Cuánto sale la información



Lucas Carrasco-. El 99,9% de los paskines a servicio del enano mental que ejerza funciones públicas, se dedica sistemáticamente al robo. Esto reduce notablemente los costos de producción aunque siga siendo exactamente igual de caro para el erario público.




Las 3.000 personas que se difaman, operan y leen los paskines gubernamentales llamados "medios de comunicación" son conscientes de que viven del plagio y entonces mandan, por ejemplo, la última difamación sobre tal y cual, a 300 páginas de internet y pagan para que salgan en esas 300 páginas, como si esas 300 páginas no fuera leídas por las mismas 3.000 personas.
Algunos paskines gubernamentales agregan partes policiales pagados por la cana y un sector judicial como "periodismo independiente". Otros se dedican a la pornografía y buscan a diario alguna violación -de menores, con preferencia, y cuanto más morbo mejor- para contar los detalles a un público tarado que no dejan de ser las mismas 3.000 personas que se dedican a "operar", o sea, difamarse entre sí y leerse orgullosos creyendo que el pueblo entrerriano está enterado o acaso les importan sus payasadas.

En Entre Ríos se considera "información" ir a sacar fotos de cuerpos deshechos en un accidente vial, ir a preguntarle alguna pajereada al de Defensa Civil si llueve y copiar gacetillas sobre obras de teatro a las que van 30 personas.
Las 3.000 personas disponibles para este juego idiota del fascismo autorizado, saben que el 99,9% de los paskines roba a destajo notas de internet, que se roban entre sí y ponen abajo "Fuente: el Paskín de Cachito o Pepito o Fulanito" como si eso fuera una fuente y no un robo. Es como si de pronto yo quisiera escribir la novela La Divina Comedia, lo firmara con mi nombre y al final, pusiera "Fuente: un tal Dante". Dicho sea de paso, La Divina Comedia no es un novela. ¿Pero qué importa, si total le hablo a un lector idiota, formateado en la incultura, la desinformación y el fascismo?

Vivimos en una era fascista. El Estado entrerriano produce, financia y difunde la información de manera monópolica, incluso las difamaciones y mentiras más aberrantes, como vemos en el caso de Nahir Galarza o la turbia corrupción en torno a la rifa internacional con la coparticipación federal. El encubrimiento, la mentira sistemática, la persecución delirante al político que ya dejó la chequera estatal, el bombardeo diario de pelotudeces, se complementa con el choreo liso y llano. Al lado de los culos de las prostitutas vip en la sección "espectáculos" con los habituales noviazgos inventados de los boludos de la TV porteña, siempre hay un par de muertos del pobrerío -partes copiados a la cana- alguna salutación por el Día de la Sarasa del gobernador en situación de vacaciones permanentes, la publinota a funcionarios tontos y un barullo ensordecedor que solo puede estupidizar al lector.
Pagamos impuestos para financiar a los pocos cientos de lectores de los paskines, cuyo costo por lector nos cuesta una suma sideral y ridícula. Los empleados públicos que se levantan al mediodía y la juegan de periodistas se dedican a mear agua bendita sobre los más pobres y débiles de cada ecuación, mientras se desviven en su precario vocabulario por adular al mandamás de turno del dinero público y disimular con dos canjes de milanesas.
Vivimos en una era fascista donde la contaminación ideológica, la desinformación sistemática y la adulación al rey son moneda de intercambio en el amplio juego legal de la corrupción periodística y política y judicial y empresaria. Hay 10 buchones, seleccionados casi por casting, para regalar difamaciones que parezcan "periodismo de investigación". Viven de eso. Ocupan altos cargos. Son conocidos por todos los periodistas y por los 3.000 lectores disponibles para consumir esa basura que a la vez producen. Un tercio de esos 3.000 tienen como trabajo la invención de usuarios falsos en las redes, pago de sobres a los empleados públicos de los medios, administración de las internas policiales e instrucciones a la Justicia.
Con un mínimo de sagacidad basta leer los títulos para saber de quién viene la última mentira, quién la pagó y por qué razón la plagiarán el resto.
Militantes de la ignorancia que se vuelcan a lo que creen que es el periodismo, empresarios salidos de la nada que compran medios o gacetilleros y locutores que se vuelven kiosqueros de la información. Éste es el sombrío paisaje de la era del fascismo que vivimos en Entre Ríos y en buena parte del mundo, especialmente en las regiones pastoriles y caudilleras.
Botones y mamarrachos se turnan en el oficio de sermonear contra el caído, dar instrucciones morales y consejos para no tener un golpe de calor y evitar los mosquitos.

La información es cara. Obtenerla, procesarla, discriminar lo que sirve de lo que es basura, hacer reportajes donde el entrevistado diga algo inteligente (o no publicarlo si solo dice tonterías, como es la norma), investigar con paciencia y sin amarillismo, no caer en la tentación del sensacionalismo, saber escribir, estudiar, actualizarse y ser independiente, no depender de tal o cual mariscal del erario público o terrateniente, es caro, difícil, contracorriente y una autocondena  a la soledad.

¿Tiene sentido hacerlo?
No. algunos lo hacemos porque nos revelamos ante tanta injusticia, para romper el muro y para que las buenas personas, que no viven en un termo ni son parte de los 3.000 que leen más de 100 paskines, de los cuales ninguno supera las 500 visitas (la inmensa mayoría tiene 100 lectores y recauda por cada lector cifras siderales pero no invierte un peso en dejar de cazar en el zoológico), puedan saber qué pasa, puedan reflexionar y saber hacia dónde va nuestra sociedad.
Como el resto de los medios, el nuestro es crónicamente deficitario pero no aceptamos publinotas ni ecsribimos para esas 3.000 personas, que igual nos leen con la mezcla de cagazo y extorsión que los caracteriza.

Ayer se me ocurrió que debía mandar todo a la puta que los parió.
Soy bueno en lo que hago y eso me da una coraza para soportar las calumnias de la corporación y para que el fascismo no me rompa tanto las pelotas.
Ideé un plan de subscriptores, que sea el más caro del mercado argentino y sudamericano. A 5.000 pesos (en febrero del 2018) superaría lo que valen los medios serios estaounidenses y podría encabezar, suponiendo que queden el 10% de los lectores, un periodismo en serio, que no por serio pierda la frescura, la vitalidad y el humor
Era un buen plan y solo tenía un inconveniente. Yo seguiría ganando lo mismo, necesitando trabajar en otros medios con otros dueños, y algunos de nuestros lectores quisieran pero no podrían pagar ese monto.
Así que, finalmente, no voy a poner en marcha ese plan.
Como muchos de mis planes, voy a fondo y luego, al final, retrocedo. Pero en el camino dije lo que hacía falta decir.