El fracaso tan temido



Jorge Asís-. La incompetencia es tan nociva como la corrupción.

Previa
El atributo de la infalibilidad

Ni los presos, ni el aborto. Ni siquiera la pedofilia alcanza ya para desviar la atención.
Tampoco va a conseguir desviarla el Mundial de fútbol.
Significa que el espectáculo de la incompetencia se instala en el primer plano.
Resulta imposible ayudarlos. El que no comparta sus imposturas insustanciales es un populista equivocado.
Se muestran agresivos en la adversidad, petulantes en la plenitud de la bancarrota.
Quien los cuestiona es porque pretende subirlos al helicóptero.
Aquel que no suscriba sus posiciones es un ignorante. Alguien “que ya fue”. O es, en el mejor de los casos, un demagogo.
¿Cómo pararse ante quienes actúan desde la perfección?
¿Habrá que permitir que se pongan el país de sombrero?
Buscan culpables después de 29 meses de excusas y justificaciones.
La política nunca se agota en la astucia para ganar elecciones coyunturales.
Es inútil entonces señalarles las fallas estructurales de funcionamiento.
El estilo de conducción centralizado en la jefatura de gabinete que se reserva el atributo de la infalibilidad. Aunque degraden la categoría del ministro respectivo, que luce apenas como mero gerente encargado de área. Y que se representa, apenas, a sí mismo, sin sustento político ni territorial.
C.M.
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Menos mal que la señora Carrió, La Demoledora, trata de llevarle tranquilidad a la sociedad. Ella está para cuidarla.
Pretenden exhibir, casi como un logro, que el dólar haya bajado un peso en la toma de ganancias del viernes. Después de haberles absorbido, el mercado -ese conjunto de atorrantes-, 8 mil millones de dólares, en diez días.
Tampoco les resulta nada inquietante el vencimiento del 17 de mayo. Son 670 mil millones de pesos en Lebacs. Justamente en momentos en que la revista Forbes aconseja, a sus espirituales lectores, que consideren la idea de cobrar y salirse de la Argentina, que atraviesa el climax de inoperancia e improvisación.

Sin auxilio de La Doctora

Infortunadamente, tampoco los cambistas pueden buscar, para legitimarse, el auxilio de La Doctora.
Con intuitiva inteligencia, ella aprendió. Decidió correrse, tomar distancia del primer plano, para aparecer de costado en los grandes momentos de tensión. O para recibir simbólicamente a la señora Dilma, acompañarla en el Café Las Palabras y forzar la construcción del paralelo entre las persecuciones anti-populares, que transcurren en Brasil y en Argentina.
Pero con su presencia, altiva y ofensiva, como depositaria del mal, La Doctora ya no los auxilia más.
Como los auxilió indirectamente durante la campaña presidencial de 2015. O durante los dos primeros años de gobierno, cuando los cambistas percibían que bastaba con gesticular contra ella y lo que la rodeaba. Para mostrarse diferentes, y responsabilizar del desastre a los protagonistas del pasado.
Mientras tanto, desfilaban las acusaciones escandalosas que solían disfrutarse, y que continúan con intensidad y menos rédito.
Y se asistía a las caídas preventivas de los presos de colección (cliquear), presentados con la escenografía efectista del chaleco y los cascos. Expresionismo que hoy resulta insuficiente, sólo un pueril material para títulos olvidables, que ni siquiera impactan.

Del juego de la distracción

Se reflejó en el segundo apresamiento de la dupla de Cristóbal, el antiguo aportador, y Fabián. En vísperas del feriado extralargo y cuando debía dejar de atormentarse al semejante con el suspenso del dólar y las tarifas.
O como se reflejó con el incendio al voleo, altamente traumático, de los pedófilos imaginarios. Fueron lanzados al cadalso transitorio para diluir la intrascendencia del gerente de área, apodado ministro, Caputo, El Toto, el indispensable acumulador de fondos que debía dar explicaciones ante los diputados.
Tampoco termina de prender, hasta aquí, la cuestión del aborto.
Los curas entendieron de inmediato el juego de la distracción. Prefirieron guardarse detrás de las cortinas.
Mientras dejan de prender los factores externos, se agudiza el efecto del colapso interno.
El Tercer Gobierno Radical, que preside El Ángel Exterminador, tiene que hacerse cargo de la propia incompetencia nociva, que es tan perjudicial como la corrupción.
Como el invierno de la novela de Juan Carlos Onetti, el fracaso es temido.
Pero el fracaso que se gesta sería infinitamente más cruel que los sucesivos fracasos anteriores, que se reiteran desde siempre.
Aquí se incinera, en todo caso, la generación ensoberbecida que creyó interpretar la representación del cambio.
Los que instigaron a descalificar, con la estampilla de ser parte del pasado, a todo aquel pobre infeliz que cargara con más de 60 años, porque arrastraba la carga de las frustraciones históricas que había protagonizado.
Seres que no entendían la magnitud del cambio que paulatinamente se registraba.
En la antesala de la hoguera del fracaso tan temido, es imperdonable situar a tantos jóvenes que desembocaron en la función pública estimulados por la visión del patriotismo.
Pero como está planteado el juego, en la Argentina donde todo termina invariablemente mal, el TGR puede terminar -incluso- peor.
Cambiemos tiene que asumir el rigor de la propia propuesta literaria.
Tiene, en definitiva, que cambiar. Pero es -se reitera- imposible.
Los insustanciales creen mantener alquilada, para siempre, la verdad. Y se disponen a jugarse por sus errores, con las imposturas puestas.