El sentido del trabajo

Enrique Mario Martínez-.Es imprescindible definir el paradigma de una sociedad más justa, así sea para tenerlo en una libreta que registre nuestros intentos de alcanzarlo y que nuestros nietos revisen alguna vez. Ese paradigma tiene que ver centralmente con el sentido y la organización del trabajo popular. De allí es que surgen – o no – los bienes y servicios que procuran nuestro bienestar. De ningún otro lado. Si la organización del trabajo popular depende de un número muy pequeño de empresas, la mayoría de ellas con su centro de decisiones en el exterior y si el sentido del trabajo para la inmensa mayoría de la gente es parar la olla, estamos embromados, por más que nos engañemos temporariamente discutiendo espejismos, en que con baja inflación o con venta de dólares en los quioscos construiríamos nuestra felicidad.



En primer término: el sentido del trabajo.



La definición que justifica una construcción estructural que supere al capitalismo, transita por caminos diferentes a las frustradas discusiones e intentos de todo un siglo, centradas en la lucha por el control del Estado. Sin intención de abrir debates que nos alejen del tema central, vale la pena anotar que ni la Rusia soviética, ni la Cuba de Fidel, ni el sandinismo, ni ningún intento que se alejó del sufragio universal con libre postulación, lograron construir edificios que no terminaran ocupados por burocracias de diverso grado de incompetencia o corrupción. Merece por supuesto un extenso tratamiento, pero mi conclusión es que concentrar la apropiación del excedente y su administración, así sea en funcionarios públicos, no asegura la justicia social plena y la mejora contínua de la calidad de vida.

Los intentos con mejores resultados – esto es una afirmación solamente en términos relativos – son aquellos donde el Estado se constituyó en promotor y regulador de la actividad económica en términos muy activos, corrigiendo las asimetrías socialmente dañinas, pero los actores productivos concretos son privados, estatales o mixtos, según recomienden las circunstancias, aunque nunca definidos solo por el “mercado”.

Para contar con la validación política que permita asumir los cambios en la conducción estructural de la economía de un país, se debe disponer de consensos sociales más amplios y profundos que en cualquier etapa histórica anterior. Hay que encontrar motivaciones compartibles por los sectores más humildes y a la vez por los sectores medios, incluso por fracciones de los productores rurales, creadores de cultura social en buena parte de la Argentina.

Esas motivaciones no son otra cosa que un sentido compartido para el trabajo: Atender una necesidad comunitaria, consiguiendo con ello cubrir las necesidades propias con dignidad y sin alienación. Este es el marco de aquello que llamamos la producción popular.

Un concepto general como el anotado debe ser llevado al plano concreto por un gobierno, mientras sigue manejando con sus mejores instrumentos la economía tradicional. Esto implica instalar como actores del abastecimiento local y nacional de alimentos a los agricultores familiares; convertir a los hoy cartoneros en líderes ambientales, que recolecten reciclables separados en origen y los procesen en plantas adecuadas; fomentar agresivamente cooperativas de construcción y de autoconstrucción de viviendas; diseminar la generación de energía fotovoltaica en cada techo, con conexión a la red pública; poner en el centro de la cadena de indumentaria a los diseñadores y costureros. El listado puede seguir largamente, con la lógica – se reitera – de apoyar a quien agrega valor, no a quien se apropia de él. Como ejemplo marginal pero enteramente cotidiano de la extensión del concepto, debería hasta cambiarse la reglamentación para taxis, eliminando los fideicomisos que luego contratan peones al tanto, otorgando en cambio muy generosos créditos a los peones para que accedan a su propio vehículo.

En cada una de las situaciones, el cambio de sentido requiere nuevas formas de organización del trabajo. Es necesario que se piensen cadenas de valor completas, donde el esfuerzo en un eslabón productivo no se pierda por una comercialización inadecuada o por la ausencia de financiación. Aquí solo se anota el tema, para que su omisión no induzca a conclusiones apresuradas sobre la fragilidad conceptual.

La producción popular no es la única manera de cumplir con un nuevo sentido para el trabajo. La producción industrial de alta complejidad o gran escala está hoy en manos de unas pocas corporaciones nacionales y centralmente de corporaciones multinacionales.