Esperame ahí, donde vamos los pecadores

A la mierda, reaccionarios



Lucas Carrasco-. Se empieza con los mejores, se termina con los incondicionales. ¿Es una ley de la física? No. Ni siquiera es una ley de la Ciencia Política. Es nomás -como si fuera poco- una constante de la historia argentina desde 1916 hasta la fecha.
El pronto reemplazo de Alfonso Prat Gay por Nicolás Dujovne y de Carlos Melconian por González Fraga muestra que Macri cumple esta ley no escrita. Y que no es un asunto ideológico. Es el territorio que va de Lavagna a Kicillof. De Cavallo al piloto automático de Roque Fernández.
La ley no escrita está tatuada en el ADN de la política, hasta el punto de que tanto Lavagna como Cavallo fueron llamados, por De La Rúa y un tambaleante Duhalde, para salvar el gobierno. Con distintas suertes. Las que ya habían recorrido Álvaro Alzogaray o Federico Pinedo, el abuelo. O Rogelio Frigerio, el abuelo. A quienes se les reserva, en la novela de Silvina Bullrrich, una de las mejores novelas argentinas, Los Salvadores de la Patria, una de las tres sillas del panteón de los ilustres efímeros. Esos que alardean de lo que carecen. (Otra ley no escrita, pero esta vez del campo fértil de las boludeces de la autoayuda y la manufactura emocional).



Para hacer enojar a los peronistas académicos, en La Larga Agonía de la Argentina Peronista, el genial Tulio Halperín Donghi escribió que en 1956 "no pasó mucho". Es el año de los fusilamientos del General Valle (a cuyo olvido contribuyó más Perón que Halperín Donghi) y es el año en que comienza el modelo de análisis que aún perdura, sustentado en una mentira universal: la economía está tajantemente separada de la política y viceversa. Es lo que funda, en la intelectualidad europea, el neoliberalismo. Aunque, claro, las condiciones de posibilidad ya estaban germinadas mucho antes.
En Argentina, la fatua asepsia política de las dictaduras militares y el llamado para que el coro de economistas estables de la derecha se hiciera cargo de la "civilidad" de cada golpe de estado, dejó sus huellas en este modelo de análisis: los gobiernos, se dice, tienen un ala técnica (o económica o responsable o de gestión o racional, todo entre comillas) y un ala política, que es un mal necesario porque los modelos teóricos de matemática perfecta tienen que convivir con un pueblo, o con gente, o con vecinos, para utilizar la lumpenización del lenguaje sociológico de la nueva derecha que encarna Macri, cuya visión del mundo es la de un intendente dentro de una novela de Osvaldo Soriano. Como muuucho.

El ala técnica, encargada de la economía, versus el ala política, encargada de la represión; es el modelo analítico en el que cae la mirada facilista sobre las internas gubernamentales.
Aunque hay miradas peores ("el gobierno no tiene internas" decía un reputado columnista de Clarín cuando éste era ultrakirchnerista) el modelo se repite. Aún cuando Macri, como buen aprendiz de kirchnerista en el ejercicio del poder, haya mandado a pasear por la carnicería el lúgubre Ministerio de Economía.



Entonces: se vuelve previsible que los más astutos del gabinete -de un gabinete que parece el Centro de Estudiantes del Newman- busquen no estar a tiro de decreto y construir su propio poder. Frigerio nieto, por ejemplo y si lo dejan, en la gobernación de Entre Ríos. Aguad en la de Córdoba. Cano volviendo a intentar perforar Tucumán. Algún otro por La Rioja, en vano quizás, nuevamente. Mientras que Morales y Cornejo, gobernadores de Jujuy y Mendoza, irán ahondando sutilidades contrapuestas.
Mirar la escena como resultante exclusiva de un scrabble partidario (tentación del radicalismo porteño y bonaerense, lo que equivale a decir, del radicalismo sin votos) es un error. Hay que mirarla como un Estanciero (versión criolla del Monopoly) donde compiten quienes crea poder -compran propiedades- y quienes, desde la cárcel y las penalidades de dejar pasar otra ronda de dados, lo consumen. Sabiendo que los consumidores de poder son los mejores vistos en la etapa ascendente del líder carismático, dentro del cesarismo complejo que nos gobierna. Un cesarismo que se funda en una novedad para la rica tradición argentina: Cambiemos logró, por primera vez en la historia argentina, romper la alianza entre conservadores y liberales, donde los liberales ponían los votos y los conservadores las políticas de estado. Esta ruptura solo se sostendrá mientras haya un Otro (el kirchnerismo, un peronismo volcado a la izquierda) que obligue al voto conservador a acurrucarse en el mal menor.
Paralelamente, los consumidores de poder, los que toman de la buena pero ajena, como Marcos Peña, se volverán aún más incondicionales, surtiendo las necesidades afectivas del líder, que a poco de andar, extasiado de poder, se hace pajas mirándose al espejo. Otra ley no escrita, quizás prohibida, en este retorno a la moral victoriana con inquisidores de vocablo progresista.