Nada es para siempre



Ramiro Pereira-. La interna de la UCR tras el Pacto de Olivos.




Tras un breve estadio de perplejidad, que en gran medida fue de  tranquilidad en la población argentina ante la conclusión del conflicto que amenaza la institucionalidad, rápidamente se apoderó de la opinión pública una fuerte corriente de rechazo a lo que se manifestaba como una nueva defraudación hacia la ciudadanía de la cuestionada clase política, en este caso  la  claudicación del radicalismo de su rol  de oposición. Esta corriente de rechazo que ganó a vastos sectores de la población, fundamentalmente a la clase media urbana, campeó fuertemente en la dirigencia y militancia  radical, lo cual unido a la circunstancia de la interna para la conducción del partido, fue decisivo para la configuración de un esquema en el que un amplio espectro del radicalismo rechazara y aún combatiera el acuerdo con el PJ.



A caballo de los ánimos encrespados del antialfonsinismo, Losada –aunque necesitaba los dos tercios de los delegados para ser reelegido- ya era el candidato del grupo del “consenso” que reunía a los sectores enfrentados con el ex presidente de la nación. Se había despegado de lo actuado por Alfonsín y afirmaba que “no se conversaron mas que generalidades sobre la reforma” y que “no se formalizó ningún acuerdo”. Como lo expresaban allegados suyos, el senador misionero “parece haber sido burlado en su buena fe, lo que podría decidirlo a darle pelea a Alfonsín”.

Así estaban las cosas cuando el 12 de noviembre de 1993 se reunió en Parque Norte (Buenos Aires) el plenario de delegados al Comité Nacional de la UCR: la elección de Alfonsín como nuevo presidente del partido implicaba el avance de las negociaciones iniciadas con el gobierno; en caso contrario, el oficialismo seguiría adelante con el plebiscito. En un recinto colmado por la masiva presencia de barras alfonsinistas, las  deliberaciones no se habían iniciado aún cuando el grupo del “consenso” se retiró de Parque Norte, aduciendo que en esas condiciones no podía realizarse el plenario. Asegurada la mayoría de delegados favorables a Alfonsín, el sector mayoritario negoció sin éxito la integración a la conducción del Comité Nacional del grupo de delegados que se habían retirado. Finalmente, en la madrugada del 13 de noviembre de 1993, Raúl Alfonsín, delegado por Buenos Aires, volvía a ocupar la presidencia del centenario partido, acompañado en la mesa directiva por el gobernador rionegrino Horacio Massaccesi y el diputado catamarqueño Oscar Castillo como vicepresidentes, Pascual Cappelleri como secretario general  y el diputado pampeano Antonio Berhongaray como tesorero. Dejaba un tercio de los cargos para que fueran eventualmente ocupados por delegados del “consenso”, cosa que finalmente no ocurrió. Estos últimos descartaron cualquier tipo de ánimo en dirección a la ruptura del partido, a punto tal que reconocieron la legitimidad de la nueva conducción, elegida con un quorum prestado por 64 delegados (8 de los cuales eran suplentes) y fue el propio Losada quien facilitó las cosas abriendo las deliberaciones del plenario como presidente saliente. Sostenían empero la falta de representatividad del conjunto, careciendo de apoyo en distritos tan importantes como Córdoba, Santa Fe, Capital, Mendoza, Entre Ríos y en buena medida la provincia de Buenos Aires.

En un marcado clima de enfrentamiento partidario, de vituperaciones contra los “pactos secretos a espaldas del pueblo”  -situación que iría in crescendo con el correr de los días- el radicalismo había renovado sus autoridades: se había configurado una situación sin retorno que teñiría el siguiente año de crudos enfrentamientos entre pactistas y antipactistas y que determinaría en gran medida el debilitamiento del radicalismo como partido de la oposición y lo llevaría a la perdida de 2 millones de votos en las elecciones de convencionales constituyentes del 10 de abril de 1994 y al tercer lugar en las elecciones presidenciales de 1995.