El "cuco" de la pobreza



O. Rivarola Salduna-. Un jefe de policía en Buenos Aires, sostuvo que "hay más robos por la gente que está en la pobreza y no tiene para comer, por lo que no tiene otra alternativa que cometer este tipo de delito". Este tipo de declaraciones buscan poner el problema de la inseguridad sobre un mismo blanco: los pobres.
Si bien es cierto que las desigualdades sociales generan las condiciones para que se cree un escenario de inseguridad, no es cierto que todos los delincuentes sean pobres, o que quienes roban lo hagan por que se encuentran en la pobreza. Las declaraciones del comisario buscando justificar el aumento de los robos, es parte de un engranaje discursivo fascista que siempre corta el hilo por lo mas delgado: los pobres.



Los pobres son construidos como "los otros" y como los responsables de su propia situación, ya que las victimas de la inseguridad en su gran mayoría pertenecen a los sectores mas vulnerables de la sociedad.
No es la primera vez que se utiliza desde el discurso a "los pobres" o a la pobreza como factor determinante de la inseguridad. Es común en Argentina este tipo de discursos que constantemente  culpabiliza y demoniza a los pobres por su situación, contribuyendo de esta manera a legitimar. consolidar y reproducir la distancias sociales que genera la desigualdad económica.
Casi toda la dirigencia política se mueve dentro de los mismos cánones morales a la hora de hablar sobre los pobres: los pobres siempre son considerados como desviados y peligrosos.
Desde esta mirada se tiende a ser construidos como el otro, responsables de su situación o  generadores de “preocupación” culpándolos  de sus propios problemas y de los problemas de la sociedad.

Declaraciones como las del comisario bonaerense solo sirven para legitimar las prácticas represivas constantes hacia los sectores mas vulnerables. De esta manera, esta construcción mediática y política de la inseguridad lleva a determinar tipos de lugares, habitados por tipos de gente, que son criminalizados y demonizados como la encarnación de todos los males y peligros sociales, generando ghettos modernos, estigmatizando la pobreza.

Esta estigmatización criminalizante de la pobreza en los barrios periféricos suele recaer en un grupo particularmente demonizado: los jóvenes. Ser joven y vivir en un barrio de la  periferia se traduce en ser peligroso, violento, vago, ladrón, drogadicto, malviviente e incluso asesino en potencia.
El estigma -reproducido muchas veces por los medios de comunicación y las gacetillas oficiales- se construye fusionando y confundiendo las condiciones de la vivienda y el lugar con la gente que vive en ellos. Sus habitantes no son sólo visualizados como gente viviendo en condiciones precarias, sino como portadores de defectos personales y carencias morales. Si todos los días yo difundo que la policía detuvo a Mengano del Barrio X robando una maceta, o una billetera, y que son comunes los robos en ese barrio, sin siquiera, analizar si los robos son hechos por distintas personas, si son de la misma familia, la historia de vida del barrio, etc, es casi seguro que la mayoría termine pensando que en el Barrio X son todos delincuentes. Así se construye un ghetto.

Es triste pensar que ademas de convivir con la cotidianidad de la pobreza se tenga que convivir  con la descalificación y la marginación social.
La mejor manera para intentar reducir los perjuicios -y prejuicios- causados por los altos niveles de desigualdad es, sencillamente, reducir la desigualdad. Pero también es necesario desenmascarar el cinismo de este discurso dominante que pretende responsabilizar a los propios pobres de sus carencias.