Todos unidos perderemos



Gerardo Pressman-. Escenarios imprevisibles y a la vez, estancados, caracterizan al peronismo nacional y el debate no escapa a lo que sucede en Entre Ríos.





Apenas Urribarri se sumó al "Hay 2019" que proclamó el gobernador de San Luis, Alberto Rodríguez Saá, en Entre Ríos, el gobernador de la provincia, Gustavo Bordet, le contestó desde la radio municipal de Paraná, el día de la inauguración, que "no le gustan los rejuntes de dirigentes".
Si se mira bien esta disputa es la misma que atraviesa el peronismo a lo largo del país, sin un liderazgo consolidado y ampliando el círculo, o tratando de ampliarlo, hacia el panperonismo. Lo cual significa volver a atraer, con diversos acuerdos, a los pedazos del peronismo que se fueron desgajando en la larga década kirchnerista. Algunos de esos pedazos se desgajaron ya en el 2002, cuando el entonces presidente Duhalde decidió en el Congreso de Lanús que el Partido Justicialista no presentara candidaturas para la elección presidencial adelantada (por la renuncia del propio mandatario). De esa manera, surgieron tres frentes: el de la Lealtadad, que postulaba a Carlos Salúl  Menem y el gobernador de Salta Juan Carlos Romero, el  Nacional y Popular que postulaba al gobernador de San Luis Adolfo Rodríguez Saá y el intendente bonaerense de cuna radical Melchor Posse y el de la Victoria, que postulaba al gobernador santacruceño Néstor Kirchner y Daniel Scioli.

Lo cual revela una casi certeza: lo que fue el kirchnerismo hoy prefiere alianzas por derecha, en nombre de la unidad, que alianzas por izquierda. En concreto, prefiere alianzas con el sector de Massa y Randazzo antes que reeditar la coalición que fue el Frente Para la Victoria, que con el peronismo como columna vertebral logró incorporar a sectores progresistas tradicionalmente refractarios al peronismo sobre todo después de la experiencia noventista con Carlos Menem como líder del peronismo.
Este giro del peronismo hacia la derecha ya se insinuaba con el liderazgo de Cristina Kirchner, cuando ungió como candidato sin internas a Daniel Scioli.
Esto no quiere decir que vuelva un revaival del menemismo -aunque hay sectores que sí lo plantean, como el salteño Urtubey y en menor medida, el entrerriano Gustavo Bordet, ambos desautorizados por la paliza electoral que recibieron en las legislativas del 2017 en sus provincias-. El propio Bordet hizo una alianza con los ultramenemistas Héctor Maya y Augusto Alasino, plasmada en el frente Somos Entre Ríos, que como anticipamos en esta columna, resultó un fiasco.

Jorge Asís está planteando en sus intervenciones televisivas lo que decíamos en esta columna a raíz de la experiencia de Somos Entre Ríos: la unidad del peronismo es la garantía de la derrota. El "todos unidos triunfaremos" se ha vuelto un "todos unidos perderemos". Esto es así porque el peronismo está debilitado -no muerto- como identidad. El antiperonismo también, pero cuando se junta con el no peronismo, son imbatibles porque son mayoría. Eso sí, solo se juntan en un balotage (caso Macri) o cuando el peronismo se unió previamente (caso Bordet 2017 o Busti 2009).
Cuando el peronismo está fragmentado electoralmente, aunque luego se junten para gobernar, cada parte del justicialismo saca votos del no peronismo, e incluso del antiperonismo. Esto se ha demostrado varias veces. Lo viene diciendo desde hace dos años en la radio Lucas Carrasco. En Entre Ríos, la única experiencia de peronismo unido exitoso a nivel provincial fue en 1987 con el triunfo en la gobernación de Jorge Busti. Fue hace 30 años y luego de un dura interna contra Vairetti. Luego, las experiencias exitosas fueron cuando el peronismo se dividió. Incluso el triunfo más apabullante del PJ desde el retorno democrático se dio con la reelección de Urribarri en el 2011, quien compitió contra Jorge Busti que iba con una expresión local del duhaldismo residual. Urribarri alcanzó el récord del 58% de los votos.



Fue la división del peronismo incluso lo que posibilitó que Bordet sea gobernador. Si Busti y Fuertes no hubieran sacado votos por derecha, éstos hubieran ido a el frente de la UCR, que erróneamente postuló a alguien con escasa preparación para ser gobernador, el piquetero Alfredo De Ángelli.
Los realineamientos posteriores -en concreto, el pase de Busti y Fuertes al oficialismo- le hicieron ganar a Bordet diputados y senadores, pero fue catastrófico electoralmente como se comprobó en las legislativas de 2017.
El escenario para 2019, según la enseñanza que acabamos de repasar,  solo puede otorgar posibilidades de triunfo al justicialismo si una parte significativa se va por afuera y recolecta votos por derecha que sino irían a Cambiemos, o bien una reedición de 1987, con dos sólidas candidaturas (no diez con nueve testimoniales, como en 2017) disputando la gobernación. Una ya se conoce, es la de Bordet, quien muestra un perfil cercano al PRO y a pesar de las operaciones de prensa con encuestas truchas, no tiene buena imagen en los entrerrianos como se corrobora por las constantes marchas en su contra y la soledad en la que queda cuando hace declaraciones con el único fin de molestar a quienes lo ungieron como gobernador.
Restaría una candidatura competitiva, más cercana a las raíces históricas del peronismo que al entuerto de Rogelio Frigerio.
¿O alguien tiene alguna duda que la "ayuda" de Frigerio a cierto peronismo es para beneficiarse él mismo con una candidatura a gobernador?