A 10 años de la 125



Lucas Carrasco-. Dos oscuros empresarios que viven de subsidios del Estado se abrazaron en el Congreso Nacional: Agustín Rossi y Eduardo Buzzi. Habían votado la quiebra de la Argentina futura.

Las retenciones móviles que puso el revolucionario Martín Lousteau -luego embajador de Macri en EEUU- levantaron la ira de quienes tenían que pagar ese derecho de exportación: las multinacionales de granos. Era febrero del 2008, las ventas de granos a futuro ascendían en una curva optimista desde su presente ya de por sí récord. A las multinacionales se les sumó como furgón de cola el corporativismo de la Pampa Húmeda por una cuestión simple: la curva ascendente del precio a futuro de los granos no tenía un correlato en el precio del dólar, que se esperaba planchado luego de que al final de su mandato, Néstor Kirchner elevara las retenciones y provocara una pequeña devaluación para compensar a la Bolsa de Rosario, lo que comúnmente (por ignorancia o panfletarismo) se denomina "el campo". 
Néstor Kirchner, también antes de dejar la presidencia, aprobó la fusión de Cablevisión, un regalo para su principal aliado, Clarín. Dejándole a su esposa, Cristina, un quilombo en potencia: a los extorsionadores ya les había dado todo. 
La economía se recalentaba y había un debate al interior del gobierno sobre "ahorro" o "inversión/gasto": el debate real, por supuesto, era sobre las divisas. Devaluar o distribuir. 
Las corporaciones agrarias lo entendieron enseguida y se aliaron al sector peronista devaluador -que terminó perdiendo, aunque creyó que ganó- y la iglesia católica, que se sumó por cuestiones ideológicas y de poder. Hicieron la salvajada más grande de la historia argentina en las tantas veces que la Sociedad Rural se juntó con la Federación Agraria. Un corte de rutas con escuadrones fascistas de peones, curas rezando y policías provinciales custodiando a los matones. El feroz alzamiento golpista de esta nueva Liga Patriótica duró más de 100 días. El objetivo era el desabastecimiento de las ciudades, para que ésto provocara el alza de los precios internos,  que junto a la importación de inflación por los mercados a futuro, provocarían una redistribución del ingreso regresiva como la que parió Duhalde en el 2001. 



Finalmente, Cristina mandó al Congreso de la Nación un proyecto de ley elaborado por los empresarios de la Federación Agraria, que lisa y llanamente se aprovecharon de la ignorancia de la Presidente que suponía que entre la Federación Agraria y la Sociedad Rural había intereses diferentes. Podría haber matices, pero todos los caminos conducen a la Bolsa de Cereales de Rosario, el verdadero motor de la economía argentina. Lo demás es puro cuento para la tribuna.
En ese proyecto se ley se preveía que todos los argentinos paguemos los fletes de los empresarios agrarios a medida que sus plantas de producción se alejaban del puerto de exportación. Semejante mamarracho legislativo hacía mierda un factor clave del mercado financiero argentino: los valores a futuro del precio de los granos. Es la única modalidad de riesgo empresarial que hasta el día de hoy enfrentan los empresarios primarios. Se suponía, según las declaraciones felices de estos dos oscuros empresarios, Rossi (casualmente, empresario del transporte) y Buzzi, que luego se enmendaría esta ley para que la anulación de este único riesgo empresarial también lo pagara el Estado. El único problema es de dónde mierda iba a sacar el Estado argentino dinero para la gigantesca deuda que iría acumulando con los empresarios primarios luego de la brusca devaluación que esa ley preveía. No solo se caería el mercado inmobiliario rural -con subas astronómicas en las periferias de la Pampa Húmeda, que pagaría el Estado y...al pincharse la burbuja de estas subprime criollas, la quiebra de todos los eslabones de la cadena productiva- y el agujero de los subsidios al transporte perforaría la capa de ozono, sino que se que garantizaba a las multinacionales del combustible un subsidio sideral, además de subsidiar por vía indirecta a las multinacionales granarias. Con banderas de Evita y el Che Guevara, afuera del Congreso se celebraba lo votado en Diputados. 



Un momento. Una cosa era la ley que se acababa de aprobar y que sería volteada por el peronismo realmente existente en el Senado (que culmina con el voto de Cobos), otra cosa era la discusión en la calle. 
Que se apruebe o no ese proyecto era irrelevante: no era viable. Básicamente, el compañero Ricardo Jaime pasaba a ser el Gran Hermano de la economía argentina. En un par de años la chocaba contra el muro del déficit fiscal y comercial (aún no se había estatizado la deuda bancaria con los jubilados a través de las AFJP, pero el Estado ya empezaba a cubrir parte de esa deuda creciente), el poder se le licuaría de las manos a los Kirchner y habrían comprendido la burrada que habían propiciado. En realidad, la había propiciado Loustau, sin consultar con el Ministro de Economía en las sombras, Néstor Kirchner. 
Néstor Kirchner, finalmente, manejó de manera magistral el conflicto y aunque no llegó a ver los resultados (el 54% en 2011) logró reorganizar al peronismo para que el gobierno de su esposa no se fuera en helicóptero. Las anécdotas de hagiógrafos autorizados por Cristina dicen lo contrario, pero no hay que tomarlas en serio.  

Sin embargo, en el plano simbólico y como suele suceder en la Argentina, las cosas en aquel momento se veían de otra manera. Como una lucha clásica entre el campo y la industria, el sostenimiento de un estado de bienestar imaginario contra la patria oligárquica literaria y así, una sucesión de binomios que Mr Laclau, en un librito de los años 80 en discusión con el marxismo húngaro, denominaba "la razón populista" como táctica de hegemonía hacia la estrategia socialista, más en el sentido de la Escuela de Birmingham que en los esbozos primarios de Gramsci. La cuestión de la Escuela de Birmingham es central, porque para ellos, el valor de Gramsci residía en ver que la polarización era una táctica, a diferencia de lo que preconizaba el nazi Carl Schmitt, que lo veía como una estrategia. Al igual que el marxismo austrohúngaro con el que debatía Laclau antes de la caída del Muro de Berlín. Y, ya que estamos, al igual que el metrosexual Jaime Durán Barba.  
Pero Mr Laclau era un ciudadano británico y su esposa de origen belga, así que cautivaron a la Presidente cuya tilingería intelectual la había llevado, en un bochornoso "Congreso de Filosofía" en San Juan (no menos patético que el original de los años 50)  a declararse "yo, hegeliana totalmente". Bue. 
El pintoresco anciano Mr Laclau archivó su tesis y pasó a decir lo contrario. Para maquillar este conveniente giro, hizo de lo táctico una estrategia. Como el marxismo austrohúngaro, Cristina Fernández y el metrosexual Durán Barba. Su libro se reeditó sin mucha suerte pero pasó a ser el divulgador oficial de lo contrario que decía en su libro. Total, la gente qué sabe...

De esa lucha simbólica nació la militancia juvenil kirchnerista, la discusión sobre la reubicación del Estado en las relaciones de producción y unas arcas llenas porque, efectivamente, las multinacionales granarias pagaron más de Impuestos a la Exportación (retenciones) que lo que hubieran pagado con la 125 original. Con la 125 que llegó al Congreso se hubieran favorecido, pero no prosperó gracias a la rebelión del peronismo realmente existente, que es conservador pero no especialmente lúcido, como se puede ver en las degradadas economías provinciales que suponían que defendían. En realidad, defendían a las oligarquías provinciales. Y lo hicieron mal. Por suerte. 

De ese conflicto nació también la izquierda nacional, con proyección de poder y gobierno. Una izquierda que logró extenderse al conjunto del país y sacarse de encima su karma de la falta de gobernabilidad. 
Mientras los precios de los granos fueron altos, alcanzó para contentar a todas las clases sociales y hacer asistencialismo y subsidiar fuertemente a la clase media metropolitana. Cuando esa ola expansiva en el mercado de Chicago cesó, el recién reelecto gobierno de Cristina Kirchner decidió girar a la derecha y aumentar, como Perón en el Congreso de la Productividad, el discurso agresivo y narciscista con tópicos cachivachezcos de la izquierda setentista. Hasta Laclau parecía sofisticado al lado de las boludeces que se decían sobre "el rol de los medios" y la sumatoria de actores, faranduleros y grasas del empresariado ramplón que le hacían La Corte a una dirigente política a la deriva, que pasará a la historia como quien se preocupó por crear un modelo de inclusión social que fracasó rotundamente. Pero la mera preocupación por crearlo la dejará en un merecido pedestal más arriba que el resto de los gobiernos desde el retorno de la democracia. Los elementos simbólicos con los que se moldea la conciencia popular no tienen necesariamente un correlato económico.  

La derecha militante que surgió de ese conflicto terminó aglutinada en Scioli y Massa, dos expresiones ultraconservadoras del peronismo, que tarde o temprano se disgregarán porque la nueva derecha que encarna el PRO es más inteligente y más lúcida en la defensa de sus intereses. Lo cual incluye tener de retenciones a la soja un monto mayor (si se calcula la inflación, el precio internacional y el valor del dólar) que el que desató el conflicto de la 125. El discurso de Macri, aún peleado con la semántica y bordeando el analfabetismo funcional, es similar al de Cristina en cuanto a machacar con su preocupación por los pobres. Pero en la historia quedará como el niño rico que tenía tristeza y quiso de juguete la Presidencia de la Nación. Sino rompe el juguete, habrá inaugurado la experiencia de derecha democrática más exitosa de la historia argentina. La clave reside en haber roto la alianza entre conservadores y liberales, no en las boludeces que dicen sus escribas sobre "el partido del balotaje". Un liberalismo de derecha (porque parafraseando a Salvador Ferla cuando habla sobre Artigas, "liberales somos todos") que recoja las mejores tradiciones de esta corriente que supo ser progresista antes de escindirse, es lo que la Argentina necesitaba para terminar con los restos autoritarios de las dos alas que luchaban por el poder en el país: el conservadurismo nacionalista y el conservadurismo liberal. 
Resta conformar un liberalismo progresista, que por la historia y las experiencias recientes, recogerá fragmentos de la izquierda nacional inevitablemente. Si el actual liberalismo progresista no se une con el nacionalismo popular, ambos quedarán diseminados a la espera del fracaso de Macri, teleología que no incuba la dialéctica de superación, sino un nuevo fracaso que pagarán los que menos tienen. Como siempre. 

El buen manejo de Néstor Kirchner del conflicto en la 125 logró en lo económico fortalecer al Estado para subsidiar la industria, en lo social generar consciencia de la desigualdad y en lo político darle un rumbo alternativo al peronismo conservador y a la deriva. 
De esos postulados queda poco y nada. Pero valió la pena en ese momento histórico estar del lado correcto.