Iba yo




Roberto Cignoni-.

Iba yo, a través del poema, al encuentro de mí mismo, iba yo y venías tú,
secretos tal vez para siempre el uno del otro, perdidos tempranamente en
la luz sin alcanzar a mirarnos, tú y yo hacia el abrazo de algún tú, de algún
yo en el poema del alba, el poema que perdía a los Nombres y que en su
vacío encontraba a todas las cosas, el que en todas las cosas no encontraba
más que el vacío del Nombre, que el nombre del vacío en tu nombre y mi
nombre, y yo, que había desaparecido y quería hablarte, y tú, que te habías
desvanecido y ansiabas escucharme, no éramos más que una palabra sin
dios a través de los nombres, una palabra y su silencio parlante, la que iba
de los astros a los glaciares, de las criaturas a sus despojos, y que cuando
quería hablar por mí se sabía en mi ausencia, y que cuando deseaba oír por
ti se mostraba en tu abismo, y de mi ausencia a tu abismo y de tu abismo
a mi ausencia hallaba siempre el infinito por delante, allí no eras tú,
maravillosamente yo no era, ambos sin consumirnos por no haber existido,
ambos sin dos en el desierto del número, por ella no pertenecíamos, no
otorgábamos una dirección al avance, no promulgábamos sentido a la
visión sin futuro, ¿hacia quién iba yo así? ¿hacia quién creía dirigirme?,
¿a quién así oías tú? ¿a quién creías oír?, tanto preguntaba yo y tú
preguntabas, y tanto osábamos responder con la sombra, la inconducible,
entonces enmudecía también la tierra, que ya se alumbraba sin lo propio,
enmudecía aun el cielo, que no iluminaba con lo divino, y entre el callar
de uno y el callar de otro se alzaba la imagen y penetraban los mundos, se
alzaban los mundos y penetraba la imagen, hasta que imágenes y mundos
tejían el velo por el cual nos sabíamos, por el cual nos honrábamos sin
conocernos, uno junto al otro en el misterio florecido, uno con el otro en
la soledad inclaudicable, de este modo, claro, habíamos venido, con la
memoria que no era de ninguno, con las realidades que a ninguno
concernían, habíamos venido desde cualquier lugar, sin más lejos ni más
cerca, hacia el sitio otra vez inabarcable, tú y yo exentos de mi país, tu
país, los ajenos, exiliados de mi época y tu época, las extrañas, diferentes
a cualquiera y a nosotros mismos, cómo, al fin, respirábamos y moríamos,
yacíamos y volvíamos a nacer, en la imagen, en la imagen siempre, la que
era del mundo en lo abierto de todos, de todos en lo abierto de mundo, la
enseguida pura, la inaudita, mientras brotaba una estrella en el corazón de
la sombra, y ante la estrella honraba la visión y el encuentro, y en torno a
la sombra la duda y la pérdida, cuando enseñaba una sombra en el corazón
de la estrella, y bajo la sombra rendía las verdades del hombre, y junto a
la estrella la orfandad de las voces, habíamos venido, tú que ahora podías
hablar, en el poema en el que yo no te sabía, yo que ahora podía escuchar,
en el poema en que tú no me conocías, yo con el saber de nadie en la
imagen tan clara, tú con el comprender de ninguno en la luz tan cierta, tú y
yo viniendo y partiendo, más altos que un yo y más extensos que un tú,
diciéndonos por nadie en la fe de la estrella, el sostén de la sombra,
escuchándonos por todo al confín del lenguaje, tú y yo, aquí mismo, en el
poema, también con nosotros por fuera de nosotros, tú en la piedra y yo en
musgo, yo en la alondra y tú en el aire, ibas tú y venía yo, abrazados tal
vez desde siempre en el poema del alba, sabidos tempranamente en la luz
por no alcanzar a mirarnos, tú y yo hacia el encuentro de algún tú, de algún
yo, —yo, que había desaparecido y sabía hablarte, tú, que te habías
desvanecido y podías escucharme.