Nadie es perfecto



Manuel Langsam-. Hace un mes falleció Epifanio Carrizo. Ultimo y único descendiente directo del Capitán del mismo nombre, también conocido como “El Héroe de la Batalla de Diez Algarrobos”.



Entonces, haciendo honor al compromiso asumido, me vi con la libertad de develar el secreto guardado celosamente por más de un siglo por la familia Carrizo.

Todo empezó cuando transcurría un poco más de la mitad del siglo XIX. El país se desangraba en luchas fratricidas entre la distintas facciones que respondían a los caudillos regionales. Y en Entre Ríos se dirimían también las diferencias entre unitarios y federales, blancos y colorados del Uruguay, que seguían a jefes como Fructuoso Rivera,  Lavalle, Urquiza, Lavalleja, Oribe, que si bien en oportunidades intervenían directamente, en otras eran representados por sus caudillos locales de confianza.

La amplia zona que hoy serían los Distritos de Mojones y Raíces respondían al mando de, primero Crispín, y luego Polonio Velázquez, que tenían a su hombre de confianza al mando: el Capitán Eleuterio Carrizo.

Este último intervino en las batallas de Don Cristóbal, Sauce, India Muerta, Arroyo Grande y finalmente consolidó su poder con Diez Algarrobos. Y siempre con él al frente de sus famosos pelotones de diez en línea.

En una de las tantas recorridas que yo solía hacer por el interior del Departamento cuando estaba a cargo del control sanitario animal del mismo, me detuve en el lugar y, claro, me llamó la atención lo mismo que a varios historiadores que vinieron exclusivamente a estudiar el lugar de la famosa batalla. Ahí aún se conservaban los famosos algarrobos, pero formaban un monte, !no eran solo diez! Y por el diámetro del tallo, los anillos de crecimiento y el desarrollo del follaje seguro todos tienen la misma edad.

Llevado por la curiosidad, empecé a preguntar a la gente que vivía en la zona, pero nadie sabía nada. Hasta que un viejo paisano del lugar me dio un excelente dato: en un alejado puesto de la estancia La Golondrina, vivía un descendiente directo, el último, del Capitán Carrizo, que, a lo mejor, podría aclararme el misterio del nombre. Pero era un hombre de mucha edad, de bastante mal genio y que pasaba su tiempo trabajando como soguero, arte que desarrollaba  con maestría.

Ya que estaba en el lugar y luego de recorrer un pésimo camino de acceso, llegué al puesto. Estaba el hombre sentado en una sillita baja, trabajando en una trenza de tientos.

Estaría cercano a los 90 años, se notaba  que tenía  dificultad para movilizarse, pero sus ágiles dedos seguían trenzando tientos. Haciendo gala a la tradicional hospitalidad del hombre de campo, me invitó a acercarme y me ofreció si quería compartir algunos mates.

Acepté y luego de intercambiar opiniones sobre cuestiones triviales como el calor reinante, la falta de lluvias y la escasez de pastos, ocultando el verdadero motivo de mi visita, le dije que había oído las mentas de su habilidad como soguero y, como quería quedar bien con un amigo, pensaba regalarle una fusta artesanal. Me respondió que por el momento no le quedaba ninguna pero, si le describía mas o menos que es lo que pretendía, podría confeccionarla en un plazo de  un mes.

Di mi consentimiento y luego traté de llevar la conversación hacia el verdadero motivo que me había acercado al lugar. Le pregunté por su pasado familiar y sobre la batalla de los Diez Algarrobos y el por qué se llamaba así, si había todo un monte de ellos.

Ahí se puso alerta y me dijo simplemente que sí. Que su abuelo había sido el conocido Capitán Eleuterio Carrizo, que había dirigido la batalla, pero no pensaba entrar en detalles, ya que esas cosas quedaban en la familia.

 Ya vi que no valía la pena insistir, me despedí prometiendo regresar después del mes a retirar la fusta encargada.

Transcurrido ese tiempo volví al lugar. Me recibió el habitual ladrido de perros y el hombre, como siempre, sentado en su sillita en la galería dedicado a sus trenzados.

Con dificultad se levantó, entró a su casa y volvió trayéndome la fusta encargada. ¡Una verdadera belleza artesanal!

Después de haberla pagado y cuando ya me disponía a irme, me dice: Si le viene bien y tiene algo de tiempo, quédese y vamos a hablar…

Volví a sentarme. Sacó una bolsita de su cintura, se armó un cigarrillo, lo prendió, dio dos o tres pitadas y me dice:

Mire, después que usted se fue la vez anterior, me quedé pensando. Y ese pensamiento me anduvo rondando todo el tiempo por la cabeza. Yo soy el último descendiente del Capitán Carrizo.  No tengo hijos, al menos que yo lo sepa. Tal vez anden algunos por ahí, pero nunca los conocí. Ya tengo muchos años. No se bien cuantos, pero como dijo Abelardo Dimotta, seguro queda ya poco hilo en el carretel. Así que decidí que le iba a contar lo del abuelo capitán. Pero con la condición que no comente nada hasta después que yo haya desaparecido.
Según la historia que nos fuimos pasando en la familia, él era un hombre bárbaro. ¡Corajudo como pocos! Tenía el cuerpo cubierto de cicatrices por las numerosas heridas recibidas en las batallas, ya que siempre iba al frente de sus gauchos y era el primero en entrar en los entreveros. Manejaba muy bien la lanza, como el sable, las boleadoras y, si hacía falta, poncho y facón… Sabía avanzar a toda velocidad oculto al costado del caballo, a lo indio, sostenido con una pierna en el lomo y la otra en la panza del animal para evitar las balas, hasta que estaba en el medio de la lucha…
La famosa batalla de “Los Diez Algarrobos”  comenzó poco después del amanecer y a las pocas horas de encarnizada lucha, el campo estaba cubierto de muertos y heridos. No se daba cuartel en ese enfrentamiento tan parejo…Y el corajudo abuelo en el medio alentando a sus gauchos y repartiendo sablazos a diestra y siniestra…. Recién ya avanzada la tarde la batalla comenzó a definirse a favor de los leales del abuelo. Los rebeldes se retiraron y él quedó dueño del lugar y su fama se acrecentó enormemente.
Apenas repuesto y recogidos los heridos, se sentó en el monte de algarrobos y empezó a dictarle a su escribiente el parte de la batalla para comunicarlo al gobernador.
Y ahí es cuando por primera vez se nombra el lugar como paraje “Diez Algarrobos”…
Aha! Era bravo  el abuelo. Lo ascendieron a Capitán y lo nombraron como autoridad máxima en la zona para mantener el orden e impartir justicia. Sus fallos eran severos pero justos e inapelables.
Así vivió muchos años en esta zona donde fue respetado hasta su final
Impuso su autoridad, ayudó a muchos cuando lo necesitaron y hasta su muerte a muy avanzada edad fue un poco el padre para su gente.
Pero… ¡nadie es perfecto! Lo único que no pudo conseguir es que jamás pudo aprender a contar más que ¡¡hasta diez!!