El populismo populista


Lucas Carrasco-. El concepto de populismo se ha vuelto populista, demostrando así su ineficacia para analizar ciertos movimientos políticos y para, incluso, insultar al adversario. Decir "populista" es lo mismo que no decir nada.



El concepto de populismo tiene una larga historia. No viene al caso volver a contarla, porque el propio concepto ha quedado diluido entre las herramientas que pretendía crear.
A grandes trazos, el lienzo del populismo se pinta desde la izquierda con Laclau y desde la derecha con Carl Schmitt.

Laclau con Eldiego

Carl Schmitt fue un nazi arrepentido que teorizó sobre la dicotomización del espacio político. Las tensiones debían resumirse en dos campos enfrentados. Lo adversarial formaba parte de la esencia misma de lo político.
No descubrió la pólvora, convengamos.
Laclau fue un argentino arrepentido que teorizó sobre el marxismo austrohúngaro en un libro de los años ochenta, donde crea el concepto de populismo, el cual a lo largo de los años fue refinando no con ánimos de precisión sino para que encaje en las nuevas situaciones políticas. Con una mezcla heterodoxa de pensadores pero continuando con su base marxista y trotskista, decía que las sociedades y los movimientos políticos vivían "momentos" populistas y momentos institucionalistas. Los momentos populistas se daban cuando una cadena "equivalencial" de demandas distintas se sintetizaban en una sola consigna, o un solo líder, cuyo significado es flotante.

Bien. Ahora, lo importante: la significación flotante es la clave para entender cómo es que el populismo se hizo populista.
El concepto de significación flotante lo objetualiza Laclau a partir de Lacan y sus aportes a la semiótica. Puede que Lacan haya sido un charlatán inútil para la terapia psicoanalítica, pero su valor en el campo literario perdura, a pesar de que no era su fin ni su delimitación disciplinaria.
Hay una nube en el cielo. Uno está acostado en un parque mirando esa nube en el cielo, sin saber que al lado hay otra gente, acostada también, mirando las nubes en el cielo. Otra nube, quizás. Otras nubes, cientos, miles de nubes. Las nubes se parecen. Pero no son todas iguales. La nube que uno está mirando, vista desde otro lugar, como quizás otros la están viendo, se ve distinta. Pero es la misma nube. Tiene forma de elefante para uno. Para el que está al lado, la misma nube tiene forma de rinoceronte. Para el de más allá tiene forma de lagarto. Los tres miran la misma nube. Esa nube es un significante flotante. Que se desplaza y va adquiriendo nuevas formas. Distintas también para cada uno de los observadores en el parque.



El concepto de populismo se ha convertido en un significante flotante, se ha devorado a sí mismo con la caja de herramientas que provee. Ya no es una cadena equivalencial de demandas sino una cadena de producción de ofertas. Se utiliza como sinónimo de demagogia, como sinónimo de izquierda, como sinónimo de nacionalismo, como sinónimo de semianalfabeto. Cualquier cosa puede caber en el concepto así que el concepto es sencillamente, hoy día, inútil.

Seamos justos. En su literatura Laclau preveía que el populismo podía ser de derecha o izquierda, nacionalista o internacionalista (o globalizador), progresista o conservador. No respondía la pregunta clave sobre la naturaleza del poder ni lo pretendía. Laclau por eso hablaba de cuestiones procedimentales, no de contenidos ideológicos, cuando se refería al populismo. El cual, a su vez, no era ontológico sino un momento, que podía devenir en otros momentos institucionalistas, más complejos. Pero míster Laclau ha muerto y buena parte de su producción teórica había enviudado antes. Porque si lo procedimental se separa de lo ideológico, la totalidad de ambos (lo procedimental y lo ideológico) es institucionalista, no un momento institucionalista, sino un estadio institucionalista.
Porque se puede decir, por ejemplo, de Hugo Chávez y Donald Trump que ambos eran populistas, o que tuvieron "momentos" populistas, pero uno formó un nuevo partido y se llevó puesto al bipartidismo históricamente dominante en Venezuela y el otro llegó a la presidencia de la  teocracia democracia estadounidense a través del viejo y reaccionario partido republicano. Chávez movilizaba a sus seguidores y Trump divierte a sus followers . Y así, la escalera de distinciones arriba a un despacho imaginario donde no hay ninguna conclusión. Por lo tanto la conclusión inexistente se vuelve conclusión determinante: el concepto utilizado no sirve para una mierda. Encima, su practicidad como insulto también ha caído en desgracia. Como toda "mala palabra" cuando es dicha muchas veces por muchos y a muchos, su carácter hiriente va perdiendo densidad, como sabe cualquier pelotudo que haya leído a Fontanarrosa.
En el Bailando por un sueño de la política calificar a tal o cual como populista habla más del calificador que del calificado. Es la trampa teórica perfecta. Un crimen a cuarto cerrado que a Agatha Christie le hubiera encantado.

Así que, ahora que no es ni chicha ni limonada es un buen "momento" para preguntarse para qué carajo seguir escribiendo sobre el populismo.