Un valioso trofeo

Manuel Langsam-. Judíos contra criollos. No era un enfrentamiento ideológico, religioso o cultural. No era discriminatorio. Esa palabra no se había inventado. Al menos, no para nosotros, que éramos chicos de entre 10 y 12 años y que compartíamos nuestros juegos , paseos, la misma escuela, muchas veces el mismo aula y hasta el mismo banco.





Domínguez de antes. Todas las calles de tierra regadas por la tarde en los veranos y convertidas en lodazales con las lluvias de los inviernos. Con pocas horas de luz eléctrica, no más de 5 o 6 teléfonos en todo el pueblo, sin heladeras ni ventiladores. Pero con muchas radios eso sí, compradas por nuestros padres para seguir las noticias de la guerra en Europa y enterarse de algo que pudiera haber pasado en sus aldeas de origen.

Ajenos a todo ello, nuestro tiempo estaba ocupado a pleno en nuestros juegos; la escondida, la mancha, policías y ladrones, figuritas, bolitas (boliyas se llamaban antes) y, sobre todo, el fútbol. El pueblo estaba lleno de baldíos y todos eran buenos para ocuparlos como cancha y disputar interminables encuentros.

Un día alguien tuvo una idea nueva: para hacer un cambio y darle más interés a los partidos, armamos dos equipos: uno de judíos y otro de criollos. Todos nos entusiasmamos con la idea ya que al menos durante el juego cada uno defendería algo particular. Después, seguía todo igual.

Todo iba bien pero en el calor de la lucha surgió primero un choque, luego algún manotazo, un insulto, una jugada fuerte. Y al rato ya estábamos prendidos todos a las piñas…

Partido suspendido. Cada uno para su casa.

Los enojos no duran mucho entre los chicos. Pocos días después, ya nos estábamos extrañando y comenzó el acercamiento. Se reiniciaron las conversaciones y, como nos gustó la idea, se arregló para un nuevo partido. Esta vez con algunas reglas: siete jugadores por bando, partido a diez goles (nadie tenía reloj para hacerlo por tiempo), en cinco cambio de lado, poner un juez y la condición fundamental: cada jugador debía conseguirse veinte centavos para pagar el premio. También era una forma de asegurarse que nadie se retiraría antes de finalizar el partido. Al ganador se le reintegraría el dinero depositado y con la plata del perdedor ($1.40), se compraban dos sandías (si, hubo un tiempo en Argentina que con $0.70 se compraba una sandía grande), para comer entre todos, juez incluido. Para nombrar a este no hubo ninguna discusión: el Negro Tunga, el hijo del placero (ya hablé de él en una crónica anterior – El Hacedor de Pelotas-). Dos años mayor que nosotros, cobraría el partido y traería la pelota. De trapo, por supuesto. La cancha: el baldío que estaba delante de la central de teléfonos, en el que más adelante se hizo la cancha del Club Independiente.

Después de una semana de plazo para que cada chico se hiciera de sus 0,20 ctvs., se armó el partido. Muy disputado, hubo algunos intentos de enfrentamiento, pero el Negro Tunga imponía su presencia a fuerza de mayor físico y no pasaba a mayores.

No recuerdo el resultado. O sí, lo recuerdo, pero no interesa. Lo que interesa es que se devolvió el dinero depositado a los que ganaron y con el resto nos fuimos todos juntos, con el juez a la cabeza, hasta la frutería de Kilstein y compramos dos sandías.

Pasó el tiempo. Mucho tiempo. Pasan los años. Pasa la vida. Y a lo largo de ella recibimos premios, recibimos castigos. Cosechamos triunfos y cosechamos fracasos, éxitos y derrotas. Y vamos guardando esos recuerdos.

Todo va quedando en algún recóndito lugar de la memoria. Los creemos olvidados. Y no es así. Surge un hecho que sin querer nos retrotrae al pasado. Me pasa. Nos pasa. En algún momento algo nos hace volver a los años de nuestra niñez.

Aún hoy puedo volver a aquellos años infantiles y un recuerdo muy cálido me hace sentir aún en la boca aquella mezcla de pulpa y jugo de sandía fresca, saboreada en una mañana de enero, sentado en ronda en la vereda de la sombra de la frutería y riendo rodeado de los amigos.