Almacenes


 Manuel Langsam-. Nací y crecí en la época en que no había supermercados. Este hecho resultará incomprensible para personas jóvenes pero seguramente traerá recuerdos (y tal vez alguna sonrisa) en todos aquellos que ya tenemos algunos años vividos.



No quiero comparar épocas ni decidirme por una de ellas en favor de la otra. Solo decir que eran distintas.

El lugar que hoy ocupan como aprovisionadores los supermercados era llenado por “los almacenes”. Quien con años no se va a acordar de los famosos almacenes que existían en los pueblos. En cada lugar había varios: grandes, chicos, medianos. Y cada uno tenía su clientela fija  como lugar de aprovisionamiento  y el excelente sistema de créditos, que era la famosa “libreta”, en la que se anotaba la compra y se pagaba a fin de mes al cobrar los sueldos. La gente que no vivía de un sueldo, también la tenía por comodidad de su casa ya que podía mandar a un chico o a la muchacha empleada a comprar algo sin manejar dinero. Era un sistema tan eficaz como las actuales tarjetas de crédito o débito. Un ejemplar de la libreta la tenía el usuario y otro igual quedaba en el almacén.

Aún se recuerda en Domínguez el dicho que quedó de un conocido sindicalista y político que venía a hacer las compras munido de su libreta y siempre alardeaba diciendo: “asi es la cosa mi amigo. La plata no vale nada. Lo que vale es el crédito…” Hasta que un día se le volvió la suerte en contra, se fue del pueblo y dejó  las libretas impagas en el almacén, carnicería y panadería.

Todos los almacenes contaban con una línea de mostradores que hacían de separación entre el comprador y el almacenero. Y en ese mostrador lucían normalmente la balanza de dos platos, el papel para envolver  y, seguramente, la famosa fiambrera, exhibiendo algún queso, fiambres, facturas de cerdo o una lata abierta de dulce de membrillo o batata. A sus espaldas, contra la pared, toda la estantería con la distinta mercadería envasada y los “cajones” en los que se conservaban los productos que se vendían sueltos: azúcar, harina, arroz, harina de maíz, fideos o yerba. Así que cada uno podía regular su compra por cuarto, medio, uno o dos kilos, que se envolvía (con gran habilidad) en papel de estraza o se entregaba en bolsitas de papel. Cuando escaseaban los ingresos, se pedía un peso de tal cosa, cincuenta centavos de tal otra y así para todas las necesidades. Porque había algo muy importante que hoy ha desaparecido:  la atención era personalizada. El almacenero amanecía y terminaba el día detrás del mostrador atendiendo los pedidos de sus clientes. Y más de una vez le tocaba sacar de un apuro económico a alguien que le pedía “fiado” hasta que aparezca la changa y se haga de algo de dinero. En la gran mayoría de los casos, se daba curso favorable a esos pedidos. Y en la gran mayoría de los casos el hombre reconocía el favor y cumplía con su deuda.

 Muchos almacenes también hacían las veces de “club social” en el que se reunían algunas personas a compartir una copa (casi todos tenían una sección de bar) o simplemente sentarse a conversar e intercambiar noticias.

Cada fin de semana llegaban a hacer sus compras la gente de campo, que dejaba su larga lista de la mercadería necesaria y mientras el pedido era preparado aprovechaban para hacer otras gestiones en el pueblo. Muchas veces no hacían otra gestión sino que se quedaban a  un lado a la espera y, si se encontraban con algún conocido, cosa muy frecuente, era un buen momento para compartir una charla amenizada con el acompañamiento de algunas cervezas u otra bebida.

Hago una lista de los almacenes que recuerdo funcionaron en Domínguez (no todos simultáneamente pero si durante largo tiempo): Hnos. Kunin, José Wexler, Guidal Grimberg, Israel Lifschitz, Romero, Godoy, Bodino, Hornes, Jruz, Vidal Kohen (luego Raijer y Kalesnik), Scheffer. Y una mención especial para el almacén que me toca muy de cerca, ya que se inició con casi nada y mediante la atención personal y empuje de su dueño, en treinta y cinco años de funcionamiento llegó a ser uno de los de más movimiento comercial y más importantes de la zona. Me estoy refiriendo al negocio que creó y desarrolló mi viejo…

 Y, como final, algo especial que se perdió en el tiempo junto a los viejos almacenes. Actualmente los supermercados obsequian bonos de descuento, hacen ofertas de 2x1,  ofertas de descuentos de 40 o 50%, atraen con sorteos de viajes, grandes televisores o artículos para el hogar… Nada de eso tiene el encanto que reunía para nosotros en la infancia el ir a hacer las compras y, al final de la misma, cuando nos preguntaban ¿algo mas?..., decíamos: si, “la yapa”…. Era infaltable. Y normalmente el almacenero nos regalaba la yapa: una galletita, un caramelo o un chupetín…

¿Cómo se hace para superar  el imborrable recuerdo de esa golosina que ningún regalo en un súper, por más valioso que sea, logrará opacar?.