Soy Superman y me chupan la pija



Lucas Carrasco-. Llevo muchos años aguantando golpes de la corporación política y periodística.  Y sin embargo, resucito y resucito. Nací para romper las pelotas.



Oigo incluso cómo ríen
las montañas
arriba y abajo de sus azules laderas
y abajo en el agua
los peces lloran
y toda el agua
son sus lágrimas.
oigo el agua
las noches que consumo bebiendo
y la tristeza se hace tan grande
que la oigo en mi reloj
se vuelve pomos en la cómoda
se vuelve papel sobre el suelo
se vuelve calzador
ticket de la lavandería
se vuelve
humo de cigarrillo
escalando un templo de oscuras enredaderas.

poco importa

poco amor
o poca vida
no es tan malo
lo que cuenta
es observar las paredes
yo nací para eso

nací para robar rosas de las avenidas de la muerte.
                                                                                     Culminación del dolor
                                                                                            Charles Bukowski

Trabajo desde tan pequeño que ya no importa. Trabajo de periodista desde tan adolescente que uno prefiere olvidar. La catarata de errores, sueños fallidos, se acumulan como una montaña de compost. Que va degradándose, en un banquete de microbios, para refrutar (no existe la palabra refrutar, pero podría existir, sobre todo en una oración que habla de compost -no complot- que es una palabra inglesa, castellanizada malamente como compostaje: no viene al caso explicar por qué esta españolización castellana forzada es un error, por su huella fonética derivada de la conjugación de verbos; el caso es que refrutar podría usarse como conjunción entre "rebotar", el término usado en botánica para regenerar una planta y refutar, la palabra con síndrome jurídico. No tendría mucha suerte, como alguna vez la tuve, inventando palabras. Como en un libro que no pude publicar por una tanda -de las tantas- de acusaciones en mi contra que me han hecho. El libro en cuestión, a punto caramelo en la imprenta, incluía un artículo sobre una palabra que inventé, la cual no nombraba pero sí contaba el enorme éxito que había tenido, hasta el punto de que nadie reconocía ya  su origen -como pasa con las palabras que alguien inventa y tienen éxito- y sabía que no hay registro gráfico anterior a mi invento, allá en los noventa, cuando era un adolescente, en una revista cultural de tirada nacional. Mi capítulo contaba que esa palabra, que hoy se sigue usando mucho, fue cambiada de significado. El mejor poeta argentino y gran periodista, autor del prólogo de ese libro fallido que no pudo ver la luz, me preguntó -luego de escribir el prólogo, como corresponde- si quería contarle cuál era esa palabra. Se la dije. Creo que no lo convencí de mi autoría, pero no importa, quizás realmente no haya sido yo el autor sino que mucha gente la pensó al mismo tiempo, lo cual es normal en el lenguaje y sobre todo, entre los estudiosos del lenguaje... ) lombrices de significación.


Retirado del periodismo y la escritura, como decidí hace tres años,  hoy me dedico a trabajar.  Para ganar dinero, como cualquier hijo de vecino, con lo único que sé hacer. Ya sin grandes pretensiones. Como un obrero de la palabra. Gano bien. Gano muy bien. Pero nada del otro mundo, tampoco.
Ya alcancé la gloria. El fracaso fue la constante, durante tantos años. Ya sé todo lo que quería saber sobre este bajomundo, que me fue decepcionando, de estos sótanos donde vivieron mis héroes literarios en los tiempos en que, además de imaginación, que es una forma sofisticada, manufacturada de la soledad; además de ese estadio hubo épica.  Hace tres años hay nada más -nada menos, tampoco- que oficio y experiencia. Oficio y experiencia, en la fabricación de oraciones, sigue siendo un trabajo de alta calificación. Aunque ya no me interesa el dinero, bah, nunca me interesó. Pasa que tengo que pagar la luz, el alquiler,  la cerveza. Ahora que sé cómo conseguirlo, me aburre. Como me aburre casi todo lo relativo al lenguaje, sus matices sutiles, las trampas cazabobos, su abigarrada respetabilidad, su solemnidad de ópera vicaria de la rebeldía, ópera de zarzuela emparentada con sainete. ¿Qué más hay? ¿Qué sigue, después?

El checo de gabardina, en una oscura esquina. La Mujer Fatal, vigía y espía, frente al ventanal. Mientras llueve. Un jueves. El dependiente que el asiento cede, en un tren de recorrido breve.  La señora con ruleros, en la puerta de la pensión. El numismático de gafas. El cura y su oración. Mi próxima Nación. Los acordes de Piltrafa.
El travesti de localidad rural. La travesti cosmopolita. El capitán de Alta mar. La poeta borracha. El astronauta en una escuela primaria, hablando de los planetas, frente a maquetas de tergopol. La diputada francesa. Su hiriente discurso. El youtuber pajero. La novia frígida del youtuber pajero. La bibliotecaria vieja. El señor de los anillos. La chica hermosa en bicicleta, saliendo del CONICET. El vendedor de Cds truchos. La idiota de boliche. El doctor que opera borracho. La suboficial sin tetas. La canción de unos mariachis. Su disfraz ridículo. La tilinguería de los modistos. La cocaína de los barrabravas. El dolor de la sirvienta paraguaya. Los comisarios de la palabra. Los necios, sus biblias. La niña juntando flores. Los obreros con sus teléfonos caros. Las arquitectas buscando novio. El diccionario de hijos de puta. La madre de nueve hijos. La bronca del pandillero. La secretaria jurídica. Un albañil con sombrero.

No hay nada en ningún lado.
Somos ninguna parte.
Somos sombra de un prejuicio equivocado.
Lo único que queda es divertirse, a pesar de los censores, los best sellers,  los victorianos, los superdivertidos, los imbéciles, los aburridos, inspectores gratuitos del templo del Adverbio Ajeno, monjes de la metáfora incorrecta, salvadores de la humanidad en decasílabos, polizontes del verbo. Baleares honderos de la creatividad extraña, cómodos en su legión de procónsul del adjetivo adecuado. Inquisidores de carbono, que amasan su propia diarrea.