Esmeralda, Nolte y Furet



Jorge Asís-. Ni auge ni rebrote del antisemitismo en Argentina. Simples malentendidos y contabilidad macabra.

Previa
La susceptibilidad y el prejuicio

No existe auge, ni siquiera un rebrote, del antisemitismo en la Argentina.
Transcurrieron, apenas, una continuidad de malentendidos.
Entre Leopoldo Moreau y el diputado Wolff.
Entre DAIA, la organización comunitaria, y la señora Esmeralda Mitre, actriz.
La divulgación del video artesanal que exhibe a cierta profesora con su visión de la historia.
Para concluir con la deriva marginal del comunicador Santiago Cúneo, que por el episodio Mitre criticó a la DAIA (lacerada por el episodio Cohen Sabban). Con su estilo frontalmente agresivo, ofensivo, que despierta adhesiones (aunque cite la fantasía del Plan Andinia).
Convivencia litigiosa entre el exceso de susceptibilidad y el prejuicio tóxico que anida, semidormido, en alguna franja de la sociedad. Con sus explicaciones fáciles para temas complejos.
C.M.
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“Seis millones de muertos, pero tal vez no fueron tantos”, dijo Esmeralda Mitre, al portal Infobae.
El exceso transforma en error la interpretación de una frase solo desafortunada. Pero que se tomó como la expresión del prejuicio.
Esmeralda, Nolte y FuretPor la magnitud del horror, el genocidio nunca se reduce a un mero sistema de contabilidad macabra.
Otro exceso similar motivó el congelamiento profesional de Darío Lopérfido, animador cultural y ex marido de Esmeralda. Por una cuestión de miles de muertos, no de millones.
El riesgo consiste siempre en banalizar la patología criminal por una razón numerológica.
Los aceptados seis millones de víctimas del genocidio nazi se equiparaban atropelladamente con los convencionales 30 mil de la carnicería de los setenta.
Para la susceptibilidad de DAIA, Esmeralda había cometido una profanación imperdonable. Un sacrilegio. Y fue precisamente la peregrinación por la disculpa, después de “una reunión durísima”, la que agigantó el malentendido. Con el complemento melodramático del presidente lanzado. No supo conducirse, ni contenerse, con la templanza digna de la entidad que representaba. Al propasarse con la bella inocente, el malentendido ya se aproximaba al ridículo. Le provocó el alejamiento humillante del cargo.

“Recíproca fascinación”

Entre 1991 y 1997 transcurrió la correspondencia entre el alemán Ernst Nolte y el francés Francois Furet. Invalorables pensadores del siglo XX.
A la distancia, las tesis de Nolte hoy pueden interpretarse con simple placidez. Aluden a la imposibilidad de tratar las atrocidades del nazismo separadas de las atrocidades del comunismo.
Esmeralda, Nolte y FuretPara Nolte, no podía interpretarse a Adolf Hitler sin interpretar a Josef Stalin. Ni atender los campos de concentración nazis separados de los centros de reeducación, o de trabajos forzados, del régimen soviético.
Aquí Nolte recurría, menos que a los detalles de la contabilidad macabra, al rigor de la cronología. Hitler conquistaba el poder en 1933, pero los campos bolcheviques funcionaban desde 1928.
Se alude en la problemática a los textos oportunamente terribles que Nikita Kruschev supo utilizar, en 1953, para masacrar la memoria de Stalin.
De Alexander Solyenitzin, por ejemplo. Premio Nobel de literatura. Para la izquierda europea y latinoamericana, por principios, Solyenitzin era un “miserable agente de la CIA”.
(Ver “Un día en la vida de Ivan Denisovich”, “Pabellón de cancerosos”, o el documentado “Archipiélago Gulag”).
Los campos de concentración, como los de Auschwitz, arrancaron la odisea del exterminio, con el gas Ziklon B, a partir de 1940.
Como sostenía John Lukacs, Hitler y Stalin se dispensaban una “recíproca fascinación”.

El siglo intenso y corto

En tiempos en que imperaban los esquemas, y se moría salvajemente por las ideas, la audacia teórica de Nolte fue combatida hasta más allá del agravio. Lo tomaron como el “legitimador del nazismo”.
Incendiaron su automóvil mientras brindaba una conferencia. En otra disertación le arrojaron veneno en los ojos. El autor de “El fascismo en su época”, estudio canónico, Esmeralda, Nolte y Furetera masacrado por los maniqueos sensibles que tomaban sinceramente al comunismo como una pasión humanista.
Como aniquilaron, durante décadas, a André Gide, el novelista de “Los monederos falsos”. Por el desatino traicionero de haber escrito “Lo que no me gustó de la URSS”. Justamente al regreso de un viaje promocional, costeado con “los fondos de la Revolución”.
Las tesis hoy ya casi obvias de Nolte adquirieron relevancia superior después de la extinción de la Unión Soviética.
Bastó que Francois Furet lo rescatara en “El pasado de una ilusión”. Para que se comenzara a tomar a Nolte, en adelante, con la seriedad del precursor.
Furet le respondió a Nolte la primera carta de agradecimiento. Por el rescate. Para iniciar la correspondencia, con los puntos de vista confrontados que enriquecían.
Como enriquecen aún los enfoques de Domingo Fautino Sarmiento, en “Las ciento y una”, enfrentados con los de Juan Bautista Alberdi, en las “Cartas Quillotanas”.
El intercambio epistolar fue interrumpido por la muerte de Furet. Y las cartas fueron compiladas para componer “Fascismo y comunismo”. Librito donde los intelectuales sólidos del pensamiento y de la historia discuten acerca de las calamitosas desgracias del siglo intenso y corto (ya que el siglo XX arranca, según Eric Hobsbawm, con el fin de la primera gran guerra, para concluir en 1990, con la evaporación de la URSS).
En una de las cartas Nolte analiza la cuestión de la contabilidad macabra. La misma que, 25 años después, al sur del sur, comprometería a Esmeralda Mitre.
Nolte sostenía que de ningún modo el horror se atenuaba así los muertos hubieran sido quinientos mil, o tres millones, y no los aceptados seis.
Con la ligereza conceptual del “tal vez no fueron tantos”, Esmeralda, Nolte y Furetla inocente Esmeralda inspiró la peregrinación por la gracia del perdón que nunca le iban a conceder. Antecedente del grotesco posterior del lanzado dirigente comunitario que portaba la obsesión similar a la de Woody Allen, aunque -una pena- sin su talento, su astucia intelectual ni sentido del humor.