Estos días idiotas, poblado de imbéciles



👿Lucas Carrasco😡-.Soy un hombre de izquierda, siempre lo he sido. Y siempre he vivido, a diferencia de tantos izquierdistas de salón y caviar, de acuerdo a mis ideas. Tras taaaantos años como periodista y escritor, me importa un carajo lo que piensen de mí. Yo digo lo que pienso.  Se enoje quien se enoje.




Vivimos días particularmente tristes. Días donde el desplome de la economía nacional correrá de la agenda pública la cuestión social, más allá del lejos itinerario tortuoso de la centroderecha gobernante y su vaporoso lema de "Pobreza Cero", luego del desprecio epistemológico del kirchnerismo por la situación social real. Son días tristes, conocidos por los que tenemos cierta edad: días de crecimiento del individualismo, de sufrimiento popular, de penurias e indiferencia para con los más débiles. Días que a casi todos nos entroncan con nuestra biografía existencial. Ésta es, contada a las apuradas y porque se me cantan las pelotas, la mía. Nadie está obligado a leer mis notas, como siempre conviene advertir. De nada. Por poder leer gratis lo que escribo.


Yo fui siendo parte de la izquierda - tomada, a priori, así: "la izquierda"- en la adolescencia, con una entrada desde la puerta giratoria de la literatura que leía en aquellos años. Cuando ya había relegado -nunca los dejé del todo, ni aún hoy- los policiales anglosajones de misterio (la colección Séptimo Círculo, dirigida por Bioy Casares y Borges) y los libros de aventura clásicos y universales, los colosos como Julio Verne, Salgari, Melville, que poblaron mi infancia. Me iba adentrando en el boom latinoamericano, pero con cierta rebeldía ante el canon. La oscuridad y, aún sin saberlo, el existencialismo de Jean-Paul Sartre y Simone De Beauvoir que iba de trasfondo con la literatura beat y beatnik de los Estados Unidos, del Estados Unidos contracultural, al ritmo de su mirada literaria europea y de los clásicos argentinos y los malditos argentinos. Y los entonces malditos que hoy son clásicos. Al son -en rigor, con sus últimos ecos- de la Revolución Sandinista, de la Cerdos & Peces, los viejos ejemplares de la revistra Crisis o El Porteño, la Ajoblanco de España, las muchas revistas fugaces de debate cultural y crítica literaria junto con los cuadernillos de "cátedras abiertas" de psicoanálisis lacaniano y las primeras lecturas, de la biblioteca de mi madre, de la Escuela de Frankfurt, las ediciones de Editorial Claridad, los libritos negros del Centro Editor América Latina, los filósofos posmodernos franceses, mi coqueteo con la misantropía, mis estudios de Lingüística y Semiótica; fueron lindos años ya siendo joven, con todo por descubrir, mientras cogía como loco, bebía como loco, leía como loco, escribía como loco y hasta el cuerpo me daba para trabajar y concurrir, esporádicamente, a fracasar en universidades donde siempre fui marginado. Pero, pero, aunque sufría y me reía y me reía y sufría, mis constantes fracasos como estudiante universitario me dieron acceso a personas -novias, estudiantes, profesores, amantes, borrachos con los que discutir teoría filosófica, antropología, historia política, literatura, psiquiatría, periodismo maldito- y apuntes, fotocopiados, libros prestados, o comprados en mesas de saldo. Diez o quince revistas culturales del mundo que llegaban a cuentagotas y desaparecieron que ya no significan nada para un diario entrerriano, en este paisaje intelectual árido de guetos y petulancia no correspondida, como aquellas novelas de Puig o los poemas de Perlongher que tanto amamos en el Bar Bukowski y en las radios alternativas donde todavía tenía sentido la frase hecha, el monumento al cliché, de "la magia de la radio".
Después vino una de mis otras rupturas abiertas, de la mano de una serie de libros que fui canjeando en librerías viejísimas y casi imposibles de encontrar -excepto en librerías barriales rosarinas y porteñas, librerías oscuras, atendidas por viejos anarquistas- del revisionismo histórico. Y es curioso porque mi fascinación por el revisionismo histórico se dio en conjunto con el comienzo del estudio, siempre autodidacta y desordenado, en bibliotecas de Paraná y los pocos diarios financieros que había, de la economía clásica. Los diarios financieros traían conceptos de la ortodoxia pero muchos datos. Los libros del revisionismo histórico un contexto. Los manuales de escuelas económicas, olvidados en las bibliotecas, donde pasaba horas con mis zapatillas con agujeros, mis pantalones rotos, mi barba y mi melena, estudiando concentrado, fueron esos años donde me volqué a la izquierda nacional. Nunca fui un marxista ortodoxo, Mariátegui era legendario, la literatura latinoamericana además matizaban la rigidez. El salto a la izquierda nacional resultó casi natural.
Y después llegó la moda universitaria del contrapoder. Venía con una fuerza volcánica de Europa. Pero a mí no me importaba. Excluido de los Centros de Estudio, las Fundaciones, las Grandes Editoriales, las Universidades Estatales, ya en ese tiempo, además, me había alejado completamente de las revistas literarias, psicoanalíticas, artísticas y culturales.
Y así seguía.
Hasta que un día ocurrió una tragedia. Como un rayo en un cielo sereno.
Tanto indagar. Tanto y tanto indagar en las turbulencias de la literatura argentina para arribar a una sospecha: Argentina no es una Nación concluida.
Esta tesis, de la que escribí no menos del equivalente a 25 libros a través de un blog donde diariamente volqué los avances de este pensamiento -que paradógicamente, erróneamente, fue interpretado como la renovación del pensamiento de la izquierda nacional- derivó en lo que capaz, hoy, a mis cuarenta años, sea finalmente el camino intelectual propio que me queda por andar. Que ya vengo caminando hace unos diez años, con absoluta indiferencia del mundo intelectual institucionalizado por decisión propia de ser el paria, de alejarme, de ganar en el único campeonato que vale la pena: el de la independencia intelectual.
Dejo acá.
No sé si escribiré, aún, la parte que sigue. Está demasiado cruzada por la coyuntura. Tal vez, no sé, mi naturaleza de polemista profesional y escandalizador de conservadores de todos los ámbitos, me impida decir lo que voy a decir: aún me falta cierta distancia, cierta desaprensión. Para que se apiade mi escritura hiriente, mis conceptos burlones, mis ácidas balas contra ese virus imbécil de las instituciones del saber: la solemnidad.