Yo sí hice bullying escolar



Lucas Carrasco-. Del innumerable repertorio de anécdotas escolares, donde sí me mandé muchas cagadas, tremendas cagadas, pero también defendí a los más débiles y lo hice jugándome con audacia; hay un episodio de bullying escolar que aún me hace reír: el bullying escolar que sufrió una maestra, quizás la más poderosa docente de esa secundaria...lo que sufrió por mi culpa.

Yo había llegado en abril a la escuela Normal, la principal de Paraná, en quinto año. Antes fui a muchas otras escuelas pero, fundamentalmente, nunca me gustó la escuela. No la odiaba. Simplemente, me aburría. No la pasaba mal, tampoco. Como todo adolescente, lo único que me importaba era coger y tenía legiones de admiradoras. Por razones equivocadas, seguramente, pero las tenía. Y a los 17 años, qué carajo me importaba.

Como era nuevo en esa escuela, para no ir a las clases y zafar de quedar libre, me postulé -como había hecho en otras escuelas- al Centro de Estudiantes. Porque sus miembros (siempre y cuando ganáramos, pero yo sabía que ganaríamos) tenían un sistema más laxo de faltas. Con tres amigos, armamos la lista. Como no teníamos conocidos para meter en la lista, hicimos una campaña inicial, curso por curso, diciendo que las candidaturas no nos importaban y bla, bla, bla, y de hecho, ofrecíamos candidaturas a todos. Y se las dábamos. Entrábamos a los cursos, yo hablaba y, a veces, al terminar, me aplaudían, terminaba el discurso, mis amigos esperaban el recreo y anotábamos los nuevos integrantes de la lista. Era una escuela grande y ya había cinco listas. Para cuando fue el día de oficializar las candidaturas, yo decidí no ser candidato a nada, aunque igual era la cara visible. Mis amigos rehusaron la presidencia si yo no iba en la lista y me puse, al final, como suplente en la Secretaría de Deportes, la cual íbamos a tranzar tras la elección. Porque la cosa era por sistema proporcional, como las elecciones parlamentarias europeas. El ganador se quedaba con la presidencia pero el resto de las listas, de acuerdo a su porcentaje de votos, se iban quedando con cinco, cuatro, tres o una secretaría. Eran siete las secretarías y el ganador solo se llevaba la presidencia y la vicepresidencia. Nosotros pensábamos quedarnos con la presidencia y vice y la secretaría de finanzas, que era la que hacía mover a todo el resto. Secretario de Finanzas era uno de confianza de quien, finalmente, fue nuestro candidato a Presidente.

Antes de las elecciones hubo un debate en un amplio recinto donde hoy funcionan algunas actividades de la Universidad Provincial. Las cinco listas habían puesto sus colores en amplias banderas y guirnaldas que cubrían todo el extenso salón. Habían gastado un toco de guita. Era medio ridículo el asunto. Nosotros no pusimos ni un afiche. Porque además nuestra lista no tenía un color que la diferencie. Era la lista 69.

Una profesora de historia, ultramenemista (en pleno frenesí menemista), llamémosla X, en uno de mis discursos en el aula durante su clase, preguntó, picarona, por qué el 69.
-Por la revolución cubana del Che Guevara y Fidel Castro.
-Ah.
La vieja, X, toda tuneada como buen estereotipo menemista, no sabía si indignarse por mi desfachatez o por mencionar a "dos terroristas", tal y como me dijo. Hubo una discusión sobre el terrorismo y sobre el Che Guevara, donde salí aplaudido de su curso y toda la escuela se enteró y bue, la ola se hizo imparable. La profesora X habló con todos sus cursos, todos los profesores, contra mí, un subversivo.
Cuando salimos de esa aula, tras la fortísima discusión sobre el Che Guevara entre un chico de 17 años, yo, y la profesora de historia X que había perdido de manera humillante, uno de mis amigos de la lista me dice:
-¿Así que lo del 69 fue por la Revolución Cubana? ¡Fue idea mía ponerle 69, pero qué sabía yo sobre ninguna revolución!
-Esteban, la revolución cubana fue en el 59.
-Pero la profesora de historia...
-Fue en el 59.
-Juaaaazz
La señora X me invitó, envalentonada y con ganas de revancha, a otro curso, donde daba clases. Se repitió la misma discusión, con variantes. La señora X se ponía cada vez más y más furiosa, llegó a agarrarme del cuello. Toda la escuela se enteró. Desde entonces, en cada curso que daba la señora X yo golpeaba para pedir permiso para entrar a hacer proselitismo. La señora X, que siempre buscaba revancha, me lo permitía. Las últimas veces ya venían profesores de otros cursos para escuchar la discusión, a los gritos. La señora X pasó a ser, sin quererlo, nuestra jefa de campaña. Porque además su hijo era candidato en otra lista.



El día del debate, había que elegir, por estatuto, un color (no estaban permitidos los nombres ni los números) e inscribimos el color "Amarillo Patito". Se nos impugnó la no existencia de ese color y estuvimos de acuerdo, pero cuando la Junta Electoral quiso adjudicarnos el amarillo nos negamos: éramos "Amarillo Patito", un color nuevo. 
Amarillo Patito o Muerte, fue la consigna revolucionaria.
Se votó por nuestra impugnación pero primó el criterio de que éramos tan locos, que mejor dejarnos para no quedar como censuradores, total no íbamos a ganar nunca.

Se hizo el Gran Debate de cierre y yo hice una de mis jugarretas: básicamente, no hablé. Podían subir dos por lista. Por nuestra lista subió el candidato a presidente y yo, candidato a suplente en deportes. Dejé que hablen y hablen las otras listas. Todos se dedicaron a hablar mal de mí, decididamente y sin eufemismos: me señalaban, me acusaban de todos los males, en suma, estaba en mi salsa, era El Mal. Cuando todos terminaron, llegó nuestro turno (nos ausentamos adrede del sorteo, para quedar últimos) y, ante la expectativa de docentes y alumnos en un silencio amplio y voluptuoso, agarré el micrófono, lo sostuve, miré a la gente: el salón lleno, ya habían escuchado a dos por cada lista, cinco listas. Faltaban una hora para que suene el timbre y nos podamos ir a casa.  Nuestra lista debía hablar 15 minutos, luego había 45 minutos de debate.


Yo agarré el micrófono:
-Todo lo que han dicho sobre mí, es cierto. Es lo mismo que dice sobre mí la profesora X. Tienen razón. ¿Para qué debatir, entonces? No perdamos tiempo acá. Gracias, señora directora de la escuela, por permitirnos irnos a casa ahora mismo. (la directora, sorprendida, se levantó para explicar que no nos había permitido irnos pero...nadie la escuchaba).

La ovación estalló. Los mil alumnos se levantaron, volando entre carpetas y aullidos, para salir de la escuela. Corriendo. Huyendo. Una hora libre, durante la adolescencia, es como el paraíso, tan propicio como Adán en un campo de manzanas.
Los alumnos, en su huida, hacían mierda las guirnaldas proselitistas, tiraban las carpetas, planeaban amores que jamás conquistarían en la plaza de enfrente. Eran pibes, adolescentes, felices de salir antes de la escuela. Nada más en el mundo importaba.

Luego, el día de las elecciones, arrasamos. Ganamos la Presidencia y la Vice y cinco de las siete secretarías, las dos restantes se repartieron en dos listas. Les dimos Deportes a los que salieron segundos y no recuerdo qué otra a los terceros.





Seis meses después de ser electos dirigí una carta a la Junta Electoral renunciando al Centro de Estudiantes en carácter de colaborador. En la misma carta renunció también el Presidente y Vicepresidente junto a los 5 secretarios y subsecretarios de la lista Amarillo Patito. Aún figuro erróneamente en el Anuario Escolar como Presidente del Centro de Estudiantes durante seis meses en esa escuela donde estuve ocho meses. No aprendí la lección y aún me sigo burlando de las instituciones y los cargos de poder.