Los carreros



Manuel Langsam-. Eran épocas de caminos de tierra, de puentes escasos y de caminos inexistentes. Cualquier lluvia convertía las huellas en intransitables por los lodazales que se formaban. Quedaba solo una posibilidad para el transporte de cargas pesadas: el carro playero.



Heredero directo de la carreta, tenían su mismo peso, no contaban con el toldo de cuero y eran tiradas por caballos en vez de bueyes. Dos filas de caballos: un varero en el que apoyaba el carro y dos o cuatro a sus costados. Delante de ellos una fila variable de cuatro, cinco o seis “cadeneros”.

Contaban con una caja de piso plano, fijada directamente sobre el eje (sin elásticos ni amortiguación de ningún tipo) y dos ruedas inmensas capaces de vadear los pasos de los arroyos o los cortes que se formaban en los malos caminos. Con ellos surgieron sus propietarios y conductores, hombres rudos curtidos por los soles, lluvias y heladas. Noches y noches pasadas a la intemperie debajo o encima del carro cubiertos solo por un encerado si llovía o un poncho si estaba helando. Hombres dueños de una infinita paciencia para hacer leguas y leguas al paso lento de sus caballos, llevando una carga que les reportaba unos pocos pesos. Traían arena o leña desde las costas del Gualeguay, bolsas de trigo o lino desde las colonias hasta los galpones de la Cooperativa o estación del ferrocarril. Cualquiera de esos viajes les llevaba dos días (uno de ida y uno de vuelta) o, en el mejor de los casos, un dia entero si la distancia era corta, acompañados solamente por algún perro que caminaba bajo el carro o echado a su lado sobre la carga.

Los he visto en los ardientes mediodías del verano, en épocas de entrega de cereales, desatar sus carros debajo de algún paraisal para dar un descanso a sus caballos y, después de un muy frugal almuerzo, “echarse” debajo del carro sobre algunos cueritos de oveja para luego continuar hacia su destino y entregar la carga o regresar a sus casas.

Fueron desapareciendo hacia finales de la década del cincuenta y principios del sesenta en que empezaron a mejorarse las rutas con la incorporación del ripio y construcción de puentes, lo que posibilitó la llegada de los camiones, con los que no pudieron competir ni en capacidad ni en rapidez. Quedaron los últimos que se limitaron solamente a ir a lugares de acceso muy difícil o acarrear mercaderías desde la estación del ferrocarril a los comercios del pueblo. También fueron derrotados por el paso del tiempo, que les hizo sentir todos sus esfuerzos sobre los sufridos cuerpos. Y vivieron sus últimos años arrumbados en sus ranchos de las orillas del pueblo, a la espera de alguna “changa” o una pobre pensión que no siempre les llegó.

Recuerdo a los carreros de Dominguez: Juan Caceres (Juan Largo), Fortunato Benitez (Polvareda), Pedro Diaz (Pedro Chico), Cholo Biondi, Felix y Florentino Villagra, Banegas y Don Miguel Ramos, toda una institución dentro de la profesión.

Vaya este recuerdo para quienes pasaron tan en silencio por la historia de Domínguez.