Esperame ahí, donde vamos los pecadores





Lucas Carrasco,-. Cuando la gente no se moría, cuando eran raros los velorios -ese trámite burocrático de camino al cielo para encontrarse por fin con Dios- yo tenía pesadillas, creo que eran pesadillas, pero no estaba dormido. Las manos me crecían. Los pies me creían. Con forma de raíz. Mientras latían. Y me asustaban. Traté de explicarle a mi mamá, una noche de desvelo, lo que me pasaba. Pero no encontraba las palabras. No sabía cómo explicarlo. Era un niño, apenas. Y las manos me crecían, metros y metros y metros como las ramas de un árbol, como saliva de un viejo abandonado en un geriátrico, como una metáfora mejor. Era raro. Duró varias noches. No podía dormir. Apenas se asomaba el baldazo de sueño, las manos me crecían, los pies me creían. Una noche me levanté. Todos dormían. Pasé cuerpo a tierra por la habitación de mi madre, que no cerraba la puerta al dormir. Me levanté y esperé. Nada. Ningún ruido ni llamado. Me volví a tirar al piso, con más cuidado, para pasar la siguiente puerta: mi abuela siempre tuvo el sueño más liviano. Y de a poquito, arrastrado, llegué hasta las escaleras. Baje despacio, descalzo, para no hacer ruido. Sabía que si me descubrían, entre el montón de reproches iba a estar el caminar descalzo. En pleno invierno. El niño delicado. El niño enfermo. El niño que prometía, el niño qué lindo escribe, el niño que preocupaba, siempre entre libros, siempre solo, siempre preguntando cosas raras. Y llegué al living. Nadie, esa noche, se dio cuenta. Es curioso que esa noche, hubo otras donde pasábamos, con mis hermanos, sin ser pillados, es curioso que nadie, en esa casa que era gigante y hoy veo tan pequeña -aunque está igual, solo que más deteriorada- haya notado mi road movie . Porque la mayoría de las veces, junto a mis hermanos, nos descubrían. Lo hacíamos cada tanto. Deslizarnos en la noche, tras fingir estar dormidos, bajar la escalera, atravesar el living, cerrar la puerta y quedarnos en la cocina. Comer dulce de membrillo, estar ahí, refugiados de los mayores, sintiéndonos Marco Polo, dueños, por primera vez dueños de algo en la infancia, dueños apenas -pero qué inmenso era ese pequeño pedazo de patrimonio nocturno- de un recorte en la noche, de un pedazo de estrellas, sin mayores, sin adultos, sin viejos, sin tutelas. Pero esa noche, si me descubrían, habría problemas. Porque esa noche bajé solo. Todos dormían.
 Y llegué al living pero doblé a la izquierda, me metí en el baño, un baño pequeño que daba a la balaustrada. Cerré la puerta, prendí la luz. Saqué de abajo del piyama la cruz de plata, con el cristo crucificado, que había descolgado del pasillo de arriba. La puse contra la puerta. Me arrodille. Recé primero un padrenuestro. Después un avemaría y traté de hablar con Dios. Le expliqué, con gravedad y miedo, el asunto de las manos, los pies, lo que me pasaba al acostarme. Le pedí, le rogué, que eso, eso que me pasaba, eso que no sabía como nombrar , eso que tanto me asustaba, se terminara. Por favor. supliqué. Y rogué. Rogar y suplicar (a Dios) fueron palabras que poblaron mi infancia, palabras lindas, liberadoras, palabras que el ateísmo militante de mi juventud deploraba, pero sin castigarme ni sentir culpa por el niño que rogaba y suplicaba a Dios. Porque Dios me escuchaba. Dios se preocupaba de mis fantasmas, de mis exámenes de matemáticas, de los penales que pateaba, con mi pierna rota, casi siempre al palo derecho, amagando con las caderas pegarle con los tres dedos del pie hacia la izquierda para después darle con la parte interna del pie. Dios me escuchaba. Era mi amigo. Mi mejor amigo. El único que sabía que yo extrañaba a mi padre, que estaba arrepentido de hacerla enojar a mi mamá por no tender la cama ni lavarme los dientes, cuando ella volvía cansada de dar clases en las escuelas rurales,  Dios sabía que mi abuela (después de un rato de enojos) me perdonaba cruzar el parquét recién encerado con los botines llenos de tierra, Dios sabía que mi abuela creía en mí, y me ayudaba con las composiciones que escribía y no eran para la escuela, y me compraba los libros que quería leer y organizaba el ritual, todos los mediodías, antes de que entre a la escuela (iba de tarde en la primaria), de  marcarme una página al azar del tremendo y pesado Atlas de la biblioteca. para que la copiara y después le explicara de qué se trataba el texto.  Y así, con 8 años, viajé por el mundo entero, en primera clase del avión de mi imaginación. Si lograba copiar el texto sin errores y explicarlo sin bemoles, ganaba el premio del día, en esos días en que los días eran largos, mi abuela sacaba unas monedas, para que pudiera comprar golosinas y a veces, una factura en la escuela. Mi abuela sabía que a mí no me gustaban las facturas, pero todos mis compañeritos de clase compraban facturas, tenían plata para comprar facturas en el recreo. Por eso mi abuela, aunque no pasara la prueba, me daba las monedas igual. Después fueron billetes. Pesos: un verde y un marrón, creo (no recuerdo bien) que eran mil quinientos pesos. Después fueron Australes. Después Australes con un sello bancario. Después la hiperinflación. Y mi abuela, a sus cinco nietos, no podía prepararles  antes de ir a la escuela las tostadas con manteca y el café con leche. Porque no había. Lo único que había en la heladera eran mandarinas. Las exprimió a mano. Dividió en cinco, nos sirvió. Ella se quedó sin comer. Nosotros no. 
Mi madre volvía cansada del trabajo. De viajar en colectivos destartalados, traffic para las calles de barro, la balsa para cruzar un riachuelo. Y a veces, como la plata no alcanzaba, hacía dedo en la puerta de la escuela. La llevaban siempre y enseguida. Los alumnos la querían. Y los padres de los alumnos la respetaban. Yo fui a un viaje de estudios (tenía 10 años), junto a mi madre, de una promoción de quinto año de la secundaria rural.  No fuimos a Bariloche ni a Brasil, la mayoría de las alumnas eran hijas de peones (los varones dejaban la escuela antes porque tenían que trabajar en el campo y porque los presupuestos familiares -así de cruel es la pobreza- solo daban para que estudie uno de los hijos, en familias que tenían arriba de los siete hijos) sino que fuimos a una ciudad entrerriana, a pocos kilómetros, en un colectiivo destartalado que los docentes le había pedido prestado al gobierno. Y las chicas, en el viaje, en el viaje más largo que hasta entonces habían hecho en su vida, eran pura alegría. En serio: alegría pura, alegría inocente, trivial si se quiere, pero hermosa, una alegría tierna y hermosa.  A mí me parecían señoras viejas. Pero me adoraban, me sentaban en la falda, me daban mate, pastafrola, tortas fritas y me enseñaban las letras de las canciones que iban cantando, mientras dos alumnos varones (creo que eran los únicos varones) tocaban la guitarra. Y no fuimos a ningún hotel. Fuimos, la primer noche, a un convento de monjas, prestado por una iglesia y la segunda noche a un regimiento, gentileza de los militares. Y no había mozos que sirvan la comida, cocinaban las alumnas y docentes, con las bolsas de verduras que había sembrado en la escuela para llevar a su viaje de estudios. Y esas viejas, de 17 años, estallaban de alegría. Eran buena gente. Eran sencillos, pero buenas personas. Y ese fue el mejor viaje que he hecho en toda mi vida.

Ahora que lo pienso, mi madre tenía menos años de los que yo tengo ahora, y se sentaba, al volver de noche a casa, nos preguntaba sobre nuestro día, si habíamos hecho la tarea. Y leía mis composiciones. Las que no eran para la escuela. Y me miraba con ojos tristes, esperanzados y tristes, pero llenos de miedo a que la vida me haga pelota. Yo era el niño frágil que quería ser médico para viajar al África y curas enfermos y a la semana quería ser Alzamendi y al mes quería ser Julio Verne y al otro día quería ser Presidente para ayudar a la gente buena y al rato quería ser superhéroe y al rato Teresa de Calcuta y al rato un marinero viajando por el atlas de mi abuela.



Este texto lo escribí hace muchos años. Me agarró, esa noche, después de un largo trajinar de bares, unas ganas locas y alcohólicas de escribir. Y  le pregunté a mi amigo, Carlos Mantegazza, que estaba en mi casa, si no le molestaba que me ponga a escribir. Al contrario, me dijo: me gusta cuando escribís borracho de cosas que realmente importan, no la política o el periodismo, que aburren y es todo mentira.

Hoy supe que hace un mes Carlitos se suicidó.

Tardé un mes en enterarme.

Estaba ocupado, escribiendo cosas de política y textos periodísticos.



Ojalá exista un lugar donde los muertos vayan cuando se les para el corazón. Un cielo, un paraíso, un infierno, un juicio sumario en el limbo.

Si ese lugar existe y estás ahí, Carlitos, brindo por vos.