La Unisectorial selfie contra el tarifazo

Pablo Mori-. Con la humildad -de convocatoria- que los caracteriza, se realizó en la Plaza 1º de Mayo de Paraná una concentración para manifestarse en contra de los aumentos en los servicios públicos.

¿Venden los libros de historia?



 Gonzalo García Garro-. Los divulgadores o historiadores con pretensión masiva.


Se puede advertir que más allá de algunos golpes mediáticos o de su novelización, la historia nacional se ha instalado hoy como una interesante cuestión en la opinión pública. Esto no es nuevo en la historia de la literatura argentina, desde un Gálvez que en los 30 escribió la “Vida de Juan Manuel de Rosas” que fue un éxito editorial sin precedentes, hasta los últimos años de la década de los 90 con el “Soy Roca” de Félix Luna, también de gran éxito comercial o ya en los 2000, trabajos como los de Felipe Pigna (“Los mitos de la historia argentina”) primero durante meses entre los más vendidos en el género de no ficción o “Los héroes malditos” de Pacho O Donell, pisándole los talones a los libros de Pigna en la lista de “best-sellers”. No es que de golpe el pasado se ha vuelto atractivo para los argentinos, no. Los temas históricos siempre despertaron un gran interés popular.

Pero, no es cierto que “los libros de historia se venden bien”. La gran mayoría de ellos, los que se escriben “para vender” por oportunismo o por encargo de las editoriales, suelen ser un fracaso rotundo. También aquellos que reflejan la óptica conformista y escolar de la historia “oficial”, aun disfrazada de cientificismo académico. La gente favorece en las librerías aquellos textos que, consistentemente y a partir de autores con cierta trayectoria, contradicen la historiografía liberal y reaccionaria que, desde el fin de nuestras guerras civiles explica, sustenta y justifica el modelo que hoy estrangula y posterga a nuestra Argentina.

Es que muchos han comprendido que la versión histórica no es insignificante, que la construcción interesada del imaginario colectivo contribuye a perfilar el ciudadano que todo sistema necesita para su consolidación y expansión.  Es decir el pueblo comprende y siempre ha comprendido que, parafraseando a Jauretche, “lo que se nos ha presentado como historia, es política de la historia”.

Y si bien este fenómeno de divulgación histórica es altamente positivo para toda la sociedad en cuanto desmitifica y desmiente la historia oficial, es preciso hacer una aclaración. Creo que es necesario diferenciar a los autores que ahora son sumamente conocidos (Lanata, Pigna, O´Donell) de los historiadores. Ellos son escritores de historia, no son historiadores, algunos nunca han entrado a un archivo, nunca se quemaron las pestañas durante más de medio siglo descubriendo nueva documentación. Pigna es un historiador, con él haría una diferenciación.

La historia académica y algunos historiadores han demonizado este tipo de difusión. Mi opinión es que no hay que satanizarlos. Ellos están captando un interés que la sociedad en general y los más jóvenes en particular tienen por la Historia y por entender como influyó el pasado en el presente que vivimos.

El peligro es ciertamente la banalización, porque no son historiadores, son, más bien, periodistas que indagan sobre el pasado con respuestas que ya están dadas. En realidad no generan conocimiento sino dando respuestas que ya tiene de antemano. El problema de estos historiadores con pretensión masiva es que juzgan el pasado con parámetros contemporáneos y los sucesos de 1810 no pueden ser juzgados con criterios del año 2000. No obstante, esta tarea de divulgación de la historia, de la que Felipe Pigna es hoy la principal figura y Pacho O´Donnell tiene su merecido lugar, es enriquecedora. Tiene valor en cuanto es una instigación a profundizar los temas o al menos a promover un mayor acercamiento a las cuestiones históricas

Obviamente a los académicos (los Romero o los Halperín Donghi) les molestan los libros de divulgación que se han convertido en best-sellers porque tenían un negocio impresionante delante de las narices y lo dejaron escapar en manos de un profesor de secundaria. Sus egos no pueden tolerar que Felipe Pigna se esté haciendo millonario escribiendo libros de historia mientras ellos, la "élite intelectual argentina", se tienen que conformar con las becas del Conicet y un prestigio del que sólo ellos están al tanto.

Por otro lado, Felipe Pigna no dice que sus libros contengan verdades absolutas, al contrario, en la tapa de cada uno de sus libros y en letra bien grande dice: "Felipe Pigna". Es su visión personal de la historia. El que quiera leer otra versión distinta o muchas versiones diferentes, puede hacerlo.

En cuanto a que los trabajos de los académicos son más serios que los de Felipe Pigna porque son más científicos...mmm...La ciencia, tampoco afirma verdades absolutas. La objetividad científica no existe. Ni en las ciencias sociales, ni en las ciencias duras (que son bastante más blanditas de lo que se cree). Los libros de los académicos son dependientes del contexto social-económico-político en que fueron creados, son dependientes de la corriente historiográfica bajo la cual los hechos fueron estudiados y son dependientes, desde ya, de las particularidades propias del autor.

Según Pigna y O'Donnell, sus trabajos se inscriben en la tradición de la divulgación científica, cuyo objetivo central es llegar al gran público para desmitificar la versión canónica que la historiografía liberal construyó pacientemente a partir de las obras de Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, por mi parte estoy convencido de la honestidad intelectual de ambos y saludo desde este modesto trabajo el aporte que están haciendo a la formación de la conciencia histórica de los argentinos.