Ser empresario como modelo de éxito



Enrique Mario Martínez-. Tanto a nivel político como económico, el capitalismo ha conseguido instalar en cada sociedad que el presente y futuro de todos los ciudadanos depende de las decisiones que tome una pequeña – muy pequeña – fracción de ellos: los empresarios.



Se desea y se postula como meta que las personas en condiciones de trabajar, estén ocupadas. De entre ellas, en el mejor de los casos un 5% se puede considerar empresario, en el sentido que toma decisiones de inversión autónomas y que otras personas trabajan en el marco que él define.

Sin embargo, la política económica en sus más diversas facetas, se piensa y se ordena formalmente en función de las iniciativas, necesidades o vocación de promover o regular a esa pequeña fracción de los habitantes, dentro de la cual, adicionalmente, una muy pequeña parte de los empresarios se considera decisiva, dada la concentración sistemática de poder que el capitalismo genera.

Como escenarios límites, en 2001 el Jefe de Gabinete llamaba personalmente a un puñado de no más de 10 corporaciones para que depositaran dinero en los bancos y no se evaporara la liquidez. O en 2014, se atenuó la restricción externa de divisas negociando el ingreso anticipado de divisas por parte de un pequeño número de exportadores de granos. Esas decisiones son habituales.

No es de extrañar en tal marco que si se quiere precisar la ocupación de una persona la pregunta dominante sea: ¿Para quién trabajas?

La respuesta a esta pregunta seguramente define mejor la condición de vida de un individuo que otra que sería más pertinente: ¿Para qué trabajas?



Si la pregunta fuera ésta última, para peor, las respuestas podrían seguramente agruparse en dos grandes categorías:

Para acumular renta. Esto diría esencialmente un empresario.
Para atender las necesidades personales y familiares o, menos, para subsistir. Esto diría la enorme mayoría de los trabajadores.

Estaría casi ausente un tipo de respuesta que no es nada frecuente en la subjetividad de los ciudadanos. En lugar de las dos opciones mencionadas, se podría indicar como primer elemento la función social que cumple el trabajo que desempeñamos. Tal vez un sacerdote haga eso, o algún médico o maestra o exponentes aislados de tareas claramente definidas como funciones sociales.

Allí reside la evidencia más rotunda del fracaso del capitalismo como constructor de una sociedad mejor. En tiempos electorales en Argentina, cuando estamos discutiendo qué sector político quemó más urnas en la elección de Tucumán; cuando aquí cerca el PT se hunde como líder intelectual del Brasil, o cuando un poco más lejos, Venezuela cierra sus fronteras con Colombia como medida casi desesperada para parar el contrabando y la especulación en bienes básicos, puede parecer demasiado abstracto o hasta inocente, incursionar por el sendero que acabamos de marcar. Sin embargo, es necesario entender que mantenernos dentro del embudo del capitalismo concentrado, donde pocos – muy pocos – deciden lo que importa a todos y finalmente vamos una y otra vez a discutir cuánto y cómo se debería devaluar o cómo seducir a más corporaciones para que procesen nuestros recursos naturales, se parece más a caminar por una calesita que por un camino, sea cual sea la cantidad de piedras que haya que sortear.