Lo que pasó esta semana

Lucas Carrasco-. Los enlaces de esta nota van hacia lo que, más allá de los sesgos ideológicos, es (creo yo) el corazón de la problemática entrerriana. Suena pomposo. Pretencioso. Pero bue. Peor es el habitual chusmerío patrullero que se presenta desvergonzado como realidad. Ese hilo de caracteres abreviados que combate la semántica elemental y la razón elemental: con estos dos frentes abiertos, el Führerprinzip de las noticias gana su guerra semiótica en la sobreabundancia de datos inútiles, en la sobrexposición de la nada.



Contada como una astuta guerra de Buenos contra Malos, la realidad pierde espesura y se pierde en el mar vulgar del puterío. La significación de un hecho noticioso pierde su densidad. Como quieren los mercaderes del nuevo templo comunicacional que se está gestando detrás de la cortina de hierro donde se libra la pelea a cuchillazos por el cuádruple play, que puede llevarse puestas a las nefastas "cooperativas" de internet y cable que tienen el monopolio de la estafa a pocos kilómetros de donde estoy escribiendo esta nota, en Paraná. Mientras el país alienado se divierte con los sicofantes las "cooperativas" (empresas que no pagan impuestos) le siguen cortando el dedo a sus rehenes. Para algarabía de los progresistas de Palermo, que creen que una cooperativa brindando energía eléctrica es casi el colmo del socialismo utópico de Gandhi, no la abierta porquería que conocen en La Paz y Concordia. Agoniza la última mentira: Sancor, absorbida por Adecoagro, plantea el dilema de fondo de las cooperativas: cuál es su ventaja en el capitalismo lumpenizado si las empresas formales están insertas en un esquema fiscal patético, reaccionario a ultranza, subsahariano.
Para descender más al infierno de la farsa del capitalismo lumpenizado, hay que ir a Hasenkamp y tratar de conectarse a internet. Servicio, por llamarlo de alguna manera, que brinda una cooperativa. Cabeza de turco para que los petroleros mendocinos, que ya vendieron su sistema de cable, rapiñen una tajada de presupuesto nacional mientras los más grandes se entretienen con la pelea de Telecom por Los Cuatro Fantásticos, que dejó al Grupo Clarín sin las excusas que puso el peronismo y el radicalismo para votar, en el oscuro 2002, la ley de bienes culturales. Un salvataje a medida para una empresa "nacional".
Por el lateral izquierdo, la pelea de los que quedaron afuera de los acuerdos con Google y Facebook golpea en un costado que también conviene a Telefónica y Telecom (que son socias en Europa) y obliga al gobierno nacional a consolidar un giro hacia Europa a cambio de nada, en contra de unos Estados Unidos que se cierra. Los consumidores pierden por todos lados. De entrada, porque pierden ciudadanía en pos de categorías de supermercado sociológico atendido por sus propios dueños.


Mientras esta internacionalización del capital se consolida en sectores estratégicos y hasta en el último bastión de resistencia, que fue Clarín, Chubut emite cuasimonedas respaldadas por la ya hipotecada coparticipación federal. Puede que, sin el dogma de la convertibilidad (¿sin el dogma de la convertibilidad, después de que la flotación sucia  y, por ende, las metas de inflación, sean tiradas a la basura?), estemos asistiendo a los inicios de una crisis de subprime criollas: la hipoteca de la coparticipación federal no para de venderse y sobregirar su riesgo, con la alegre compañía del peronismo de comparsa, reunido en Gualeguaychú alrededor de una foto de fogón triste. El peronismo de los gobernadores sin los gobernadores es el mejor alumno de este Esquema Ponzi que lleva a la crisis subprime con la hipoteca de la coparticipación federal. No era el cuento del tío borracho que dicta las malas noticias en Navidad. Era como se preveía. La oposición se encierra en su culpa. Sin Plan B.
No hay Plan B. Solamente hay confusión y la habitual tilinguería nerviosa para creer que la realidad es un rejuntado de chismes, contada por operadores y cirujanos de un sanatorio clandestino. 
El resultado es una catástrofe social naturalizada. 

Un ejercicio para delimitar lo importante de lo pasajero es preguntarse, contrafácticamente, qué es lo que no pasó esta semana. El ejercicio es simple, cruel porque pretende que el lector se esfuerce en imaginar escenarios donde se encarne su deseo no fecundado ni resuelto, cruel porque pone al lector entre la espada y la espada; porque la pared es uno mismo.