La Zanellita y el lumpenaje judicial



Lucas Carrasco-. Los que ayer eran urribarristas fanáticos hoy buscan reciclarse con Cambiemos pero sin pisarse las huellas de su inmediato pasado: muchachos, bordean el ridículo.


Hace un buen tiempo escribí Había una vez una vaca. Lo que comenzó como un chiste terminó imponiéndose como "La causa de la vaca". Ahora, la cosa ha dado un giro: a Gustavo Tamay le embargaron una Zanellita 50 con la que vendía helados en los años 90; además de pedirle una pena equivalente a la de los asesinos con los que los fiscales entrerrianos hacen "acuerdos" para evitar ir a juicio. Junto a Sergio Urribarri, su cuñado Juan Pablo Aguilera y Pedro Báez, les piden penas equivalentes a los peores delincuentes promedio de Entre Ríos. Por ejemplo, el asesino de Micaela García purgaba una pena equivalente, por un delito mil veces más grave y peligroso socialmente, a la pena que le piden a Urribarri por unos carteles, que según el Procurador General de la Provincia, no se pegaban. Esos carteles eran mandados a hacer a una imprenta que se le adjudica a Aguilera y se acusa a los nombrados y una veintena de personas más, de conformar una especie de asociación ilícita para no pegar los carteles y quedarse con el dinero y así enriquecerse ilícitamente. Moneditas, muchachos, no jodamos. La prueba que sustenta este megaplan medio berreta es la foto de un cartel donde hay una vaca: esa foto era presentada por la empresa privada encargada de colocarlos como muestra de que habían sido colocados. Dice la acusación que hay varias fotos, de meses distintos, con la misma vaca. Oh.
La vaca, quizás, es un testigo protegido. Y declare en el juicio.
No hay que descartar nada.
Tengamos en cuenta que hay una vaca famosa con una sospechosa K en su lomo.



Cuando el actual periodismo patrullero era rabiosamente urribarrista, hasta límites ridículos (lo mismo que hacen ahora con Bordet y Varisco, lo hacían con Urribarri y Blanca Osuna, aunque en aquel entonces eran groseramente fanáticos) no percibían que el problema de la cartelería con Urribarri y Báez era exactamente lo contrario: abundaban, abundaban hasta el hartazgo los carteles con propagandas gubernamentales. Incluso fuera de la provincia. La cuestión era poco sutil: se trataba de instalar a Urribarri con una proyección nacional y hacia ese objetivo iba la publicidad oficial, que era un combo que incluía a los actuales valientes que denuncian (recién ahora) a Urribarri, el periodismo patrullero, que andaba luchando contra los enemigos antipatria y antiprovincia (éste servidor figuraba entre los primeros del ranking de la antipatria y la crítica a la magnificencia alada de nuestros alabados gobiernos; bue, más o menos como ahora...). El kirchnerismo perdió las elecciones en 2015, Bordet se dio vuelta, el periodismo patrullero también, los valientes que combatían a los críticos pasaron a ensañarse con el anterior gobierno y halagar el actual y así. La historia de siempre. Y los entusiastas del lumpenaje judicial se hicieron, de pronto, fanáticos antiurribarristas: uuaauu, cuánta rapidez.
Lo idiota del asunto es que lo acusen de lo contrario de lo que sucedió realmente: muchachos, todos vimos la abundancia de carteles, acusarlos de que no los pegaban es estúpido. Pero llamativo. Para lanzar titulares amarillistas. Aunque atolondrados y bordeando la pavada.

La ecuación es sencilla: si los fiscales acusaban a Urribarri y Báez de la excesiva publicidad oficial, se metían con el periodismo patrullero que tantos favores les hizo y les hace a los fiscales vedettes; además de que no podían hacer anuncios rimbombantes de pedidos de altísimas penas, embargos multimillonarios por una Zanellita y todo el circo de los allanamientos de hace dos años que fue fructíferamente inútil, por cierto. Pero quién se acuerda, jeje, de ese circo vip de los allanamientos. Por 15 minutos de fama.



Bue, el asunto es que si la acusación iba por el lado de la propaganda oficial, era una discusión política, no judicializable, quedaban con los dedos manchados muchos predicadores de la moral ajena y entonces, el lumpenaje judicial, para husmear alguna legitimidad, buscaba subirse al barco porteño de Clarín haciendo una versión local, bastante pajuerana, del mani pulite culposo que de manera chabacana y poco jurídica se había desatado. Eso era "el cambio". Eso era el "sí, se puede".
Poquito.
Si los vientos políticos cambian, cambiará el lumpenaje judicial, tratando de volver a su anterior estado de naturaleza. Se verá si lo logran. Lo que importa es que los ciudadanos seguirán distantes de la casta provincial privilegiada que conforma el lumpenaje judicial, el periodismo patrullero seguirá en su microclima de volteretas constantes que a nadie le importan y el campeonato de calumnias modificará sus relaciones de fuerza, como en un tablero de ajedrez en la cima del unicornio donde viven los que mandan, soñando con fugaces heroicidades de saldo en el mercado persa de cachivaches morales.




Mientras tanto, habrá una Zanellita 50cc embargada, modelo 1990, pudriéndose en algún sótano y esperando condensar la semiosis finita del provincianismo rupestre de quienes se soñaron en letras de molde vivados de pie en los restoranes de los hoteles que hay en el Parque Urquiza. Con gente bien vestida, gritando "sí, se puede".
Esos sueños tendrán que esperar. En vez de las mesas relucientes con coloridos platos y olores de sofisticados tragos con menta frente a ventanales que dan al río y las barrancas, hay un aire a truchada de carribar desanimado en una madrugada oscura bajo un sauce solitario. La causa de la Zanellita no puede contra sus propios deseos, se derrumba en su propia desmesura. Del arte abstracto al jeroglifico rupestre hay solo una baldosa de diferencia. Y el pintor sin inspiración nunca sabe donde pisa.