La carrera al Uruguay



Yamandú Rodríguez-. Los Kennedy.


Todos los días la prensa oficial distribuye entre el pueblo “prontuarios” de los Kennedy. Resultan tres gauchos que turban el sueño de la opinión, sacan a la grupa de sus redomones “la flor del pago” y huyen con ella por el boscaje. Han cometido crimen de lesa patria. Así el peso no podrá valorizarse. Es deber de todo buen ciudadano cooperar a la extinción del fuego.
Son campanas rotas. El pueblo no oye este “rebato”. Está con la oreja en tierra esperando el paso silencioso de los Kennedy para jugarse con ellos. Como el correo inca, el mensaje pasa de mano en mano. Los correntinos se queman por salvarles. Con sus guantes blancos los sostuvo una joven matrona argentina. Desgarrando sus encajes en las zarzas, junto a lo tres pumas custodios, corrió hasta dejarlos en poder de otro varón. Este cumple con su deber. Los Kennedy avanzan agazapados entre “raleras”. Los autos y camiones militares pasan velozmente. Levantan polvo. Entre esas nubes los revolucionarios cruzan el camino y vuelven a gatear.
Desde su rancho, el puestero insomne, piensa: “deben salvarse”. Es alta la noche. La peonada despierta mira el fogón y afirma: “deben salvarse”. Para eso rezan las mujeres. En su alcoba el ciudadano estruja con rabia los periódicos. Apaga la luz. Se propone dormir y no lo consigue; pues a cada instante evoca a los Kennedy y murmura: “deben salvarse”. En la metrópoli el estudiante locuaz se cruza con el primer obrero cejijunto y ambos gritan: “deben salvarse”. De cada voluntad digna, en toda la nación, en América toda, sale un rayo, forma un haz, converge hacia los montes correntinos y es algo casi maternal que ahora empuja a los Kennedy. Ellos van descalzos, en los huesos, desnudos de ropa y carne, envueltos en la ternura nacional.
Pero si es necesario fuera, cruzarían sobre le pecho la enemistad del país y la llevarían de arrastro. Ahora mismo están cercados. Encuentran un cazador. Los reconoce. Ese gaucho les lleva por senderos de cabras. Y burlan otra vez al dictador. Tampoco aquí hay traiciones. Si un niño ve pasar a esas tres sombras, traza en sus labios la señal de la cruz. Han acampado entre dos arroyos. El enemigo acosa. Ven el desfile constante... Llueve. El tiempo corre su cortina deshilachada. Se hunden en el cieno. El frío sube. Los mosquitos bajan. Los centinelas continúan firmes.
Habrá llegado la hora de morir? Todavía no. Apenas anochece un caballero amigo, cruza a nado el arroyo. Trae al purgatorio su cultura, el pecho mojado y tibio. Ese demócrata está trabajando para llevarse a los Kennedy en su auto poderoso. Burlarán las guardias. Solo les pide paciencia.
Otro atardecer lleva a su hijita, para que mire largamente a esos tres hombres y no olvide sus caras nunca más... La niña tiene diez años. Lleva un traje celeste y un sombrero blanco. Ondea ante ellos como una bandera candorosa.