El candombe del teclado






Lucas Carrasco-. Ud no necesita leer esta nota: no contiene información, análisis, ni humor. Es una nota que habla de mí, de mi pasado, de mi falta de porvenir. Y de que me chupa un huevo la falta de porvenir.



Quién, cómo saberlo, quién mierda puede saber si el lector encuentra ese mismo ritmo, lo que, te cuento, sé que no te importa pero igual te cuento, yo llamo, bah, me llamo, me lo digo para mí, como los chistes, esos tantos, que me cuento para no estar violentamente desesperado, cuando a veces me agarran, ataques psicóticos de soledad, de una profunda, triste, bah, no importa, entonces, en esos días, me pongo firme y llamo a la comparsa del teclado. Encontrar un ritmo. Hasta para escribir un telegrama de renuncia. Una insignificancia puede desplegar su potencial y borrar con la imaginación su estatuto de puerilidad si le ponés el empeño de hacerlo, quizás, sólo quizás, eh, no exageremos, pero quizás en eso radique el significado de la vida. Como rellenar un formulario bancario. Que tenga música. En el fondo del alma. Si es que existe el alma. Y más todavía, si es que tiene fondo. Si no es, nomás, un trillado, un insondable. Otro más y van. Se me hizo largo el trayecto aunque vivo a una diez cuadras de ese trabajo porque viene uno, u otro, amigo a verme. Y esos son mis horarios de charlar. Mis amigos, los que quieren charlar conmigo, desconocidos, adversarios, cosas así. Puedo llamar con absoluta naturalidad -bueno, ahora lo estoy regulando, mando mail- a las cuatro de la mañana de cosas laborales o de literatura y de que vamos a tomar un café (ahora bajé el consumo descarado de alcohol, no me gusta contarlo mucho a eso: no quiero ser parte de los sobrios aliados a los obvios. Reivindico mis años de oscuridad. Me hicieron aprender más de la vida que tantas cátedras vacías y, carajo, esa angustia infinita te agudiza la mirada). Yo tenía los ojos tristes y la carcajada fácil. Yo miraba desolado cualquier vestido cruzando la calle y el viento pensando en salvarme. Me derretía ingenuo, indefenso, pelotudo, por cualquier labio y cualquier madrugada por que creía que el amor podía salvarme, sacarme, todos tenemos días así, años así, vidas con ratos de este tipo, sólo que algunos, en sus momentos de oscuridad se hacen millonarios o matan a un débil y otros, los pocos, los que se cuestionan, los que se burlan, nos burlamos, de nuestra soberbia, creemos, desacoplados, en los ángeles que pueblan los barrios obreros con una canastita de supermercado y tetas livianas y una flor en la cola del pelo. A todos nos termina yendo mal, yendo insatisfechos. No tengo ganas de seguir siendo mi propio enemigo. De manera que, así, bah, nada. A las calles de mi pueblo, como a mí, las asfaltaron. Perdieron la magia. No perdieron el misterio de las calles de tierra, sólo maduraron.




La canción de Estelares, con sus colores, que no supieron liberar. Habíamos formado, qué se yo cuanto tiempo atrás, era pendejo, una cofradía de poetas. Ahora andan dispersos por ahí. Ey, me acuerdo de los libros de Rimbaud.
Fuimos pocos los que nunca estuvimos listos para volver. Que nunca pensamos una novia que nos abandona como un momento de volver a empezar. Como un fracaso. Una lucha, inútil, contra el tiempo. Estilizado de manera de esterilizarlo. Contra la degradación de la piel y del cuerpo. Como la exaltación, demagógica, de la juventud que se nos iba. Seguimos escribiendo. Donde sea, como sea. Aunque nadie nos lea. Y el sistema, organizado así, para que desde la periferia nunca llegues al centro, digamos, del prestigio. Siempre apartado. Como llegando tarde. Te hacen sentir eso. Y qué.

Algunos seguimos. Nos defendimos. Como sea. Creímos en lo que hacíamos. Todavía seguimos creyendo. Sospechándonos. Siendo nuestro adversario. Nuestro límite. Tarados, en el patio del conventillo. Y después venía la policía y los psiquiatras a decirnos que estábamos equivocados. Los únicos que no nos rechazaban, allá, en el barrio alejado, casi al borde de la nada, donde estaba la Cofradía Literaria Buenaventura Durruti, cuando ni para el arroz y robábamos libros de la biblioteca municipal; los únicos que jamás nos rechazaron fueron los editores. Directamente no nos atendían el teléfono. Íbamos, con los manuscritos, a máquina de los tiempos de fe proverbial en la escritura, esperando horas ante la mirada piadosa del agente de seguridad y los escritores de verdad que pasaban sin saludar ni la recepcionista, cuando un holograma de alfombras rojas y la secretaria más puta, la del jefe con acento extranjero, se sacaba las tetas para fregar el piso porque pasaba el señor que ni siquiera se rebajaba a mirarnos, en la sala de espera, con desprecio, ni eso, íbamos a rebotar como intentando sacar la mina más linda a bailar. Con un agujero en el zapato. Éramos pendejos. Nos hizo mierda el mundo, la realidad, las cosas así. Y qué.
Se aprende más sin lograrlo que, bueno, hay gente tan tonta, hay que perdonarlos, crecieron sin mayores problemas. No tienen la culpa. De cualquier manera, terminaremos, en la zanja del olvido, sin poder ganarle a la finitud de la vida, todos, por igual. Los que tengan un sepelio de puta madre con muchos tapados de piel llorando y los que terminemos en una fosa común, de esas que te da el estado para estar muerto dos años. Y después te tiran por el inodoro si los que quedaron vivos no pagan unos mangos por los gusanos que te están comiendo. Puede que ahí haya algo socialista. En los gusanos. Adoran las mejores maderas. Prefieren las lápidas con pompa y circunstancia. Y las mariposas -las mariposas son gusanos que se hicieron garcas- expolian a los que tienen guita. A los que mueren a secas, que ni flores, total que importa, pero a esos, los gusanos, los joden menos. Pero los joden también.
Quiero una lápida que diga "llévenle flores al de al lado, que, pobre, dejó una buena herencia y nadie viene a recordarlo". Aunque para destino errante y definitivo quiero mis cenizas en el río Paraná. Y a cargo del estado. Sería imperdonable sino. Y un papel final, también arrojado, en lo posible a un camalote, que llegue hasta cualquier rincón del mundo, que diga: "Vivió para saber si quería escribir o quería que lo lean. Murió sin saberlo".
Y el candombe del teclado se debe hacer moviendo la cintura, cortando los; los punto y coma; con unas palmas, con el dedo meñique haciendo el compás del bajo contra el costado sin teclas de la computadora, recordando novias, amigos, con una culpa encarnada por ese familiar con el que nos equivocamos o deberíamos o etcétera y con un chiste, negrísimo, de madrugada, sobre la inconmensurable mensidad de los pájaros cuando empieza a amanecer. Y querer las dificultades, con amor secreto, loco, que el mundo entero se burle, que se vayan todos a la reputísima patria que los parió. Tiene que haber sosiego, un lugar, si querés sólo en la imaginación, pero un lugar manso, con arco iris, con una doncella que te acaricie la mejilla, con una pantalla inmensa donde pasen tus mejores escenas de la infancia y la sangre, de a poco, se tranquilice. Y que no jodan las profesiones y las pasiones y las emociones y las situaciones, que se queden todos callados, un rato, por favor. Vayan a dormir que mañana tienen que despertarse temprano. Para agusanarse. Para volverse trompeta. Mariscal de escritorio. En la recalcada alfombra del señor empresario. Escoba de mucama triste. Manual de operario necio. Que por un rato seamos solamente el silencio ecuánime y yo. Y que después, recargados, aprendidos ya de la amargura, desayunados, con fuerzas renovadas, vuelvan los lobos al acecho y los profesores y los acreedores y, bueno, no sé, nada más.
Que muera la patria cuando yo me muera.