Crisis de valores, funeral sin flores, dólares de calcetín



Osvaldo Quinteros-. El concepto de crisis está en crisis. Ya no sirve, en Argentina, para dar cuenta de situaciones sociales y económicas que induzcan a los actores sociales a tomar determinadas decisiones, pues su valor analítico a quedado diluido en las constantes crisis.
Si una crisis es constante, deja de ser una crisis. Porque el término crisis remite a una situación particular, singular, distinta a lo constante. Una crisis no necesariamente es negativa. Por ejemplo, hace ya algunos años, con el crecimiento de la conciencia de los derechos femeninos, la aceptación de la homosexualidad, la legalización del divorcio, el aumento de la edad en que se vive la adolescencia, entre otros factores, pusieron en crisis el término tradicional de familia. Esa crisis fue y es positiva, aunque algunos ultraconservadores aún quieran pelear contra el tiempo.

Claro que en Argentina cuando decimos crisis imaginamos otra cosa. Fundamentalmente, un abrupto paso de la pobreza a la indigencia poblando las calles, violencia gremial, inestabilidad política, descalabro de las principales variables económicas. En Islandia, un asesinato con alevosía -de esos que nosotros vemos todos los días, y eso que no se informa sobre todos los casos diarios, porque son muchos- desata una crisis nacional en seguridad. Es lógico, el concepto de crisis se aplica de acuerdo al contexto, el momento histórico y el lugar.
El problema metodológico que se nos presenta es que a los ojos de la inmensa mayoría de los países del mundo, mentir que se tiene una inflación del 5% anual cuando es cuatro o cinco veces mayor, da pie a una enorme crisis de legitimidad institucional, que es la peor de las crisis posibles para un país pues devalúa la palabra pública tanto hacia sus habitantes como hacia la comunidad internacional, los tenedores de deuda, los socios comerciales, y un largo etcétera. En la Argentina, sin embargo, el gobierno que hacía eso con el Instituto encargado de medir la inflación y todas las variables económicas y sociales, el INDEC, al mentir en sus indicadores y ser sancionado internacionalmente, cualquier extranjero pensaría que es imposible que ese gobierno gane por el porcentaje más alto desde el retorno de la democracia y con la diferencia en relación al segundo competidor más alta en toda la historia argentina. Exactamente eso pasó en el 2011.
Así como en 2016 el presidente Mauricio Macri decía que estaba bajando la pobreza cuando la estaba aumentando, que había bajado la inflación cuando la duplicó. En 2017 llegó a decir, en la localidad entrerriana de San Benito, que hay que parar de endeudarse, mientras fue su gobierno el que batió todo récord de endeudamiento a tasas astronómicas. Por cierto, luego de decir esa mentira, siguió endeudando al país, incluso, con un bono por 100 años.

Hoy en día, con la pobreza infantil afectando a más de seis de cada diez niños, que en un país normal sería considerado una catástrofe económica y el total fracaso del sistema político, en Argentina nadie habla de crisis en la infancia. Tampoco de crisis financiera aunque se hayan evaporado el récord en toda la historia del país de reservas en una semana para contener un golpe de mercado contra un gobierno de derecha, como el del PRO, porque aplicó un impuesto a la renta financiera.
Una inflación que en cualquier país sería considerada hiperinflación, en nuestro país es normal.
¿De qué nos sirve entonces el concepto de crisis? Sino expresa una ruptura, un cambio radical del estado de la sociedad, no es un concepto operativo. Como en tantas otras excepcionalidades argentinas, tendremos que inventar una palabra nueva y propia.