El favor en los tiempos del cólera



Sebastián P-. Hacer un favor en estos tiempos de cólera y enojo fácil, es tomado a menudo como una acción sinsentido, que no merece un resarcimiento ni devolución, con la tonta teoría de fondo de que uno debe hacer favores sin esperar siquiera un "gracias".

No. Nadie está obligado a hacernos un favor. Y ciertamente, cuando alguien nos hace un favor, sí estamos obligados moralmente a agradecerlo y sentirnos en deuda.

Vivimos en una sociedad de cólera, de enojo fácil, donde cada vez menos la gente es amable. La buena educación no es rentable y uno parece un tonto  al ser educado. Ceder el asiento a los ancianos en los colectivos, saludar a las personas presentes en una sala de estar, ayudar a cruzar la calle a los discapacitados, en fin, un sinnúmero de acciones cotidianas que algunos hacemos sin pensar dos veces porque así nos han enseñado nuestros padres, son hoy la excepción y no la regla. Pero nosotros crecimos creyendo que era la regla, seguimos creyendo que es lo correcto pero nos vamos sintiendo prácticamente solos.



Mucha gente cree que si uno le hace un favor es porque lo merece. Por lo tanto debe continuar con ese favor o hacerle otros, sino se enoja. Es decir que nunca entendió que lo que era un favor se trataba de eso, de un favor. No de un derecho. Menos de una obligación. Y que el mínimo de educación necesario implica estar agradecido, no refunfuñar ni ser indiferente.

Uno debe ceder el asiento a las personas mayores o con movilidad reducida, independientemente de que esa persona mayor sea un juez, un ministro, un actor famoso, un pariente. Lo hace por educación, con cualquier persona por el hecho de ser mayor. No busca sacar una ventaja. Pero sí debe esperar que se lo agradezcan. Lamentablemente, ya no es así.

Un anciano se cae en la vereda, así sea una vereda muy transitada. Uno cruza para auxiliarlo. Y nota que nadie más se acercó, Al contrario, los transeúntes son capaces de saltarlo al anciano tumbado en el piso, cuando no chocarlo porque van mirando el teléfono.
La persona amable, educada, queda como un rarito, cuando no como alguien que en vez de acercarse al anciano para auxiliarlo, es visto como que le quiere robar la cartera.

Las personas educadas vemos a diario este tipo de situaciones. El resto de las personas no las ven, porque no les prestan atención. Pero suceden en sus narices.

Se trata de una educación que no tiene que ver con títulos y licenciaturas, con riqueza o pobreza, sino con el corazón. Es un tipo de educación que parece anticuada en esta sociedad individualista, a menudo cruel, casi siempre indiferente.

Sin embargo, tenemos que insistir. Para no ser como los demás. Y porque tenemos el deber de hacer lo correcto. Tal y como nos enseñaron.