Feliz Domingo



 Joakito-.

Los tallarines me cayeron mal.
No porque mi hermano cocine feo,
al contrario.
Ha de ser el domingo.
Ha de ser esta sensación de lluvia,
de gris,
en los bosques de Palermo.

Siento un nudo en la garganta
y en el estómago
que aprisionan mis palabras,
encerrando a mis sentimientos,
como a esos pibes
que me ven desde la ventana
en la cárcel de menores
que hay en el barrio.

La primera vez que te ví,
en el container,
llevabas una caja de Resero Blanco
en tus manos.

Eso fue lo que me llevó a tus ojos,
después a tu sonrisa
y sobre todo
a tu ímpetu para el arte.
Para cantar, para hacerme bailar
como si fuese el último día.

Ahí entendí el carnaval.
El paganismo
que tenemos los poetas
a veces suele ser
insoportable.

Dan ganas de estrellar todo
contra este gran muro de cemento
que llevamos por dentro.
Largar todo,
volverse normal,
levantarse sin resaca,
hacer el mate,
ir a misa.

Tratando de vivir me siento desolado,
culpable
de que los tallarines me hayan caído mal
cuando en un domingo
-por suerte sin Fútbol para Bobos-
de lluvia,
un chiquito mojado solo tiene pan duro y mate cocido
en su pequeño estómago.

Es domingo.
La semana no debería terminar así;
en realidad la semana
no tendría que empezar nunca
y deberíamos vivir los días
como si fuesen lo que son:
días.

Sin lunes,
sin martes,
sin miércoles,
sin jueves,
sin viernes,
sin sábados.

Todos los días deberían ser domingo.
Así,
sin preocupaciones y sin misas,
volver a esos momentos de la infancia
donde nos levantábamos a cualquier hora
(pero eso sí,
antes del almuerzo)
y salir a embarrarse,
a jugar a la escondida sin que nos encuentre
y que el último salve a todos.

Es domingo
y la lluvia,
sólo la lluvia,
me recuerda que a veces
es insoportable extrañarte, amor.