronca ciudadana, tanto fuego contenido.