Serenata para la tierra de otro

 Lucas Carrasco-. Wikipedia:
La misantropía (del griego μίσω (miso): «yo odio», y άνθρωπος (anthropos): «hombre, ser humano») es una actitud social y psicológica caracterizada por la aversión general al género humano.No implica necesariamente desagrado por personas concretas, sino animadversión por los rasgos compartidos por toda la humanidad. Un misántropo es, por tanto, una persona que muestra antipatía por los seres humanos y la humanidad en su conjunto. Puede ser ligera o marcada, así como de características muy diferentes: desde lo inofensivo, la crítica social, hasta la destrucción o la autodestrucción.




Unos mil argentinos nacidos en las praderas del Río Volga en Alemania, en Galicia, en Yemen, en Italia, en Siria, en Rusia, en Chile, en la República de Entre Ríos, se dieron cuenta que los países -equivocados- donde nacieron, no eran aún países tal y como hoy los conocemos o lo eran y dejaron, magia mediante, de serlo. Así que decidieron amontonarse alegremente hacinados en un Hotel de Inmigrantes en un país recién formado, del cual no conocían su ubicación porque nunca vieron un planisferio ni conocían su futuro idioma, el mismo con el que estoy escribiendo, dado que descontarían que sus bisnietos se pelearían por ser nacionales y populares o xenófobos hechos y derechos; que podrían debatir estas cuestiones, un par de siglos después, en Facebook. Haciendo una grietita melodramática para diversión deportiva de la imbecilidad que el bueno de Habermas llamó "esfera pública".

Argentina es un país distinto a todos los demás. No por ser Argentina, sino por ser un país: un país es eso, un conjunto de excepciones. Y decepciones.

Lo distintivo, por instinto, clasificamos de inmediato como mejor o peor. Estamos programados para ese esquema binario, de pequeño comisario moral de la totalidad de las cosas que no comprendemos a priori: se denomina "inteligencia técnica" y crea enormes debates, monstruosos, sobre la especie humana y nuestras oscuridades, en los gabinetes académicos de Filosofía en todo el mundo, desde hace ya casi un siglo.

Hoy salí de la radio y me senté a tomar una cerveza en el estudio jurídico de Ramiro Pereira (él bebía mate, pero a mí qué me importa), con quien somos amigos desde la adolescencia, cuando él me cantaba canciones de la Guerra Civil española. No conozco a nadie más formado en la teoría de la socialdemocracia europea. Después nos fuimos caminando por la zona del Parque Urquiza, cada cual a su casa.
Cuando ya iba solo, me llamó José Cáceres. Es mi amigo pero en las antítesis de Ramiro. Detesta los modales del Parque Urquiza y la sociedad alta, fue vicegobernador, ministro, diputado y mil cargos más, es un peronista ortodoxo y defiende al PC cubano y el régimen venezolano a capa y espada, o si es posible con guantes de box, por su pasado boxeador. Apasionado de los deportes -preside un club importante- es mi amigo hace, también, tantas décadas que acordarse es sentirse viejo. Pero pelearme con él -yo me peleo con mis amigos, en promedio, cada seis meses- es siempre más ruidoso, loco y divertido. Con Ramiro las peleas son más teóricas, más republicanas y correctas.
Ninguno de los dos, uno de la UCR, el otro con cargos partidarios altos en el PJ desde hace décadas, son fuentes de información para el periodismo que hago. Generalmente, separo las cosas. Es difícil, porque mi oficio de narrador no es con horarios de oficina. La edición, de libros o de Noticias Entre Ríos, tiene horarios. La TV, la radio, las conferencias, tienen horarios. Pero la creatividad narrativa no tiene horario de elaboración: es la propia vida, la autoexplotación detrás de un ideal sinuoso y probablemente imposible, porque la insatisfacción existencial, el malestar cultural, es un motor gigante para la maquinaria de párrafos que constituyen mi vida laboral, que además es casi toda mi vida, gane o no una remuneración por cada hora de andamiaje estético dentro del cerebro que luego hay que volcar, con precisión quirúrgica en cada verbo, cada oración. Máquina de sintaxis, soy un robot programado para la insatisfacción, pero sobre todo, para saber contarla.

Esos argentinos que nacieron en tierra equivocada profesaban cultos, ideologías y culturas que resultaban extraños a una composición antropológica trucha y policial llamada "ser nacional". Sobrevivieron y crearon, entre refriegas tenebrosas y acuerdos bajo la mesa con los que ya estaban acá desde hace mil siglos, la sociedad que hoy me marca que el semáforo en rojo es para que, yo, peatón, cruce; la sociedad que me pide títulos nobiliarios bajo el panóptico educativo, la superstición del logos cultural, los fetiches de clase, los quilombos cotidianos.

Mientras tanto, la noche baja el telón y se viene la tormenta. Regará los campos, inundará las barriadas pobres, hará florecer los parques, las veredas se volverán resbaladizas, los taxis no pararán. Y la vida seguirá, como siempre.
Como desde, con taxis o sin taxis, como desde hace 315.000 años.