Lula y nosotros



Osvaldo Quinteros-. Es difícil sacar conclusiones de fondo mientras los acontecimientos se están desarrollando, pero hay algunas premisas en torno al caso Lula que se pueden tomar como lección o advertencia o acaso nomás como síntoma de época. 



En primer lugar, la política se está judicializando y en paralelo, el poder judicial se está politizando. Esto plantea interrogantes profundos sobre la naturaleza democrática, dado que el judicial es el único poder que no es electivo, que no se funda en la soberanía popular ni es respetado popularmente. Aunque esto último -su pésima imagen frente a la sociedad- no necesariamente es consecuencia de su naturaleza no democrática.
Algo de todo esto se ve en Entre Ríos. Acentuándose en los últimos tiempos.
También, por supuesto, en la Argentina.

En segundo lugar, la conmoción política en Brasil por la detención de Lula impacta sobre una moderada recuperación económica, con la posibilidad real de aplastarla. Como se trata del principal socio comercial de la Argentina y tiene un impacto directo en la economía entrerriana, no se trata de una buena noticia.

En tercer lugar y en relación al punto anterior, cabe mencionar que la guerra comercial desatada entre China y EEUU, que puede favorecernos en el corto plazo, a mediano plazo es catastrófico, especialmente si el país y la provincia de Entre Ríos siguen empeñados en "buscar inversiones extranjeras, abriéndonos al mundo", es decir yendo a contramano de la tendencia mundial.



Cabe preguntarse qué sucedía si la "resistencia" de Lula Da Silva a su arresto tenía éxito. Mostraba entonces una imagen de descomposición institucional mas profunda del Brasil, a la par que se instalaba en un callejón sin salida. Tengamos en cuenta que Lula está lejos de ser el dirigente revolucionario que fue antes de ser electo presidente, cuando contribuyó de manera decisiva a la internacionalización del capitalismo brasilero, a la par que desplegó políticas sociales inclusivas.
En definitiva la negociación con el magistrado que ordenó detenerlo, el gris juez Moro, dejó a un Lula parado ante el mundo no como un símbolo de resistencia, sino como un privilegiado que busca sacar ventajas institucionales. La jugada no fue buena. Las consecuencias se verán a mediano plazo.
El presidente interino, Michel Temer, llegó al poder gracias a que Lula lo puso como vicepresidente de Dilma, quien pagó caro su viraje hacia el neoliberalismo, porque se quedó sin base de sustentación cuando la derecha de dentro de la amplia coalición que la respaldó, asaltó su presidencia y terminó destituida.
A su vez, Lula no puede ser candidato por una ley que él mismo promulgó durante su presidencia, que reza que nadie puede ser candidato si tiene una condena judicial confirmada en segunda instancia.

El discurso facilista con pose izquierdista se cae a pedazos ante la evidencia de la realidad. Pero eso no implica que sea justa la condena a Lula.
Nuevamente, la izquierda latinoamericana queda presa de sus propias contradicciones. Y ese error político persistirá más allá de la suerte que corra Lula. Probablemente, ésta sea la consecuencia mas funesta para la izquierda de la región.