Verano



Manuel Langsam-.

                                                                                                                  Para Julio.


La pasábamos bien en los veranos de Domínguez. Se volvían a reunir los grupos de jóvenes formados por los que residían habitualmente allí y los que estudiaban afuera y venían a pasar las vacaciones con sus familias.

Muchachos y chicas reorganizábamos la Agrupación Juvenil Sarmiento dentro del ámbito de la biblioteca, lo que daba lugar a la formación de un grupo teatral, reuniones con juegos de salón, práctica de básquet en la cancha anexa o simplemente alrededor de las mesas en el café de Tarija o conversando sentados en los bancos de la plaza hasta bien entrada la noche.

Los fines de semana nos íbamos todos en el camión de Tatín al balneario de Villaguay o a las costas del Gualeguay en San Gregorio.

Antes de la culminación del verano, la Agrupación organizaba un viaje a Colón. Salíamos antes del amanecer, pasábamos el día en Piedras Coloradas y volvíamos a la noche muy cansados y con la piel ardiendo por el exceso de sol y agua.

Un toque especial lo daban los que eran visitantes. Muchachos y chicas parientes de residentes, de nuestra misma edad, de los que nos hacíamos amigos durante la temporada. Algunos volvían todos los años y otros eran visitantes fugaces que solo lo hacían por un solo verano. Eso sí, tenían lo atractivo de lo novedoso. Una inclinación no revelada de agradar de ambas partes. Generalmente eran originarios de ciudades grandes y, aunque a la mayoría nuestro pueblo les caía bien, a otros/otras les resultaba todo muy limitado, pequeño y sin mayor atractivo.

Algo así pasó con una joven de Santa Fé, prima de una chica del pueblo que se mostró bastante distante del grupo.

Algún tiempo después,  pasado ya el verano, uno de los muchachos tuvo que viajar a Santa Fé para atender asuntos personales y una vez desocupado y con tiempo hasta la hora del regreso, se acordó de esa chica y decidió saludarla llamando por teléfono a su casa. Encontró el número y llamó. Dio la casualidad que atendió  la misma y, al darse a conocer, ella no se mostró particularmente entusiasmada. A pesar de ello y solo como cumplido le preguntó a que se debía su viaje. El muchacho sin pensarlo más y dándose cuenta de la frialdad del saludo, decidió gastarle una broma e improvisó:

-En realidad no vine a Santa Fé. Vine a Paraná, al Banco de Entre Ríos, para hacer las gestiones de cobro ya que la semana pasada gané la lotería…

Luego se quedó un ratito en silencio para ver que reacción generaba la noticia  y aclarar que solo se trataba de una broma. Cuál no sería su sorpresa al oír, del otro lado de la línea, la voz de la madre de la chica que, indudablemente había escuchado toda la conversación, decir:

-Perlita, decile al muchacho que venga. Vamos a invitarlo a almorzar…

No aclaró nada, colgó y se fue caminando tranquilamente rumbo a la terminal