El PJ con la pollera amarilla



Lucas Carrasco-. Macri intervino el Partido Justicialista a través de la siempre servil Servini de Cubría. Es mucho, ¿no?
Borracho de poder, es probable que Macri se haya ido, esta vez, a la mierda. Y como en otras ocasiones, tenga que retroceder. El problema es cómo hacerlo sin calcular las víctimas, sin un control de daños, que le garantice no quedar (más) pegado al último papelón de los fiscales morales de la república, que siempre terminan mostrando la hilacha.

Es divertido: a quienes no les interesaba la vida partidaria del justicialismo, ahora quedan en el centro de la escena, en su papel favorito de víctimas servido en bandejas, mientras el sistema político se derrumba. La institución presidencial -intrínsecamente débil, pero exagerada por el analfabetismo político que impera en los medios de comunicación de la capital federal- no está sostenida en un partido político, sino en una empresa unipersonal: el PRO no es un proyecto político, es un proyecto biográfico. Lo secunda algo peor: una pyme, la Coalición Cívica, que no es un proyecto biográfico y menos un proyecto político, es un juguete de la señora Carrió, que como todo juguete tiene destino de fugaz entusiasmo seguido de largos aburrimientos, donde el juguete queda perdido en un estante de un garage olvidado. Las raras veces que ese juguete se reúne es para sacar un comunicado, sin la firma de Carrió, contra el gobierno que integran. Atrás vienen los radicales, convertidos en mendigos de contratos, desdibujados y humillados a diario por los accionistas del PRO. Los radicales son, sin embargo, los que llenan de contenido a Cambiemos -la UTE conformada para manejar el Congreso Nacional y los aspectos formales de una república bananera: Dios cuide muuuucho a las repúblicas gobernadas por estos republicanos con destino de banana- porque gobiernan con cierto realismo y autonomía, las capitales provinciales, haciendo equilibro con los partidos provinciales de cuño conservador que agrupados son una federación "nacional". La federación que los agrupa es el Partido Justicialista. Fue intervenido. Lo "nacional" se forma, entonces, por contraposición. Como toda identidad política, además.
Durante un par de horas para el olvido, el gélido José Luis Gioja pareció el Lula argentino. Las comparaciones sobre fondos de pantalla televisados, son antojadizas, sesgadas. Pero en la memoria popular, otra intervención sobre el Partido Justicialista, mientras se arrincona a carpetazos al sindicalismo y se salva a lo mas chorro e impresentable (empezando por Barrionuevo) y se encarcelan sin condena dirigentes del principal partido opositor, la intervención solo puede insertarse en esa clave de lectura.

Los acontecimientos, lo sabe desde su fundación disciplinaria la semiótica, son mensajes insertos en una capa de mensajes que los vuelve inteligibles: que los dota de sentido en una cadena de articulación, en una cadena de semiosis infinita, para decirlo en los aburridos términos técnicos.

Al intervenir el justicialismo, Macri potencia a los gobernadores amigos dentro del peronismo, potencia lo que importa: la chance pavimentada para dedesdoblar las elecciones. Y manda un mensaje contundente al sector peronista que es opositor a su gobierno, lo que se agrupa bajo el mote de ONG como "kirchnerismo": está decidido a usar la autoridad hasta donde pueda. El problema, objetivo, es que al haber roto la economía, sus límites son cada vez mas estrechos. Y el tiempo le juega en contra. Porque, a más de un año de las elecciones nacionales, que la oposición se desgaste en internas no es tan relevante como que el gobierno siga sin encontrar el agujero del mate.

Desde hace tiempo que la oposición nacional no importa. Se vota a favor o en contra del presidente de turno. Lo que dificulta las reelecciones si pasan por un balotage. En el gobierno lo saben (son hijos putativos de este axioma) y apuestan a la división opositora. Pero forzarla, en vez de que sea el fruto maduro como daño colateral de un gobierno exitoso, puede jugarle en contra (y, de nuevo, lo saben: son hijos putativos de este axioma). Atrapando para el campo opositor cierto voto moderado que en un escenario polarizado hubiera ido hacia el oficialismo.
Las elecciones que vienen serán parecidas a las de 2015: un núcleo oficialista, que con el manejo del Estado bordea un 30% compacto y sólido, contra dos oposiciones, una mayor, otra menor pero más audaz. El PRO necesita que estas dos oposiciones, mayoritarias, no se unen. El sistema político (con sus PASO, sus Balotage) hace todo por unirlas.

Los principales perjudicados con esta intervención son los peronistas amigos de Macri, porque tienen que salir rápidamente a desmarcarse, con las cuidadas declaraciones de ocasión, y quedan a los ojos de sus militantes como cómplices de la "proscripción", aunque se esmeren en poner cara de yonofui.
Hacerle de claque al presidente puede venirles bien a los gobernadores cagones para no tener problemas familiares -esos que traen las causas penales que sobrevienen por oponerse al dueño de PRO- pero el costo es quedar como un objeto raro, sin forma precisa ni utilidad, aún en el mercado de cachivaches de la política argentina. Es un costo alto.
Mientras tanto, el fantoche de la resistencia, empieza a garpar. Aún con su costado berreta, fatuo, cómico. La ola de enojados por los ajustes y tarifazos no va creciendo, pero se va compactando. Esa ola busca un líder. La torpeza presidencial se los acaba de proponer.