La mirada de los excluidos



 Enrique Mario Martínez-. La inclusión plena a través del trabajo hace décadas que dejó de ser considerada factible en plazos cortos, por cualquier elenco gobernante. A medida que se fue consolidando la etapa democrática iniciada en 1983, fue creciendo el esfuerzo de imaginación y presupuestario para alcanzar lo que podríamos calificar de segundo mejor: la inclusión por ingresos, subsidiando diversas facetas del consumo popular.

Un gobierno con vocación popular, como el iniciado en 2003 en el país, ha llevado las cifras de transferencias de recursos a cifras sin antecedentes en la historia argentina, que hoy superan el 10% del Producto Bruto Interno (PBI).
El método de subsidiar a los que menos tienen se ha hecho el camino de manual. Tanto es así, que también opciones conservadoras, como la que gobierna en la Ciudad de Buenos Aires, han implementado una enorme batería de medidas. De manera no sorprendente, la diferencia entre el gobierno nacional y el local es que el segundo publicita sus iniciativas pero ninguna de las vías oficiales de comunicación le da real dimensión cuantitativa a las mismas. Un observador simplemente curioso no tiene manera de extraer datos de cantidad de beneficiarios de cada programa a partir de lo informado en internet por el gobierno de CABA. Esto tiene una sola explicación posible: la intención de no malquistarse con sus adherentes políticos principales, que son los sectores medios.
En ambos escenarios – el nacional y el local – hay una fracción de los compatriotas que están contenidos por un sistema estatal que les permite atender parte de sus necesidades básicas.
Ese sistema, en tanto no hay vías alternativas de inclusión por el trabajo, genera inexorablemente – más allá de la vocación de quienes lo diseñan – un temor de los subsidiados a perder esos subsidios y una dependencia concreta de la decisión de la dirigencia política de mantenerlos. En el plano electoral puede razonarse que los conservadores manipulan ese miedo y aquellos con vocación de justicia social no lo hacen, pero en términos prácticos la posibilidad de manipulación de voluntades por ese temor primario y elemental existe en cualquier caso.
Los conservadores modernos se mueven con comodidad en escenarios como el esquematizado. Quienes desean algo mejor para los humildes, es de esperar que sientan mayor inquietud, que reflexionen con más intensidad sobre las vías de inclusión sustentables. En cualquier caso, el tiempo transcurre a favor de las lógicas más reaccionarias. La cultura del trabajo se pierde con el pasar de las generaciones; la brecha de exclusión se consolida y una propuesta popular no puede resolver estas graves cuestiones acumulando más transferencias de recursos económicos, sino creando al menos algunos escenarios donde la ocupación colectiva, la solidaridad, la mejora de la calidad de vida a través del trabajo de todos, adquieran un sentido concreto, visible, solvente.
La prédica electoral del campo popular
El kirchnerismo ha ganado demasiadas elecciones para que se cometa la aparente irrespetuosidad de criticar su forma de aproximación al electorado. Sin embargo, los sistemáticos resultados negativos en varias de las grandes ciudades argentinas abren una rendija para admitir la necesidad de algunos cambios. En lo que sigue nos referimos, salvo señalar algo distinto, a la Ciudad de Buenos Aires, en parte porque es el espacio más conocido por quien escribe, en parte porque es de aquí de donde emerge la fuerza política con mayor posibilidad de confrontar con el FpV a nivel nacional.
Primer concepto: El FpV se presenta como la fuerza con más vocación de cambio.
Con ese planteo se pasa por alto que los sectores medios no tienen vocación de cambio global, a menos que se identifique la solución a problemas agudos como los que se ha enumerado más arriba: la vivienda, la energía eléctrica, el trabajo digno. El cambio, como concepto genérico abstracto, no es lo que moviliza a ese electorado.
Tampoco es crítico para los sectores más humildes enredados en la dependencia de la asistencia social conservadora, por todo lo antedicho. Aquí debe cuestionarse un axioma del peronismo de siempre, en cuanto a la fidelidad electoral de los sectores más humildes. Eso es válido para los pobres con esperanza, no para los pobres con resignación. Éstos últimos se quedan y quedarán dentro de la cárcel de puertas abiertas que conocen, como lo muestran los resultados electorales de los barrios más humildes de la ciudad
Para generar esperanza en los pobres de CABA no es suficiente con pasar revista al menú de transferencias de recursos. A ese menú muchos – muchos más que los que imaginamos desde afuera – lo acumulan a lo aportado por el PRO. De ese modo, la suma solo tiene sustentabilidad para los involucrados si se vota al PRO.
Conclusión
El campo popular, en suma, tiene un desafío frente a los sectores medios y otro frente a los sectores más humildes, los excluidos.
A unos y a otros debemos ayudarlos a entender cuales son los caminos auténticos de mejora de calidad de vida, que además no deben ser contradictorios entre sectores, convirtiéndose en suma cero.
Cuando decidamos hacer ese esfuerzo, dejaremos de increpar a los opositores “pudientes” que sin embargo no tienen casa propia o evitaremos prometerles un cambio en el que no confían porque se limita a ponderar nuestra hipotética gestión de la misma estructura vigente. También dejaremos de creer que el futuro puede ser optimista incorporando todos los subsidios que el presupuesto nacional permita dentro de límites de prudencia flexibles.
Debajo o detrás de esos escenarios erróneos aparecerán la especulación en tierras urbanas, que hasta ahora los programas oficiales se han limitado a financiar; los monopolios; las corporaciones multinacionales; las cadenas de valor incompletas; el abastecimiento de bienes básicos con intolerable cantidad de intermediarios; el trabajo en negro y esclavizante como entidad asfixiante; la falta de productividad global; la falta de vínculo entre la ciencia y la tecnología con la educación popular o la producción; la educación como rutina en lugar de ser un ariete transformador. Tantas y tantas facetas que no vemos quienes dedicamos mucho tiempo a la política y que cuando las intuimos nos limitamos a tirarlas al aire como meros títulos, ayudando al desaliento y la desconfianza masivos.
Hay mucho para hacer.