La Unisectorial selfie contra el tarifazo

Pablo Mori-. Con la humildad -de convocatoria- que los caracteriza, se realizó en la Plaza 1º de Mayo de Paraná una concentración para manifestarse en contra de los aumentos en los servicios públicos.

Historia de las primicias

Lucas Carrasco-. Desde las primeras poblaciones humanas a las redacciones digitales, las primicias han recorrido un camino de expectativas y frustración, esperanza y burocratización.


Si hoy se menciona la palabra "primicias" el lector pensará, directamente, en una noticia que tiene el medio o el periodista que la menciona. Incluso, hasta la llegada de internet y especialmente del plagio  y del robo (en Entre Ríos, confundido adrede como "fuente") que es la base del periodismo hoy, se creía extendidamente algo medianamente cierto: que un periodista se desesperaba por obtener una primicia. Era medianamente cierto porque el dato, suelto, aunque nadie lo haya publicado aún, no vale en sí mismo mucho: de hecho, en la carrera de un periodista promedio, la cantidad de datos sueltos que tengan sentido en sí mismos suele ser igual a cero. Es el contexto, el sentido donde se inerta, la manera de narrarlo, lo que hace que una primicia pueda ser, digamos, explosiva. Lo que a menudo fuerza al sensacionalismo y el amarillismo, que es la manera fácil, cuando no directamente el bolazo, de explotar un dato sin talento para narrarlo.
Sin embargo, su origen es ancestral. Y tiene correlación con lo que hoy entendemos como primicia, aunque su origen es anterior a la existencia misma del periodismo.
Una pista: cuando uno está cenando con familias de religiones ortodoxas, de las religiones monoteístas más comunes de occidente, es frecuente sentirse incómodo porque antes de comer esa familia rezará. Dirá, más o menos, que le agradecen a la entidad superior en la que creen, los bienes que van a devorar. Todo bien. Aunque sería más lógico dejar a Dios de postre, ¿no?
El asunto es que esa costumbre deriva de la antiquísima cuestión de las primicias.


En las religiones antiguas, las primicias eran los primeros frutos de una cosecha, la parte más blanda de un animal cazado, la parte más tierna de alguna fruta. Esa primicia se recogía primero y se ofrendaba a los dioses en cuestión. Prácticamente todas las primeras religiones tenían variantes de estas primicias, en un mundo oscuro donde la ausencia de explicaciones sobre los fenómenos naturales de los cuales dependía la vida y la muerte, no tenían explicación, hueco que llenaba la superchería en cuestión. La cual hizo que la especie humana se dotara de una singular capacidad de abstracción y ordenamiento lógico del pensamiento. A la vez que pudiera apreciar lo sensible por fuera de la materialidad propia de los sentidos, lo cual posibilita que podamos apreciar y crear entre otras cosas, el arte.
Cuando Cristóbal Colón estaba de camino a la India (ya sabemos cómo finaliza el asunto: no había GPS en las tres carabelas y termina en lo que luego se llamará América) escribe en su diario que ve en el mar tres sirenas, saliendo del agua. Las describe más o menos como las sirenitas de los dibujos animados.
¿Estaba loco, fabulaba o realmente creía en lo que había visto? La tercera posibilidad es la más probable, dada la configuración antropológica del mundo sensible en el que se crió y vivió, el contexto de sentido donde las cosas se ordenaban.
Es decir, lo que vemos no es necesariamente la cosa, como ha estudiado y sigue estudiando la filosofía, la antropología, la semiótica, la linguística y diversas ramas de la medicina.
Así entonces, comprender las primicias en el contexto en el que se dieron, posibilita interpretar la importancia que éstas, en su momento, tuvieron. Y el arraigo en las poblaciones humanas que obtuvo. Arraigo y prestigio.
Hasta el punto que, ya casi entrando en la Edad Media, el catolicismo europeo incluye las primicias como parte de sus tributos. Los vasallos y siervos de la gleba debían ofrendar, al igual que una amplia gama de clases sociales hoy desaparecidas, las primicias de su trabajo ya no a un Dios o dioses (las primeras religiones eran politeístas, vinculadas a los ciclos solares de los cuales derivan las estaciones) sino a sus intermediarios, los reyes, sacerdotes, etc.
Éstos elaboraron reglamentos complejos  que variaban según las regiones y los feudos, pero que tuvieron vigencia hasta entrado el siglo diecinueve.
Pasado el primer milenio de la Era Común o Era Cristiana, ya estaba trazado matemáticamente cuánta era la parte de los frutos y del ganado que debía tributarse, primero, a la iglesia, aún cuando luego el resto de la cosecha o de la cría resultara mal y se fundieran. No pagar llevaba a la hoguera u otras serie de sofisticadas y públicas torturas de una imaginación que solo la crueldad infinita podía alcanzar, por supuesto, en nombre de Dios y su bondad.
Ya para entonces, las primicias eran una fuente de riqueza para el clero, que servía para sostener el ejército y así, circularmente, convencer a los súbitos de pagar los tributos.
Ya se había perdido el áurea de expectativas, deseos y sentido trascendente con que se habían originado las primicias, para ser el resultado burocrático de una mezcla de coacción y engaño a la población. Tal y como pasa con el periodismo, en pleno siglo veintuno.