Los locos de la raya

Hugo Presman-. Se fue uno de ellos. Los punteros en el fútbol están tan extinguidos como los dinosaurios. No los mató un meteorito sino un cambio táctico en el fútbol. Ese que puebla el medio campo, deja uno y a veces sólo dos delanteros e intentan ser reemplazados por los marcadores de punta que cuando pasan al ataque intentan hacer lo que en el pasado realizaban los punteros. El arma más poderosa para penetrar en defensas cerradas es ingresar por los extremos y el centro atrás es un misil al que en general la última línea de tres o cuatro defensores no le encuentra antídoto.




El puntero tenía dos adversarios: el defensor contrario y la raya lateral. Por eso los jugadores extraordinarios que ocuparon esa plaza, se los denominó cariñosamente con el apodo de “locos”. “Los locos de la raya”. De esa estirpe fueron en nuestras canchas Orestes Omar Corbatta, Raúl Bernao, René Houseman, Ariel Ortega. En Brasil lo fue Garrincha a quien el escritor uruguayo Eduardo Galeano le dedicó unas líneas magistrales: “En el Mundial del 58 fue el mejor de su puesto. En el Mundial del 62, el mejor jugador del campeonato. Pero a lo largo de sus años en las canchas, Garrincha fue más: él fue el hombre que dio más alegrías en toda la historia del fútbol. Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo, la pelota un bicho amaestrado, el partido, una invitación a la fiesta. Garrincha no se dejaba sacar la pelota, niño defendiendo su mascota, y la pelota y él cometían diabluras que mataban de risa a la gente; él saltaba sobre ella, ella brincaba sobre él, ella se escondía, él se escapaba, ella lo corría. Garrincha ejercía sus picardías de malandra a la orilla de la cancha, sobre el borde derecho, lejos del centro; criado en los suburbios, en los suburbios jugaba.”
Murió René Houseman, un extraordinario jugador, de gambeta endiablada que podía desplazarse por ambos extremos de la cancha. Nació en Santiago del Estero, pero se crio en la villa del Bajo Belgrano, empezando en el club del barrio, llamado Defensores de Belgrano, aunque su gran amor fue Excursionistas;  y cuando pasó a Huracán fue la joya de un equipo excepcional que llenó de futbol el año 1973, el del regreso definitivo de Perón, al que lloró desconsoladamente al conocer su muerte, cuando integró el equipo en ese partido con Alemania Oriental, en el Mundial de 1974. Su padre deportivo, César Luis Menotti, lo dirigió en aquel Huracán y luego lo llevó a la selección de 1978 que ganó la primera copa de mundo.
Mientras integraba el equipo, el intendente de Buenos Aires de la dictadura establishment-militar, el brigadier Osvaldo Cacciatore, admirado por Mauricio Macri, tiraba abajo su villa para que los turistas no vieran la pobreza.
Nunca se olvidó de su origen. Cuenta su compañero Ardiles que con los premios compraba buzos Adidas y los distribuía en la villa. Enviado al mundial de Brasil por la notable revista “La garganta poderosa” de la cultura villera, se alojó en la favela Santa Marta y contó su sueño: “Si fuera millonario me compraría una villa” y no se refería a las que así se denominan las que poseen los magnates.

Recordaba su infancia con alegría: “ Vivir ahí fue lo mejor que me pasó, en ningún lado estaba tan tranquilo como en la villa….Me pasaba el día entero pateando contra el paredón. Muchos critican a la gente de la villa pero, para mí, era un orgullo. Siempre seré villero, y lo digo sin drama”
Los locos de la raya como Corbatta, Houseman y Orteguita no tuvieron una vida fácil porque nacieron hipotecados por las carencias. Los tres encontraron en el alcohol una forma de adormecer los dolores. Lo mismo le pasó a Garrincha.
El periodista Osvaldo Ardizzone escribió: “Houseman no existe. En realidad es el loco Corbatta, el mismo loco que ahora decidió vestirse con la casaca de Huracán.”
Houseman formó parte de los chicos pobres que en el potrero encuentran en la pelota la posibilidad de ascender en su calidad de vida y la de su familia. Cuando eluden con habilidad a un rival, no sólo lo gambetean a él sino al futuro que es muy difícil de torcer  Ubicado en la misma línea de notables jugadores posteriores como Román Riquelme o compañeros como Diego Maradona, defendía a sus compañeros y se enorgullecía de su origen. Muy lejos del actual Tevez, que pasó de jugador del pueblo a ser un jugador PRO, y que ahora denuncia con gestos o declaraciones a sus compañeros.
Se fue el loco Houseman, afectado por un cáncer de lengua, que también padecieron sus padres. Lo dijo muy bien Daniel Valencia, aquel exquisito 10 de Talleres, titular en la selección de 1978: “Las gambetas están de luto”
Pocos defensores pudieron descifrar su endiablado dribling. Pero la muerte es una marcadora temible, que está tan segura de su triunfo que nos da una vida de ventaja y finalmente gana como resulta inexorable. Pero la todopoderosa, que es desigualmente igualitaria, no puede ni podrá arrancar de la memoria de los que  hemos disfrutado las fantasías futbolísticas que nos regaló René Houseman”, uno de los inolvidables locos de la raya.