La maldición de Malinche



Lucas Carrasco-.

El estado de tensión permanente que se vive en los actores económicos y políticos del país no encuentra correlato en el discurso oficialista (que, con razón, sabe que lo apoyan a pesar de...todo), sí en los sectores paraoficialistas que, a su vez, comienzan a ver que no habrá mas adelante una salida decorosa, por lo tanto, se van despegando sutilmente. De manual. Mientras tanto, un presidente enajenado lee encuestas ridículas de su bufón preferido, el publicista Durán Barba. Bajo los efectos alucinógenos del poder por el poder mismo, que se convierte en una ideología tóxica (para usar un término filosófico de los boludos de moda), se va sacando peso de encima. Y ese peso son aliados, gente con poder propio, gente que lee de corrido y gente que se atreve a pensar. Alrededor de Macri solo puede haber Patricias Bullrriich y Marcos Peña: salames peligrosos porque todo estúpido Licenciado en Elogios a personas que no lo merecen se mueve dentro de una lógica frágil que maneja con habilidad (se puede resumir así: no darle malas noticias al que firma los cheques estatales y tratarlo como si fuera un príncipe, en una realidad paralela que se va haciendo cada vez más paralela) que es la vez la lógica que tarde o temprano los termina devorando.


Sin espejitos de colores, sin horizonte y con el objetivo de permanecer para no terminar preso; cualquier gobierno tiene, en este punto, dos opciones: o se abre y recompone fuerzas dotándose de nuevos aliados, o se tira por una pendiente junto a enajenados y chupamedias profesionales. Macri optó por la segunda opción, probablemente por carecer de la inteligencia y saber mínimos necesarios para siquiera optar. Y sí, sin embargo, aún puede ganar las elecciones venideras, las que le importan realmente, porque el PRO no es un proyecto político, es un proyecto biográfico.

La mejor versión de la canción de Gabino Palomares es la de Amparo Ochoa. La que más circula, a su vez, es en el ya lejano Festival de Nicaragua, cuando otro Daniel Ortega y otro sandinismo se enfrentaban a otro Papa de Roma y...Mentira. Ya sé. La gente cambia. Yo también.
El malinchismo, como adjetivo, ha caído en desuso tanto como la canción que lo hizo trascender las fronteras mexicanas. Se llama malinchismo -en México, principalmente- a una actitud que en Argentina se denominaba cipayos, palabra argentinizada que tiene su origen en la India durante la invasión inglesa. Son varios los términos parecidos, en distintas culturas del tercer mundo, que fueron resignificados con el tiempo. Y que cayeron en desuso, casi tanto como el Boom Latinoamericano en la literatura y la Nueva Canción en la escena musical. La estricta leyenda de Malinche ha caído también en desuso en la cultura progresista por las tesis feministas más fanáticas, que suelen aborrecer la historia, tal como demostraron irrumpiendo en un museo de Paraná porque no se exponían pintores mujeres en una exhibición de artistas clásicos, donde se protestó porque el arte debe tener ley de cupo, más allá de lo que parece un elemento menor en la estética, que vendría a ser apenas el talento. La Malinche real, llamada Marina, fue traductora de Hernán Cortés, nombre artístico del conquistador Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano. No suena como candidata al rol de aventurera de izquierda, menos con la catarata de cartas de importantes militares españoles, durante la conquista,  narrando sus estratégicos aportes a la misión de la corona.
La maldición de Malinche, más allá de lo explicado, tuvo en su momento de auge una condensación de sentimientos y racionalizaciones ideológicas recargadas, a su vez, con mística. En términos antropológicos funcionaba como el mito perfecto. Esos mitos tienen una fuerza que solo desde el arte pueden adquirir racionalidad en el contexto estético, pero que políticamente se diluyen de acuerdo a relaciones de fuerza. Como pasa con la maldición bonaerense o la maldición porteña: un intendente porteño puede llegar a Presidente pero hará un gobierno desastroso, un gobernador bonaerense jamás alcanzará por los votos la presidencia.
La maldición funciona perfecta porque desde el retorno de la democracia solo un intendente porteño trató de alcanzar la presidencia y lo logró, renunciando en plena masacre a los dos años: De La Rúa. El segundo caso, Mauricio Macri, aún está en veremos pero todo indica que por suerte terminará su mandato, quebrando esa maldición o debilitándola si no es reelecto. Solo dos gobernadores bonaerenses (aunque con la excepción del radical Armendáriz, todos amagaron) en ejercicio buscaron la presidencia por el voto universal y secreto: Duhalde y Scioli, ambos peronistas, ambos perdieron. La maldición tiene plena vigencia. Con una nota de color (blanco y rubio): ninguno de los dos distritos maldecidos tiene hoy como máxima autoridad a un peronista o un radical mientras que la presidencia también está en manos de este tercer partido, PRO.
Mas parecida a la Malinche real que al mito, María Eugenia Vidal, traductora de Horacio Rodríguez Larreta, nombre artístico de Socma, es la dirigente política capaz de quebrar la maldición bonaerense, solo a condición de que primero se fulmine la maldición porteña.
Las distintas oposiciones, mientras no resuelvan La Cuestión Vidal, están jodidas. Y la derecha democrática argentina está a salvo.
Si las distintas oposiciones hacen malinchismo -adoptan la cosmovisión del adversario, sus costumbres, sus ropajes- entonces tendremos que hablar de hegemonía, con total independencia del resultado electoral.
Fin del artículo. Ya pueden comenzar a putearme.