La historia escrita de los libros se escribe con la pluma del cobarde

Atrás del zoológico de Buenos Aires hay un bar antiguo, concurrido por tangueros vip, artistas, políticos, gente así. Fui algunas veces porque en esa zona oscura de Palermo ciertos días de semana es el único lugar abierto con mesas en la calle, aún en pleno invierno. Una invitación a los fumadores.
Y ahí, en ese bar, hace algunos años, tuve una de las satisfacciones más grandes de mi vida. Había pasado, con una amiga, buscando un lugar donde comprar cerveza. Estaba abierto este bolichín, tenía tres pálidas mesas en la puerta. Era un invierno crudo. Le pedí que nos sentáramos. Aceptó. Pedí una cerveza de litro, ella, nada, ni agua. Así que el mozo trajo un solo vaso. La postal era triste, vista desde lejos. Una pareja sentados afuera porque él fuma y bebe, mientras el invierno nos consumía. Suena peor, ahora que la cuento y la recuerdo, con sus árboles secos, las veredas mojadas por la helada, el zoológico, enfrente, quieto, con los animales refugiados. Y las esquinas torcidas, como abrazándose a sí mismas, ante el frío y la indiferencia.

Entré al baño. Saludé a un par de personas que solo conocía de nombre -y supongo, ellos a mí también- porque uno hace esas cosas a veces, cuando conoce al otro de nombre y supone que el otro, por como lo mira, también lo ubica a uno. Así que uno asiente con la cabeza: un saludo pequeño,  educado, como dejando constancia en el trámite del transeúnte de que uno tiene la amabilidad de corresponder ese atisbo de saludo que emana de la otra parte. Nada más. Llegué al fondo, fui al baño. Donde hay pegados poemas de grandes literatos porteños, de la bohemia ya fenecida.
Y ahí estaba. Escrito con fibrón, sobre una hoja de cuaderno, pegado al lado de un espejo roto, mi poema. Firmado por el mejor poeta argentino, fallecido antes de que yo hiciera esa versión apócrifa, que aún se puede encontrar en algunos blogs y sitios viejos, como si fuera del autor en cuestión.
Todo empezó en la prehistoria de internet. Cuando todos leíamos -y hasta recibíamos, sin que vaya a parar antes a la bandeja de Spam, que por otra parte, no existía en las primeras cuentas de mail- las cadenas. Me había llegado una cadena de un escritor, con un montón de remitentes de escritores, celebrando haber encontrado un poema inédito de un escritor aún poco apreciado, que falleció en la década del setenta en un manicomio.
Luego de eso, algunos meses mas tarde, estábamos en un bar de San Telmo un grupo de jóvenes escritores de izquierda, más de izquierda que escritores. Estaba el autor del hallazgo, también. Y así fue surgiendo la idea de crear, a través de estas cadenas de mail, la correspondencia de un escritor inexistente, al cual luego le iríamos sumando poemas inéditos, descubriendo cuentos y hasta artículos periodísticos anticipatorios del clima que vivíamos, el neoliberalismo peronista. Inventar un escritor, defraudar y desnudar la farsa de la industria editorial y la ingenuidad alienada de los lectores.
La estrategia quedó, pronto en esa larga noche de copas, en mis manos. Sobre una hoja, dibujé gráficos y flechas, círculos y nombres, como un General ante una batalla, de cómo haríamos crecer este escritor falso, hasta derivar luego en la publicación de alguna de sus obras.
A medida que corría el vino, se acentuaba el entusiasmo.
Por mi parte, estaba en mi salsa: crear estrategias comunicacionales para romper las bolas, ha sido siempre un hobby que me ha fascinado y ocupado horas y horas, días y días de ejecución.
Cuando nos cerraron ese bar, fuimos a otro. Cuando cerraron el otro, terminamos en la plaza, comentando la estrategia. Mientras amanecía un sol hastiado y rutinario, contra nuestro entusiasmo guerrero.
Al otro día, casi nadie tenía ganas de llevar a cabo el plan.



Así que cuando recibí esa cadena de mail, casi en venganza, utilicé el mismo canal para distribuir el poema falso de un escritor de renombre. El poema apócrifo tuvo un éxito fenomenal, quizás porque era demasiado comprensible para un autor prestigioso que casi nadie entendía. Ni entiende. Se escriben libros enteros interpretando su obra. Y ese pequeño grupo de conspiradores arrepentidos recordó mi defecto: llevar a cabo, efectivamente, los Grandes Planes que borrachos todos los bohemios y orgullosamente haraganes, esbozamos. Cuanto más inútil y al pedo el plan, mejora mi compromiso con la ejecución, así sea en soledad.
El poema fue publicado en algunas revistas literarias, adjudicándoselo al poeta fallecido. Y en la incipiente red, poblaba de sitios literarios ya perdidos, que en ese entonces eran pocos y estaban interconectados realmente. De hecho, la palabra interconectados se usaba y tenía sentido. ¿Hoy, para qué?

Aunque la familia -bah, la que tiene los derechos de autor- salió en un par de diarios porteños a desmentir que ese poema apócrifo no fuera otra cosa que un poema apócrifo, siguió circulando un tiempo. Hasta que se desvaneció.
Varios años más tarde, lo estaba volviendo a leer mientras meaba.
Salí del baño, volví a la mesa de la vereda, ansioso por contarle a mi amiga mi hallazgo y de paso, poder contar por primera vez que había sido yo el falsificador. Pero ella ya se había ido.
Ése día me enamoré de ella.
Pero nunca más me atendió el teléfono.


Actualización: El final de esta historia lo cambié, lo falseé. No es cierta la parte de que mi amiga se haya ido. Al contrario. Hablamos de literatura, que fue nuestro tema de tantas noches de amistad. La razón por la que cambié, mentí, el final de esta historia, es sencilla. Por un lado, yo no fui buen amigo de ella, le fallé muchas veces. Y la segunda cuestión es que ella es una persona muy conocida, talentosa, hermosa y prestigiosa. No merece quedar pegada a mi mala imagen. (No especulen ni pregunten buscando mancharla por haber sido mi amiga: jamás me sacarán una sola palabra). Es real que me enamoré esa noche. Y también que jamás pasó, ni pasará nada. 
Pongo esta actualización, porque ella tuvo la grandeza de recordarme que el final no fue así. Y que hablamos largo y tendido de literatura, durante muchas noches más. Y que si dejamos de conversar fue por exclusiva responsabilidad mía. Y esta aclaración es para ella, para dejar en claro a los lectores, que mentí y finalicé la historia con una mentira que me deja bien a mí, pero es eso, nomás, una mentira.