El trauma de presenciar un asalto con toma de rehenes



Lucas Carrasco-. Voy a un supermercado a comprar tres cositas. Una mujer, con un carrito lleno de productos, está adelante de la fila. Cuando termina de pasar todos los productos por la caja registradora, le pide a la cajera pagar con tarjeta de crédito en cuotas. Saca la tarjeta. Está emitida por el banquero "experto en mercados regulados" que Carrió acaba de acusar de fomentar la corrida cambiaria...con un millón de pesos.
Me río acordándome de ese comunicado de prensa, distribuido por Presidencia de la Nación. Supera en boludismo al entonces Ministro Kicillof acusando a Juan José Aranguren, actual Ministro de Shell, de hacer una devaluación con...12 mil dólares. La diferencia es que Kicillof sabía que mentía, Carrió probablemente hable al pedo nomás. El banco de este sofisticado delincuente empresario es un oligopolio éxito en el mercado regulado, así que en Paraná se ve por todos lados su actividad delicitiva empresarial.

La cajera, de hermosos ojos verdes, le informa mecánicamente: lo puede pagar en tres cuotas, la primer cuota tiene un 13% de recargo, la segunda el 15% de recargo, la tercera, el 20% de recargo. Uauuuuu....-se me escapa. La gente de atrás me mira. Bue. Estuve a punto de hablar y explicarles mi sorpresa. No lo hice. La economía de la información que llevó a Joseph Stiglitz a ganar el Nobel en la materia, debería cruzarse con una mirada esquemática y rápida de Foucault (aunque la frase Ipsa Scientia Potestas Est -traducida: el conocimiento es poder- viene del siglo 16, de un gran filósofo con apellido de panceta).
No dije nada porque explicar que los precios con los cuales pagará las cuotas no son los de ahora, sino los del momento de la cuota, que el 15% de la segunda cuota se aplica sobre el monto al cual ya le aplicaron el 13% de la primer cuota (y así sucesivamente), que de todos modos, ese no es el Costo Financiero Total (y no hay mala fe en la muchacha que trabaja en el supermercado, lo sé) pero que nada, absolutamente nada de todo esto tiene tanta relevancia como la tasa de interés aplicada: en ninguna película de gánsters y mafiosos existe esa tasa de interés: no hay modo, es imposible. No existe tampoco en las transacciones ilegales de los prestamistas ni en las vueltas y revueltas de los narcos locales (hablo de Paraná, Entre Ríos). Es absolutamente un afano. Sin vueltas. Es un robo monstruoso. Agravado por el ejercicio del monopolio y por la evidente desinformación de la gente común, la clase trabajadora. Esquilmada por los bancos y los supermercados que, como el que estoy mencionando, a la primera de cambio solicitan subsidios estatales bajo la amenaza de despedir personal.

Estoy seguro que si pregunto en esta cola de gente quién es tal o cual boludo que trabaja de actor en la tele, o quién es la novia de algún futbolista, todos los conocen. Y cuentan lo que creen que saben de sus respectivas vidas. Y consideran que la información es eso. Más el clima -para ver si salir o no con paraguas media cuadra- y algún evento sensacionalista, como los crímenes y esas cosas que, para el buen periodismo, son un género menor, cosas de grasas sensacionalistas que hoy abrazan pajueranos que se premian entre sí.
Mientras tanto, la verdadera información, la que se necesita para vivir, pasa de largo.
Es una pena.
Pero así son las cosas.